Rusia en América Latina: de la influencia al victimismo

Rusia construyó durante décadas una influencia en América Latina mucho mayor de lo que sugería su peso económico. Pero el escenario está cambiando y Venezuela puede ser el principal punto de inflexión. Ante una correlación de fuerzas menos favorable, Moscú recurre cada vez más a una vieja herramienta: presentarse como víctima, desacreditar anticipadamente las evidencias en su contra y convertir el escrutinio sobre sus redes en una supuesta conspiración occidental.

El reciente comunicado del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia (SVR) sobre una supuesta operación occidental para vincular a Moscú con el crimen organizado en América Latina merece leerse tomando en cuenta desde su dimensión geopolítica, hasta su dimensión propagandística. 

El SVR sostiene que Ucrania y un servicio occidental trasladarían a Venezuela, Colombia y México armamento ruso capturado en Ucrania y fabricarían documentos, vídeos y audios, entre otras pruebas,  para responsabilizar a Moscú. 

Lo revelador es que Rusia intenta desacreditar esas pruebas antes de que aparezcan

La pregunta es inevitable: ¿por qué necesita Moscú desacreditar hoy evidencias que afirma que aparecerán mañana?

Al hacerlo, intenta fijar de antemano el marco desde el cual estas acusaciones deberán interpretarse.

La respuesta a esa interrogante debe buscarse tanto en un escenario geopolítico regional que está cambiando, como en el estado de la arquitectura de influencia que Rusia construyó durante décadas y hoy parece estar cambiando.

En el Center for the Study of Democracy (CSD) llevamos años estudiando ese proceso. Nuestro trabajo ha mostrado que el peso político ruso en la región puede superar ampliamente su presencia económica, especialmente allí donde encuentran instituciones vulnerables, opacidad, corrupción, dependencias estratégicas y redes de intermediarios. 

The Kremlin Playbook in Latin America identificó este patrón a escala regional y el análisis posterior sobre México mostró cómo puede articularse mediante redes políticas, financieras, informativas y de inteligencia. En nuestro má reciente informe Shadow Alliances avanzamos sobre una dimensión adicional: cómo esas mismas vulnerabilidades pueden abrir zonas grises en las que redes de influencia autoritaria convergen con economías ilícitas y crimen organizado. Y es justamente allí donde podemos encontrar la clave para entender esta operación.

¿Por qué es importante?

Porque el SVR intenta presentar como una futura fabricación occidental un fenómeno que ha sido ampliamente investigado y documentado desde mucho antes. Y, sobre todo, porque busca separar cualquier evidencia sobre vínculos criminales del contexto político, geoeconómico e institucional que ayuda a explicarlos. 

Visto así, la maniobra desplaza el debate desde el escrutinio de las redes rusas hacia una narrativa de conspiración en la que Rusia ocupa el lugar devíctima.

Operación “Matrioshka”

El embajador de Ucrania en México, Serhii Pohoreltsev, advirtió recientemente sobre una “acusación en espejo” destinada a invertir las responsabilidades: asociar a Ucrania con el narcotráfico y el tráfico de armas hacia los carteles, y desviar la atención de investigaciones sobre redes relacionadas con actores rusos. Pohoreltsev contrapone esta ofensiva informativa con investigaciones desarrolladas por autoridades de Estados Unidos, España y Bulgaria, junto con hallazgos periodísticos de NarcoFiles, sobre una red transnacional que habría intentado suministrar armamento militar pesado al Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG). 

En esa trama aparece también Michael Katungi Mpeirwe, detenido en Uganda y acusado por Estados Unidos, junto al traficante búlgaro Peter Mirchev, quien fue extraditado a Estados Unidos en marzo de 2026 para enfrentar cargos por su presunta participación en la red que intentó suministrar armamento militar al CJNG. La justicia estadounidense señala además que Mirchev había estado previamente implicado en el suministro de armas a Viktor Bout, uno de los traficantes de armas rusos más notorios, condenado en Estados Unidos a 25 años de prisión y liberado en 2022 en un intercambio de prisioneros con Moscú a cambio de la basquetbolista estadounidense Brittney Griner.

Documentos de inteligencia militar mexicana publicados por El Paísen 2022 relacionaron al entonces cónsul honorario ruso en Acapulco, Antonio Rullán Dichter, con actores de la organización criminal Los Rusos y señalaron reuniones de miembros de esa estructura en sus propiedades. Esto demuestra que las intersecciones entre actores vinculados al ecosistema ruso y estructuras criminales latinoamericanas no nacieron con Ucrania, ni en 2026. 

En este punto, se debe entender que la propaganda y la desinformación rusa no sirve solamente para construir influencia. También pueden servir para protegerla cuando sus consecuencias comienzan a quedar expuestas.

El victimismo como herramienta geopolítica

La operación adquiere entonces una dimensión geopolítica mucho más amplia. Rusia se presenta como víctima, Ucrania pasa de víctima de la agresión rusa a supuesto actor criminal y manipulador, y Estados Unidos y Occidente reaparecen como arquitectos de una conspiración contra Moscú y, por extensión, contra América Latina. Moscú busca proyectar así la confrontación ruso-ucraniana desde el campo de batalla en Ucrania, hacia el espacio informativo latinoamericano. Este cambio de roles permite a Moscú defender su posición regional precisamente en un momento en que el equilibrio geopolítico comienza a resultarle menos favorable.

Venezuela, el punto de inflexión

Venezuela concentra de manera especialmente clara este cambio de fase. Durante años fue uno de los espacios donde Rusia alcanzó mayor profundidad de influencia política, económica, militar e informativa en América Latina. Pero el 3 de enero de 2026 alteró de forma abrupta esa ecuación, con la operación militar estadounidense que resultó en la captura de Nicolás Maduro. En esa operación quedaron expuestas las capacidades reales de disuasión por parte del armamento y la influencia  rusa en el país, que por años se proyectó como un elemento de poder.

Desde CSD ya habíamos planteado que esta ruptura podía tener consecuencias mucho mayores que el propio cambio político venezolano. Argumentamos cómo Venezuela aparece como el posible primer movimiento de un reajuste geoeconómico más amplio impulsado por Estados Unidos en el hemisferio occidental, capaz de reducir el margen de maniobra de Rusia y China en sectores estratégicos, rutas comerciales y mercados energéticos.

Visto esto desde Moscú, la pérdida de terreno en Venezuela adquiere una dimensión mucho mayor. Rusia enfrenta el riesgo de que Venezuela marque el comienzo de una reducción más amplia del espacio estratégico ruso en América Latina en efecto dominó. De hecho, Manufacturing Pravda in Venezuela documentó cómo el ecosistema informativo prorruso reaccionó inmediatamente y de forma masiva a los eventos del 3 de enero en Venezuela, confirmando la importancia que adquirió la disputa por la interpretación de lo ocurrido.

Por eso resulta especialmente revelador que el propio comunicado del SVR incluya expresamente a Venezuela entre los escenarios de la supuesta operación occidental. Para sostener su denuncia, Moscú describe a Venezuela como un país donde un servicio de inteligencia occidental y operadores ucranianos tendrían capacidad para introducir armamento ruso, moverlo y fabricar evidencias destinadas a incriminar a Rusia.

Para presentarse como víctima de Occidente, Moscú termina reconociendo implícitamente la profundidad del cambio ocurrido después del 3 de enero: un país que durante años fue uno de sus principales bastiones estratégicos en América Latina aparece ahora, en la propia narrativa rusa, como un espacio donde sus adversarios tendrían capacidad para operar y pasarle factura.

A pesar de que Rusia no reconoce abiertamente una pérdida de influencia en Venezuela, la manera en que el propio SVR construye su relato deja entrever el nuevo equilibrio que intenta combatir: Venezuela ya no aparece únicamente como un espacio de proyección del poder ruso, sino como un terreno donde Moscú asume que sus adversarios han ganado capacidad de acción, pero donde ellos también la pierden.

Control de daños geopolítico

Este cambio no significa que Rusia abandone América Latina ni que su influencia haya desaparecido. Pero sí sugiere que Moscú enfrenta una correlación regional de fuerzas menos favorable, con Estados Unidos recuperando terreno y Venezuela —uno de los principales bastiones de la presencia rusa— atravesando una profunda transformación geopolítica alejandose cada vez más de su esfera de influencia. En ese contexto, el espacio informativo adquiere todavía mayor valor como instrumento para preservar influencia, administrar el retroceso y disputar políticamente sus causas.

La operación del SVR debe entenderse dentro de ese contexto. Al convertir a Rusia en víctima, a Ucrania en supuesto actor criminal y a Occidente en responsable de una conspiración contra América Latina, Moscú intenta trasladar al terreno narrativo una confrontación cuya correlación de fuerzas comienza a resultarle menos favorable en la región. Las investigaciones que hemos desarrollado desde CSD permiten comprender la arquitectura de influencia que esta narrativa intenta proteger.

Ante un escenario regional menos favorable, la desinformación y la propaganda adquieren una función adicional de damage control: transformar el retroceso en agresión externa, el escrutinio en conspiración y a Rusia, finalmente, en víctima.

Cuando disminuye la capacidad de moldear los acontecimientos sobre el terreno, aumenta la importancia de moldear cómo esos acontecimientos serán interpretados.

Estefanía Meléndez es investigadora asociada del Centro para el Estudio de la Democracia (CSD), un instituto europeo de políticas públicas situado en Bulgariaen. Es diplomática, ha sido embajadora de Venezuela en Bulgaria y en varios países de los Balcanes Occidentales. Es asesora especial del Centro de Comunicaciones Estratégicas del Gobierno de Ucrania. Su trabajo se ha centrado en el análisis de la influencia rusa en América Latina, con especial énfasis en Venezuela, así como en la investigación de redes de corrupción, lavado de dinero y evasión de sanciones vinculadas al régimen venezolano.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.