La pandilla de Maduro goza de buena salud

Nicolás Maduro está preso, pero la estructura que lo acompañó y sostuvo durante años permanece en buena medida intacta. Elías Pino Iturrieta cuestiona el alcance de la intervención estadounidense y pone el foco en quienes sobrevivieron políticamente a la caída del antiguo jefe: dirigentes, militares, torturadores, enchufados y operadores del régimen

Todos sabemos hoy quién es o quién fue Nicolás Maduro: un sujeto menor, pero de veras menor en el repertorio de la política y todavía más en los anales de la historia patria. Se puede afirmar, sin preocuparse por las equivocaciones, que en su tránsito se resume una de las peores épocas de la vida venezolana. Pero, si lo vemos como un espejo de la sociedad, no quedamos bien parados, debido a que no faltaron quienes no solo lo aceptaron como jefe, sino también los que lo aplaudieron mientras encabezaba una de las horas más oscuras del país casi desde su fundación. Si uno trata de compararlo con los mandatarios del pasado más repulsivos y degradados, más incompetentes y vacíos, seguramente gana el campeonato de la lobreguez y la opacidad con apenas asomar su cara por la ventana.

Si los lectores muestran evidencias que nieguen el asunto de semejante mediocridad, de la encarnación de una tiniebla tan escandalosamente buchona, me retractaré en próximo artículo; pero recuerden que no estuvo solo por el mundo, sino con sobrada compañía, hasta cuando la desgracia tocó su puerta. No solo desde el momento de la proclamación de su candidatura presidencial por Chávez, cercano al sepulcro, sino cuando tomó las riendas del poder sin rivales de cuidado ni temor a bombardeos. Sobraron los aplaudidores y los que se apresuraron a viajar en su locomotora revolucionaria y antiimperialista. Por fortuna, y para aligerar la carga del pecado, o el peso de una vergüenza realmente gigantesca, las gentes se rindieron frente al testimonio de una incapacidad sostenida en la rapiña que lo hizo cada vez más solitario. Por eso le dimos sonora patada electoral. De allí que la inmensa mayoría de la sociedad se salve de la responsabilidad de haberlo acompañado, no en balde también encontró la manera de echarlo al basurero. Todavía no ha completado la gesta, pero quizá falte poco.

La culminación de la gesta depende de dos factores, en principio: reconocer que fue trabajo ajeno y que apenas se trató de un barrido superficial, o solo de una limpieza individual que no rebuscó en la letrina. El terror desatado después de la consumación de un fraude electoral que condujo al continuismo paralizó el movimiento de la sociedad, detuvo la repulsa que ya se había manifestado gracias al liderazgo de María Corina Machado, debido al cual se produjo la apabullante victoria de Edmundo González en unas elecciones presidenciales dignas de especial memoria. No obstante, y como se sabe, la represión apagó las candelas de la ciudadanía hasta el punto de quedar en una orfandad que condujo a la intervención armada de los Estados Unidos. Tal vez fuera la única tabla de salvación para un republicanismo y un civismo exhaustos y acorralados, pero se trata ahora de pensar en cómo esa inhabitual intervención apenas se ocupó del detentador de la dictadura, sin mirar hacia sus tenebrosas cavernas. Se llevó preso a Maduro y a su esposa, pero abandonó el trabajo de higiene mínima que debió completar la faena.

Debido a un pacto entre el supuesto salvador y los supuestos atacados, ya que es difícil concebir una costosa y meticulosa expedición armada que apenas derrame sangre y ni siquiera tenga respuesta en las habituales soflamas antiimperialistas, apenas ocurrió una intervención superficial. De otra forma no se pueden entender unas maniobras cuidadosamente pensadas para no pasarse de la raya, para apenas deshacerse de una pareja malévola y de su guardia personal sin otro tipo de ofensiva susceptible de registro, o capaz de anunciar un intento bélico digno de tal nombre. ¿Se movilizaron los marines, después de llevar a cabo una expedición aparatosa, costosa en dólares y rodeada de publicidad, únicamente para meter en una cárcel de Nueva York a dos pobres sujetos sin relevancia verdadera o, si se quiere, si no les parece exagerado, a una yunta de malhechores corrientes que solo merecían una patrulla policial para quedar encerrados? Fue todo tan fácil y tan incruento que caben muchas explicaciones, entre ellas la de un acuerdo previo entre agresor y agredidos para que se diera el estrambótico caso de una guerra sin hostilidad, de una batalla sin enemigos, de unas armas que no se dispararon, o de la más automática y hermética de las capitulaciones que conoce nuestra historia. Es decir, desde cuando hicieron las paces Falcón y Páez para que cada quien se marchara en paz a su casa sin facturas ni rencores. Aunque se fueran, por cierto, y no como ahora, llenos de traumas y cicatrices.

En consecuencia, permanece entre nosotros, con la más consistente de las saludes y sin riesgo de enfermedad —ni siquiera una gripe pasajera—, lo más representativo de una situación debido a cuyos escandalosos pecados, dignos de general oprobio según se proclamó a los cuatro vientos en las vísperas de una colosal invasión armada: su vicepresidenta, su parlamentario favorito y obediente, su uniformado estelar, su tropa, los familiares, los torturadores, los enchufados y los plumarios. Como si cual cosa. Las fuerzas imperiales no los han tocado ni con el pétalo de una rosa. Los tutores apenas han hecho retoques en contados asuntos del teatro venezolano, especialmente en aquellos que puedan llenar bolsillos metropolitanos sin una incómoda rendición de cuentas. Así las cosas, no existen elementos o factores sólidos que permitan pensar en el cambio de una situación pavorosa frente a la cual se debió actuar, por expresa orden de los Estados Unidos y ante la estupefacción de la comarca, con bombas y soldadescas. La empleada venezolana y su corte las saben sortear, o están mal apuntadas las armas de fuego a propósito desde el comienzo de la campaña.

La sociedad venezolana puede mejorar la puntería, sin acudir a planes bélicos y especialmente ante situaciones de bulto como las descritas. Así no cae en trances de vergüenza que jamás ha sufrido desde su nacimiento como república.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.