El Béisbol en Venezuela: El rey David

Esta es la historia de los primeros años del “Rey David”: desde aquel niño que encontró un viejo uniforme de béisbol en un baúl hasta el joven que terminó en el radar de Cincinnati y estuvo a punto de ser firmado por los Mets de Nueva York.

Hoy, en estas líneas, le toca el turno a David Concepción, emblema de los Tigres de Aragua y leyenda viviente de los Rojos de Cincinnati. David es un pelotero especial por el impacto que tuvo en toda una generación de fanáticos del béisbol, a la que yo también pertenezco. Varias cosas se combinaron para que esto fuese así. 

Además de su calidad como pelotero, David formó parte de la alineación de las mayores más exitosa de los setenta y parte de los ochenta, en una época en la que las transmisiones televisivas vía satélite irrumpieron en el mundo. Esto hizo que, a diferencia de lo que ocurrió con grandes figuras anteriores, como la de Luis Aparicio, a Concepción lo hayamos podido ver por TV jugando con sus Rojos de Cincinnati. Todo esto en una época en la que aún los peloteros venezolanos en el norte se podían contar con los dedos de la mano. Es decir, el combo perfecto para convertirse en ídolo. Como veremos a lo largo de estas entregas, la vida y la carrera deportiva del rey David están rodeadas de buena fortuna, junto con el talento, la disposición y el trabajo para aprovecharla. 

David Ismael Concepción Benítez nació el 16 de junio de 1948 en Ocumare de la Costa, estado Aragua. Sin embargo, quien lo escuche hablar no tarda en darse cuenta de que su vínculo con la ciudad de Maracay, capital del estado, es muy fuerte; para allá se mudó cuando era apenas un niño, y ahí creció y se hizo pelotero.  

Sin embargo, su vínculo con la pelota empezó en su casa natal de Ocumare, donde, con solo seis añitos, vistió su primer uniforme de béisbol: el uniforme del Cervecería Caracas. Sí, así como lo lee. Mucho antes de nacer el pequeño David, don David padre tenía un camión en el que llevaba verduras al mercado de Antímano en Caracas, viajes que aprovechaba para ir al estadio de San Agustín y ver jugar al Cervecería. Ahí conoció a los jugadores del equipo, quienes en algunas ocasiones incluso visitaron una casa que los Concepción tenían cerca de la playa. Don David también jugaba béisbol y tenía pelotas, guantes, peto, chingalas y una careta de cátcher que, junto a los regalos que le hacían los jugadores del Caracas, fueron a parar en un baúl que, a su vez, terminó arrinconado en un anexo de la casa. Un buen día, el niño David Ismael descubrió aquel tesoro y se uniformó con todo lo que allí encontró. A buen regaño el que se ganó David Ismael cuando salió del depósito disfrazado de pelotero, sin saber aún de qué se trataba el asunto.

La escuela donde David cursaba el primer grado tenía un pequeño terreno en el que él y otros niños corretearon por primera vez alrededor de un diamante imaginario. Cuando terminó el año escolar, la hermana de David había pasado a primer año de bachillerato y como en esos tiempos era común que en los pueblos y ciudades pequeñas no existieran planteles de educación secundaria, la familia Concepción Benítez decidió mudarse a Maracay. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez estaba a punto de caer.  

Fue en la capital aragüeña donde el pequeño David, ya de diez años, comenzó a jugar béisbol organizado. A su vez, su estampa de muchacho espigado y sus condiciones naturales para los deportes lo llevaron a probar el fútbol y el básquetbol. Él mismo ha afirmado que, en un principio, los que más le gustaban eran el fútbol y el béisbol. En Maracay, la familia Concepción se había instalado a dos cuadras del antiguo estadio José Pérez Colmenares, hoy Julio Bracho, terreno que atravesaba camino a casa cuando salía de clases, y donde se quedaba la mayoría de las veces para caimanear estos deportes.

El primer equipo en el que David Ismael jugó béisbol organizado fue el Juan Bimba, y su primer rol fue el de lanzador. Desde temprano, Concepción conoció lo que era ganar: con Juan Bimba David levantó tres coronas locales. Luego cambió de equipo y jugó un año con el Aragua Stars.

También, en esta etapa, el futuro rey pudo ver en persona su primer juego de béisbol profesional. Siendo el padre de David fanático del Caracas —que para entonces ya eran Leones—, y como el equipo Tigres de Aragua aún no existía, don David solía ir a ver a los melenudos a la ciudad de Valencia, sede del equipo Industriales, que era la plaza de la LVBP más cercana a Maracay. Un día, cuando David tenía un poco más de edad, el padre del futuro rey tomó a su muchacho y lo llevó consigo al estadio de Valencia. Allí David Ismael pudo ver por primera vez a figuras que pasó a admirar, como Vitico Davalillo, César Tovar, Teodoro Obregón y Teolindo Acosta. ¡Vaya menú! Esta historia se repitió muchas veces; eso sí, solo cuando el Valencia enfrentaba al Caracas. Imaginen a don David camino a Valencia hablándole a su hijo sobre las virtudes del equipo capitalino. Imagínenlo, una vez en el Estadio Cuatricentenario (hoy José Bernardo Pérez), alentando al muchacho para que ligara a los Leones. Sin embargo, David Ismael salió rebelde y, ante tanto fanático caraquista alrededor de su padre, el heredero decidió alentar a Industriales. Bueno, al menos sabemos que papá intentó llevarlo por el buen camino…

Cuando David tenía 14 años, los Concepción Benítez se mudaron al barrio La Barraca, donde no había campo de béisbol cerca, pero sí varias canchas de básquet. Ahí, David abandonó el guante y la pelota para driblar balones. Por suerte, ya en el ambiente aficionado lo conocían bien como pelotero, por lo que no pasó más de un año para que fuera rescatado para jugar en la categoría juvenil con el equipo Vengas, con el que levantó dos nuevas copas. En juvenil empezaba la etapa de las vitrinas, esa en la que los cazatalentos comienzan a pescar talento. Sin embargo, en su primer año en la categoría, David fue dejado fuera del equipo que representaría al estado Aragua en unos juegos nacionales. Transcurría ya el año 1964. 

El trabajo en la lomita llegó hasta ese momento. Luego de la frustración del episodio con la selección de Aragua, el muchacho se cansó del asunto y pidió al mánager que lo pusiera a jugar en otra posición. Así, David comenzó a probar suerte en la tercera base y pronto quedó claro que tenía buenas manos para el infield. Sin embargo, el año siguiente, 1965, tampoco lo llevaron a los nacionales. 

En ese tiempo David compartía los estudios con el béisbol y el básquet, y había empezado a trabajar como office boy en un banco. Y como el muchacho destacaba lanzando balones a la cesta, ese año no se quedó del todo sin vivir una experiencia nacional. Si bien su aspiración no había cuajado en el diamante, en el tabloncillo su nombre entró en la lista de quienes conformaron el equipo aragüeño que levantó la corona en unos juegos nacionales de básquetbol celebrados en 1965. Así es, el rey David fue primero monarca nacional en el deporte del balón y las cestas que en el de las bases y las pelotas. Además de su propio testimonio, existe una foto que perdura como vestigio de aquel hecho; en ella se ve a un David flaquito y orejón, con el número siete en el pecho, posando junto a sus compañeros de equipo. Su estatura, que para ese momento ya superaba el metro ochenta, combinada con su capacidad atlética natural, lo convertía en un candidato apetecible para el deporte de los gigantes. 

Por suerte, no sería sino hasta 1974 cuando la primera liga profesional de baloncesto vería la luz en Venezuela. Más de una vez se le ha escuchado al Rey decir que, si esa liga hubiese existido por aquellos días, muy probablemente la oferta del básquet hubiese llegado antes que la del béisbol, y él la hubiese aceptado. ¿Se imaginan habernos perdido semejante fenómeno de las paradas cortas? Porque una cosa es segura, Su Majestad se hubiese lucido también sobre la madera, quizás con los Toyotas de Aragua, el primer equipo profesional de baloncesto del estado.

Ese mismo año, 1965, nacieron los Tigres de Aragua. También, un poco antes, se había inaugurado el nuevo estadio José Pérez Colmenares. De repente, Maracay pasó a contar con un equipo en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP), además de un coso moderno. A David le tomó una sola visita al Pérez Colmenares para volverse fanático de los Tigres, un amor que jamás se apagaría. Según él mismo cuenta, su tercer año de bachillerato quedó inconcluso por las horas que invertía viendo jugar al Aragua en lugar de asistir a sus clases nocturnas, adonde sus padres creían que enfilaba el camino cada tarde. ¿Cómo podría haber imaginado que en tan solo dos años estaría allá abajo, en el terreno de juego, junto a esos mismos peloteros defendiendo la camisa del Aragua?  ¿Cómo podría haber imaginado que, además, haría aquello durante 23 años? Y es que, de pronto, la vida de David Ismael se aceleró de manera inesperada.

En 1966, Concepción fue al fin seleccionado para jugar béisbol en los nacionales juveniles, y ahí comenzó a levantar las cejas de los cazatalentos: el torbellino de sucesos que enrumbaron al joven aragüeño por el camino del estrellato apenas empezaba. Al regresar a Maracay, David pasó a la categoría doble A con el equipo Cadafe, y empezó a cubrir la intermedia. Ahí fue observado por el scout de los Rojos de Cincinnati, el cubano Wilfredo Calviño, quien además sería el mánager de los Tigres en la temporada 67-68. Calviño no dudó en recomendar al muchacho tanto al equipo rojo como a la organización aragüeña. 

Cuando en 1967 David fue incorporado de nuevo a la selección de Aragua que en septiembre disputaría el nacional AA en Caracas, ya Calviño, junto a Alfredo García Guevara, presidente de Tigres de Aragua, habían logrado su firma, pasaje inmortalizado en una foto donde el espigado de Ocumare aparece muy elegante, ataviado con un traje de botones cruzados; ese diamante en bruto había que asegurarlo antes de que la jauría de cazatalentos en Caracas le quisiera echar el guante. Además, la cosa les salió barata, porque el bono consistió tan solo en un par de spikes y un guante. Pichirres los señores.

Es interesante que ese contrato se haya logrado en contra de los deseos iniciales de David Padre, quien les dijo a Calviño y a García que prefería que su hijo siguiera estudiando y trabajando. Según David, su mamá fue la encargada de convencer a don Concepción. Lo interesante aquí es que el muchacho tenía 19 años y habría podido tomar la decisión él solito, sin impedimentos legales; no obstante, para David la palabra de los padres tenía peso en un plano gobernado por leyes distintas a las civiles. Quien haya escuchado a David hablar de su familia entiende que los Concepción Benítez eran unidos y que entre ellos reinaba el respeto mutuo. En lo personal, de niño tuve la oportunidad de estar en su casa en el Barrio Belén, en Maracay, y la imagen que guardo de ese hogar es la de un ambiente especial y bonito.

Lo cierto es que el futuro rey firmó y se fue a su torneo sin decir por allá ni pío sobre el contrato. Ese año encontró una capital un tanto distinta a la que había conocido doce meses antes, una ciudad que aún trataba de sanar las heridas del terremoto que la había golpeado semanas atrás, dejando más de dos mil heridos y 236 fallecidos. 

David jugó un buen torneo en el que su talento natural pudo brillar. Fue ahí también cuando jugó por primera vez en el campo corto, aunque fue algo breve, solo para cubrir la posición ante una lesión en la mano que sufrió el titular del cargo. También aprendió lo que era vivir un no hit no run, solo que, en lugar de disfrutarlo, le tocó sufrirlo. Alfredo Torcatt, lanzador veterano de la selección del Distrito Federal, que resultó campeona del torneo, fue el encargado de colgar los nueve ceros sin permitir imparables a los de Aragua.

Al finalizar el campeonato, y ya de regreso en Maracay, el mismísimo Alfonso “Chico” Carrasquel fue a visitar a Concepción para poner sobre la mesa un ofrecimiento de los Mets de Nueva York, solo para enterarse de que había llegado tarde. El universo volvía a conspirar en favor del de Ocumare, reservándolo como pieza fundamental de la futura “maquinaria roja”. 

De esto hablaremos en la próxima entrega.

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