
Hermes suelto en Caracas: astucia y dilación en el diálogo venezolano
Desde el destino de las 31 toneladas de oro retenidas en Inglaterra hasta la renovación del TSJ y los tiempos de la negociación, la advertencia es clara: negociar puede ser necesario; confiar a ciegas, no.
Nacido al alba, tañía la lira al mediodíay por la tarde robó las vacas del Certero Apolo, el cuarto día del mes, en el que lo parió la augusta Maya
Himno homérico a Hermes
I
Hoy, la sociedad venezolana se encuentra amenazada por dos gigantes de la astucia oscura: el pragmatismo transaccional corporativo y el cinismo de la supervivencia autoritaria. Esta amenaza transcurre en un escenario complejo tutelado por Estados Unidos, con los hermanos Rodríguez atornillados en el poder y con solo una fracción de la oposición negociando la transición hacia la democracia.
Ante lo cual se hace pertinente buscar marcos de interpretación adicionales a la política tradicional. La mitología, o pensamiento simbólico, es uno de ellos. «Estas cosas no pasaron nunca, pero son siempre», decía el pensador neoplatónico Salustio sobre los mitos. Usemos el mito de Hermes para ampliar la comprensión de esta película que se desarrolla delante de nuestros ojos, o a nuestras espaldas, y cuya trama nos mantiene escépticos, esperanzados o alegres, pero incapaces de decidir cuál es el género de este largometraje que sentimos haber visto antes. ¿Su utilidad? Hermes es el dios de las transiciones, el mediador y el negociador por excelencia, y, por tanto, es el arquetipo más visible ahora mismo en nuestro país.
II
En la imagen que acompaña este artículo, vemos a dos gallos que tiran el carro donde va el dios. Estas aves terrestres simbolizan la vigilancia, el paso de la oscuridad a la luz y el despertar. Esa es la faena en la que andamos desesperadamente los venezolanos. El tránsito consiste en dejar atrás la oscuridad del autoritarismo, la degradación ciudadana y la ruina económica, y avanzar hacia la luz de una democracia plena. Pero, sobre todo, se trata de despertar de la ingenuidad. La misma que llevó a esta sociedad, tras haber sostenido su democracia durante cuarenta años, a entregar su destino a un aventurero.
Por supuesto, no fue solo el factor ingenuidad, ni la creencia ciega en las promesas del militar golpista indultado, lo que condujo a las casi tres décadas de desmantelamiento del país que seguirían. El apoyo velado o explícito de grupos económicos —quienes por pragmatismo o ambición lo respaldaron— influyó de manera decisiva en el triunfo de Hugo Chávez, quien durante la campaña electoral ya mostraba de manera inequívoca los rasgos oscuros del arquetipo de Hermes: mentir y engañar.
Mientras con una sonrisa pícara y oblicua ofrecía respetar la propiedad privada, la economía de mercado y las garantías para el sector privado, en 2001 inició políticas contrarias a lo prometido. El paquete de leyes habilitantes le permitió aprobar instrumentos como la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario y la Ley Orgánica de Hidrocarburos. Ya en 2002 había protagonizado el famoso episodio del «¡pa’ fuera!» en transmisión televisiva mientras nombraba a líderes de la industria petrolera, lo que culminó en 2003 con el despido masivo y definitivo de aproximadamente el 40 % de la nómina de PDVSA. El despojo definitivo de la máscara lo selló la ola de apropiaciones impulsadas bajo el grito de «¡exprópiese!» en febrero de 2010.
Era el mismo Chávez que había asegurado, en televisión, que no era estatista y que su proyecto era democrático. Embaucar fue su norma desde el principio; de allí en adelante, sus sucesores no hicieron sino continuar y perfeccionar la senda señalada por el comandante. Estamos ante la faceta más oscura del mito: Hermes encarnado como el trickster o maestro del engaño que altera las reglas del juego a su antojo.
A veces, hay que señalarlo, en la política vemos la manifestación de rasgos psicopáticos y no solo de aspectos oscuros de este arquetipo. Miremos el panorama local y mundial y encontraremos muestras de frialdad frente al sufrimiento ajeno o el uso de las instituciones como meros instrumentos de poder, por citar solo un par de rasgos.
Hermes es asimismo el dios de los comerciantes, del dinero y de las transacciones —¿recordamos el apoyo de grupos financieros o corporativos al candidato golpista? —, pero, a la vez, es el patrono de los ladrones y los estafadores. Desde el momento mismo de su nacimiento, sale de la cueva donde había nacido y llega hasta la región donde pastaba el ganado del dios Apolo. Allí le roba parte de ese ganado a su correcto hermano, y regresa a su cuna de recién nacido. Cuando Apolo indignado lo lleva frente a Zeus, el pequeño bribón jura solemnemente, con encanto y desparpajo, no haber robado nada. Aunque causa la risa de su divino padre, este le ordena devolver lo hurtado. Como el dios niño acababa de inventar la lira a partir del caparazón de una tortuga, tañe el instrumento musical en presencia del ofendido dios de la música, a sabiendas de que aquél quedará encantado. En efecto, el dios solar le cede el ganado robado al pequeño ladrón, perdona la afrenta y acepta más que complacido la lira. Esa astuta negociación la urde Hermes al poco de haber nacido: roba, usa la astucia para zafarse, y sale ganando. Ojo con el encanto, el disimulo y el cambalache. ¡Y la velocidad con que opera!
III
¿Podemos empezar a comprender cuánta presencia de Hermes, en forma de ardides, dilaciones y narrativas ambiguas, hay en las conversaciones y negociaciones entre las delegaciones que representan al oficialismo y a la oposición? ¿Atisbamos la enorme astucia de Estados Unidos, tercer actor no siempre explícito, pero sí definitivo, al concebir el plan para la impecable extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores, —imposible de ejecutar sin colaboración interna—, antes de iniciar el proceso de tutelaje? Las negociaciones, su diseño, protagonistas y tiempos están siendo manejadas tras bastidores: hay un titiritero tras el escenario y hay marionetas que lo saben, otras que lo ignoran y otras que fingen. No lo olvidemos.
Si observamos nuevamente la imagen de Mercurio en su carro nos damos cuenta de que el Dios viaja sobre nubes: se mueve entre mundos y los conecta. Posee el don de la ubicuidad: viaja entre el Olimpo (reino de lo divino), la Tierra (ámbito de lo humano) o el Inframundo (mundo de los muertos o reino del Inconsciente) y cumple con el trabajo esencial de unir ámbitos opuestos. Y para hacerlo, comunica y negocia; o engaña y embauca. Lo que haga falta.
En nuestra historia reciente, los venezolanos hemos legado a aborrecer la palabra negociación por lo que han terminado siendo los muchos ensayos previos. Sin embargo, dado el rol más que protagónico de los EE. UU. en este último intento —que lo coloca mucho más allá de un simple tutor—, el diálogo en curso fue su diseño y apuesta. Y si somos herméticos y operamos con la astucia del dios, nos tocará aprovechar esta tortuga y convertirla en lo que sea pertinente.
Para sobrevivir y avanzar en este ecosistema la oposición venezolana, y la sociedad civil toda, necesita abandonar la ingenuidad de otros arquetipos (como el heroísmo rígido o la indignación moralista) y activar la astucia en su mejor versión. Esto implica, para los actores políticos, reinterpretar los conflictos para poder cambiar la narrativa oficial, renegociar las reglas del juego y pedir resultados claros: fechas y plazos, condiciones, compromisos por escrito. No hay que perder de vista que, no solo en la mesa, diversos actores políticos pueden moverse en los márgenes de la legalidad y procurar alianzas subterráneas.
Un examen de los hechos recientes demuestra la urgencia de esta astucia vigilante. El acuerdo alcanzado en la mesa de diálogo para solicitar el retorno del oro retenido en el Banco de Inglaterra exige especial atención. ¿Bajo la urgencia de la reconstrucción tras los terremotos, las 31 toneladas métricas del metal corren el riesgo de convertirse en un nuevo botín disfrazado de ayuda humanitaria? Aprovechar la situación de emergencia posterior al doble terremoto para solicitar la liberación de los fondos retenidos en Inglaterra suena, precisamente, al proceder del dios veloz. Es una petición que entraña grandes riesgos, a menos que los mecanismos propuestos para garantizar la transparencia, trazabilidad y auditoría en la administración de dichos recursos se cumplan estrictamente. Hermes, insistamos, no solo es el dios de la diplomacia, sino de los ladrones.
Por su parte, el pacto de Renovación del Tribunal Supremo de Justicia —saludado y aplaudido como requisito para la reinstitucionalización del país— puede convertirse en un arreglo cosmético si el cambio de los magistrados no implica la eliminación efectiva de un sistema que subordina la estructura judicial a la política. De nuevo: el dios que nos atañe es maestro del disfraz y creador de ilusiones.
No cabe, por tanto, creer o aceptar nada a ciegas, aunque tampoco es propio de Hermes trancar el juego. Sí lo es ver la futura lira en la actual tortuga y proceder a crearla. Sigamos atentos.
IV
Esta mirada nos obliga a reflexionar sobre el tema de la paciencia, virtud solicitada una y otra vez por el secretario de Estado, Marco Rubio. ¿No deberíamos preguntarnos si detrás de esa petición se oculta una dilación para prolongar el status quo? En la coyuntura presente, con un proceso de diálogo diseñado por el país tutor, la paciencia puede ser un arma de doble filo. Si incluye exigencia de claridad, apertura a la participación de actores esenciales de la legitimidad democrática, libertad plena para los presos políticos, se acepta. Si, por el contrario, termina siendo demora que ayude a la dirigencia en ejercicio a ganar tiempo y, eventualmente, a lograr legitimidad, se vuelve inadmisible. Por supuesto, no hay que confundir impaciencia con impulsividad. Pero la misma astucia vigilante debe aplicarse, sin duda, a los tiempos. Cronos y Kairós no son lo mismo. El segundo es una oportunidad, que no debe perderse.
Es preciso mantener clara conciencia de que pisamos terrenos movedizos y de que Hermes, el dios que da y quita, anda suelto. Para bien y para mal. Una última advertencia: la divinidad, en su rol de mediador, puede propiciar la restauración del viejo orden o la instauración de algo completamente nuevo. Y ya sabemos quiénes aúpan la primera opción en la mesa de diálogo. En relación con la segunda, en esa mesa no están todos los que son, y eso pesa.