
Pedir sin dar ni discriminar
Entre un gobierno abominable, una oposición cuestionada y ciudadanos colocados únicamente en el papel de víctimas y jueces, este artículo propone mirar más allá de los porcentajes y preguntarse qué queda fuera de los cuestionarios
Una de las orientaciones que predomina en las encuestas recientes es la insatisfacción de los encuestados. En las encuestas confiables, por supuesto, no en las tarifadas que el régimen publica con el retoque oportuno. Como la situación del país es lo más parecido a un purgatorio, lugar que, si no existe, pudiera inaugurarse aquí, dadas las calamitosas circunstancias, lo más probable es que la mayoría de los interrogados exprese malestar por la situación que padece. Más todavía, es normal que lo comuniquen con la rabia que les pueda salir de las entrañas cuando sienten el tamaño del horrible y oscuro agujero que ha pergeñado el chavismo desde su llegada al poder, o cuando calculan que la atrocidad puede crecer porque los chavistas continúan en las alturas casi como en el pasado reciente.
Hay que hacer encuestas, desde luego, aunque se sepan de antemano los resultados. En las conversas de funeral, por ejemplo, se supone que predominan los tonos y los colores fúnebres, las hablas apagadas, los murmullos entre pañuelos, pero no es trivial percatarse de su manifestación para estar seguro de lo seguro, para verificar lo verificado desde tiempos remotos o para llover sobre mojado. Pasaría distinto en las verbenas, desde luego. Para eso existen las ciencias sociales y la rama de ellas que averigua el pasajero pensar de la gente, no vaya a ser que los pagadores de los cuestionarios metan la pata sin necesidad. Pero hay un elemento de este mundo de averiguaciones que no se capta cuando se debe meter el dedo en la llaga, es decir, cuando hay que salir de la superficie para trabajar en profundidades: el encuestado siente que no forma parte del teatro, o que solo le corresponde el papel de víctima. Tal vez así lo quiere el encuestador y para eso rebusca su opinión, pese a que la sabe de antemano, para contentarse con reflejar su punto de vista sin buscar la quinta pata del gato porque no le conviene a su patrocinador.
El encuestado no forma parte del problema porque las preguntas del encuestador no quieren ponerlo en aprietos, pero también porque no se siente concernido. Nada es su culpa, los males no le incumben en su origen y, por consiguiente, solo está en el cómodo sitial de juez imperturbable. Por lo menos, el encuestador no lo inquieta con inquisiciones que le compliquen la vida, que lo incriminen. Así las cosas, al encuestado no le pasa por la cabeza que pueda ser responsable de las calamidades de la sociedad, y el encuestador evita por todos los medios sacarlo de su aséptica conducta porque puede quedarse sin el entusiasmo de los respondones. De allí que, por ejemplo, las más recientes compulsas de opinión no solo le achaquen todos los males de Venezuela a un gobierno abominable, sino también a los líderes de la oposición, para que la sociedad quede libre de pecados. No la sociedad, la verdad sea dicha, sino los encuestados que la representan, pero el punto radica en escurrir el bulto del problema sin considerar la gravedad de la omisión, o de la tergiversación, para que una conclusión a vuelo de pájaro presente a Venezuela como un conjunto de espectadores pasivos que no ha tenido relación con las cosas que desfilan en su entorno, pese a que les han cambiado la vida para mal.
Si, de acuerdo con las respuestas de los encuestados, la culpa de los males de la sociedad es solo de un conjunto de apaleadores que habitan las dos costas de la playa, sin pensar en la responsabilidad de los que les dieron el garrote con toda la solicitud y con toda la irresponsabilidad del mundo, ningún diagnóstico de confianza iluminará el porvenir. A menos que consideremos, con más superficialidad que seriedad, que apenas nos toca sacarle el cuerpo a la jeringa.