
El Béisbol en Venezuela: El rey David (y IV Parte)
Su despedida llegó en Maracay, en el mismo estadio donde había comenzado todo. Con 43 años y casi dos sin jugar, ganó el Derby de Jonrones, volvió al campocorto y vio cómo Omar Vizquel entraba para sustituirlo, en un simbólico relevo generacional. Después besó el “Aragua” de su gorra y abandonó el terreno. Cincinnati retiró su número 13 y Venezuela lo llevó a su Salón de la Fama.
En 1973, David había estallado como pelotero de gran calibre en la Gran Carpa. Entonces, a mitad de temporada, vino la lesión en el tobillo que puso su carrera en el saco de la duda; pero en 1974 regresó y sorprendió a todos con una actuación que lo consolidó como la gran estrella del campocorto en Cincinnati.
En Venezuela, David había emergido como la gran figura en 1971, cuando, ante un motín de los importados de los Tigres, se echó el equipo al hombro y, junto a Rod Carew, conquistó el campeonato y se convirtió en “el rey de Aragua”.
Concepción y su Gran Maquinaria Roja explotaron en 1975 ganando dos Series Mundiales consecutivas (75 y 76), mientras que en Venezuela el aragüeño hacía lo propio con sus Tigres. El rey de Aragua se convertía en el rey David.
La carrera del aragüeño continuó brillando en los años siguientes. En ellos coleccionó sus nueve guantes de oro en la Gran Carpa y asistió a ocho Juegos de Estrellas consecutivos. En 1981 terminó en el cuarto puesto en la votación del Premio Jugador Más Valioso de la Liga Nacional, detrás de Mike Schmidt, Andre Dawson y su compañero de equipo, George Foster.
Mientras todo esto ocurría, la Gran Maquinaria Roja se desmantelaba poco a poco. Para la temporada de 1977, Cincinnati cambió a Tony Pérez y los “Grandes Ocho” quedaron incompletos. En 1979 se fueron Joe Morgan y Pete Rose, y entonces la Maquinaria dejó de ser tal. Sin embargo, ese año los Rojos ganaron la división, pero fueron barridos en la Serie de Campeonato de la Liga Nacional por los Piratas de Willie Stargell, Dave Parker y Ken Tekulve. Durante los siguientes cuatro años, uno a uno, se fueron César Gerónimo, George Foster, Ken Griffey y Johnny Bench.
Así, en 1983, Concepción era el único sobreviviente de la Gran Maquinaria. Para ese momento, el rey era ya un veterano de 35 años, con una carrera, carisma y liderazgo tan destacados que llevaron a la organización a nombrarlo “Capitán” del equipo, distinción que ostentó hasta su retiro. Esto no es algo menor; para poner en contexto lo que representa, digamos que Cincinnati ha tenido solo 13 capitanes en 145 años de historia. Hasta el presente, David es el penúltimo en ser honrado con tal reconocimiento. El último es Barry Larkin, capitán desde 1997 hasta 2004. Desde ese año hasta el día de hoy, los Rojos no han vuelto a nombrar a ningún otro capitán.
La vida de un pelotero tiene su etapa de ascenso, la cúspide y, entonces, de forma ineludible, la de descenso. El punto de inflexión en la carrera de Concepción podría situarse en 1982, justo después de haber asistido a su último Juego de Estrellas. En ese evento, conectó un cuadrangular de dos carreras ante el hoy miembro del Salón de la Fama, Dennis Eckersley, que le valió la distinción de Jugador Más Valioso del evento (primer venezolano en lograrlo). Luego de esto, algunas molestias que venía sintiendo tanto en el codo como en el hombro comenzaron a intensificarse. David pudo lidiar con el dolor el resto de la temporada sin que afectara su desempeño; al menos fue así hasta septiembre, cuando sus números cayeron de manera notoria y, al finalizar la campaña, la operación en el hombro se hizo inevitable.
Es interesante el hecho de que estos dolores llevaron al rey David a popularizar los disparos de un piconazo desde lo profundo del campocorto hacia la primera base. David ha dicho que no inventó esa rutina, sino que vio a Brooks Robinson hacerlo desde la tercera base, por allá en 1970. Puede que el disparo de Brooks haya salido de esa forma por simple casualidad, o que lo haya hecho con toda la intención; lo cierto es que cuando comenzaron las molestias en el brazo del aragüeño, este recordó a Robinson y pensó que algo así podría ayudarlo con los disparos a primera. La idea era aprovechar la grama artificial del estadio de Cincinnati, en la que los botes eran fuertes y controlados, para que la pelota llegara de piconazo al pecho del primera base, en lugar de arriesgarse a dar botes incómodos cerca de él. Esta práctica dio excelentes resultados y otros jugadores comenzaron a imitarla. Puede que David no la haya inventado, pero sí fue quien la empleó de manera consciente y la popularizó.
La intervención quirúrgica ocurrió a principios de octubre y, a finales de noviembre, Concepción ya estaba jugando en Venezuela. Si bien sus números en la LVBP continuaron siendo buenos, en la Gran Carpa tanto su ofensiva como su alcance en el terreno empezaron a mermar. La caída de sus condiciones físicas ocurrió muy rápido. En 1981 obtuvo la cuarta mayor votación para el Premio al Jugador Más Valioso de la Liga Nacional y, en 1982, consiguió la distinción de Jugador Más Valioso del Juego de Estrellas; entonces, de la noche a la mañana, todo empezó a cambiar. Es cierto que David había alcanzado la edad en la que se puede esperar que las condiciones de un jugador de béisbol empiecen a disminuir, pero en su caso parecía como si hubiesen bajado un interruptor. No malinterpreten estas palabras. El aragüeño mantenía buen valor como grandeliga, solo que ya no exhibía las dotes de superestrella a las que todos estaban acostumbrados. Para un deportista de alto nivel, una cirugía de hombro a los 34 años nunca es una buena noticia.
Cuatro años más tarde, en 1986, el rey cumplió 38 veranos y el final de su carrera se adivinaba a la vuelta de la esquina. Cuando en agosto de ese año se ampliaron los rosters, Cincinnati subió a un muchacho que llevaba dos años puliéndose en las menores: un tal Barry Larkin, llamado a ser el futuro campocorto estrella de la organización. A partir de ese momento, David comenzó a jugar en diferentes posiciones, asumiendo el rol de utility y de mentor de Barry, una labor que desempeñó con gran gusto.
La campaña final de David en las mayores llegó en 1988. Ese año sucedió un hecho curioso: el 3 de junio, jugando en el Dodger Stadium, Cincinnati perdía trece carreras por cuatro en el cierre de la séptima entrada con dos outs. Pete Rose, que cuatro años antes había regresado a Cincinnati y ahora fungía como mánager-jugador del equipo, se acercó a David, quien cubría la segunda almohadilla. “Mague, ¿tú y qué pichabas cuando chamo? ¿Quieres darle ahorita?” “Yo mismo soy”, contestó el venezolano. “Dale, pues, pero no vayas a permitir carreras; mira que aposté a que no nos harían más de 15”.
Claro que esa no fue la conversación, pero Rose sí le preguntó a David si quería subir a la lomita, y este respondió que sabía algunas cosas del oficio. Entonces el rey tomó la pelota y, a sus 40 años, debutó en la Gran Carpa como lanzador: sacó cuatro outs, ponchó a un bateador y permitió solo dos hits y ninguna carrera.
Al terminar la temporada de 1988, Larkin había despegado como la gran nueva estrella de los Rojos, por lo que la organización sintió que ya no necesitaba a David y decidió no renovar su contrato. Al principio, el rey no lo tomó muy bien; era su temporada 19 y el aragüeño quería retirarse con 20 zafras encima. Así que se fue a probar suerte en el Spring Training de 1989 con los Angelinos de California. Sin embargo, en algún punto de los entrenamientos fue evidente que no haría el equipo y, antes de que esto sucediera, empacó sus corotos y dijo adiós a la Gran Carpa.
En Venezuela, Concepción jugó dos temporadas más para sumar un total de 23. Su última campaña fue la 89-90, que fue también su única experiencia como mánager-jugador. David no había querido que fuese así: él deseaba jugar un par de años más, pero conflictos internos con la directiva de los Tigres lo impidieron. No entraremos en detalles; eso es harina de otro costal. Lo cierto es que David no jugó las temporadas 90-91 ni 91-92. Igual que había sucedido en las mayores, el retiro en su país le había sorprendido sin una despedida formal, algo que le afectaba aún más por tratarse de su gente.
Sin embargo, el ángel de la guarda se encargó de arreglar el entuerto. La oportunidad de colgar los spikes de manera oficial llegó el 17 de diciembre de 1991, en el José Pérez Colmenares de Maracay, el mismo estadio donde todo empezó. La excusa fue el Juego de Estrellas celebrado ese año en su honor, evento para el que persuadieron al rey de ponerse el uniforme después de casi dos años sin jugar. Esa noche llegó dispuesto a cubrir la primera base durante tres entradas, pero lo animaron a jugar en el campocorto. Antes del encuentro se celebró el Derby de Jonrones, y también lo convencieron para que participara como invitado junto a los muchachos fuertes de la época. Esa noche el de Ocumare estaba como para pedirle prestado.
Como David estaba acostumbrado a sorprender, resulta que terminó ganando el Derby. ¡Imagínense aquello! El hombre tenía 43 años y llevaba 20 meses inactivo. El final del evento fue épico, con un jonrón decisivo de película. Recuerdo que era el último chance y David, con la mano, le hizo señas al lanzador para que le pusiera la pelota un poco alta y con más velocidad. El hombre cumplió con su petición y Concepción conectó una línea entre los jardines derecho e izquierdo que superó la cerca, a la vez que un puño de fanáticos caía al terreno en medio de una ovación ensordecedora.
Acto seguido, hubo una ceremonia especial en la que los Tigres de Aragua retiraron el número 13 de Concepción, ese con el que se hizo estrella y que él mismo acabó popularizando. David debutó en la Gran Carpa con otro número, el 50, pero aquel cinco y cero se veían enormes en su espalda estrecha, así que lo quiso cambiar. Años antes, Cincinnati tenía una tradición que rezaba lo siguiente: los números de un dígito se reservaban para el cuerpo directivo y los receptores; del 10 al 19, para los infielder; del 20 al 29, para los jardineros y del 30 al 49, para los lanzadores. Si bien para 1970 nada de esto se cumplía de manera estricta, aún quedaban algunos rastros que sobrevivían al tiempo. Lo cierto es que, de los números del uno al diecinueve ―que eran los que David quería porque ocupaban menos espacio en el uniforme―, ese año solo quedaban disponibles el 13 y el 18. Según el aragüeño, en aquel momento el 13 se le hizo familiar por el año de nacimiento de su madre (1913), así que fue el que eligió para usar durante toda su carrera, tanto en los Estados Unidos como en Venezuela.
¿Número de mala suerte? Así rezaba la tradición. Antes de Concepción, en los 41 años que habían transcurrido desde que los equipos de la Gran Carpa empezaron a usar números en sus uniformes, solo 54 jugadores habían vestido el 13, dos de ellos en Cincinnati, Eddie Miller (1936-1947) y Eddie Pellagrini (1952). Entonces llegó el Rey y, a partir de 1970, le dio notoriedad al número. Después de que él lo estrenara en la espalda, 315 jugadores lo han hecho en 56 años. Y no decimos que todos lo hayan hecho por Concepción de manera consciente o directa, sino que fue él quien puso a rodar esa bola de nieve que terminó en avalancha.
Por ejemplo, el impacto en Venezuela fue enorme. No es el 11 de Aparicio el que todos buscan, sino el 13 de David. Después de él, 37 jugadores criollos han pisado la Gran Carpa con ese número en la espalda. Hoy, Concepción es el segundo jugador con más años vistiendo ese dorsal en las mayores, después de Omar Vizquel, quien desplazó al rey al usarlo durante los 22 años de su carrera.
Hasta el día de hoy, tres números de peloteros venezolanos han sido retirados por equipos de las Grandes Ligas. Uno de ellos es el 11 de Luis Aparicio (Medias Blancas de Chicago), y los otros dos son el 13 de David Concepción (Rojos de Cincinnati) y el 13 de Oswaldo Guillén (Medias Blancas de Chicago). Tal como marchan las cosas, es posible que en unos años veamos también a Kansas City retirando el 13 de Salvador Pérez y, quién sabe, quizás mucho después a los Bravos de Atlanta haciendo lo propio con el 13 de Ronald Acuña.
La noche del homenaje a David yo estaba en la tribuna, muy cerca del terreno de juego. Recuerdo a Luis Sojo, lleno de emoción, calentando el brazo con el rey. La sonrisa le daba la vuelta a la cabeza. Parecía un niño ante su ídolo, quizás porque así lo era incluso antes de que Sojo se hiciera profesional. Él también pertenece a esa generación que creció admirando al rey. Recuerdo también los tres lances de David esa noche, todos perfectos. Recuerdo ver el juego detenerse antes del inicio de la cuarta entrada y a Omar Vizquel salir de la cueva hacia el campocorto para sustituir a David. El estadio estalló en aplausos. Aquella sustitución, de alguna manera, simbolizaba el relevo generacional de estrellas de la posición. La última temporada de Concepción en las Grandes Ligas fue en 1988 y la primera de Vizquel en 1989; saliendo uno y llegando el otro.
Terminaba así la historia de David Ismael Concepción Benítez como jugador activo. El gesto del rey al cruzar la raya de cal por última vez resumió la humildad y el amor que sentía por su tierra: al momento de salir del terreno de juego, David se quitó la gorra y besó el «Aragua» bordado con hilos blancos. Ese pasaje me llevó a recordar un juego en el Estadio Universitario de Caracas, en el que un grupo de fanáticos trataba de llamar la atención de Concepción agitando una gorra de Cincinnati en alto. David volteó a verlos, negó con la cabeza, se quitó la gorra de los Tigres y la levantó hacia ellos señalando con el dedo la «A» bordada en ella. Lo que siguió fue una ronda de aplausos en la tribuna.
En el homenaje de despedida en Maracay se encontraban dos miembros de la Maquinaria Roja: Tony Pérez y César Gerónimo. ”¿Cómo comparas el jonrón con el que David ganó hoy el Derby con el tuyo en el séptimo juego de la Serie Mundial del 75?”, preguntó a Tony Pérez un periodista, quizás algo impertinente, con el sonido conectado a los parlantes del estadio. El bigleaguer intentó evadir la pregunta de manera elegante, pero el hombre del micrófono insistió. “Conozco a David, y este es más grande porque lo conectó ante su gente”, contestó el cubano. “Después de verte hoy en el campocorto, la gente se pregunta por qué no jugaste con Caribes de Oriente este año”, preguntó otro periodista, haciendo referencia a la oferta que la organización oriental le había hecho antes de empezar la temporada. “Iba a ser bastante difícil para mí ponerme otra camiseta que no fuese la de los Tigres de Aragua”, dijo David.
Adelante le esperaba el Salón de la Fama del Béisbol Venezolano (2003) y el Salón de la Fama y Museo de los Rojos de Cincinnati (2000), organización que también retiró su número 13 en una emotiva ceremonia en 2007. Hoy, el único en deuda es Cooperstown. Es la justicia que todos, aquí y en el norte, esperamos. El ángel de la guarda debe estar montado en ello.
Como anexo
Concepción jugó 19 temporadas en las mayores, todas con Cincinnati. Para el momento de su retiro, era el venezolano con más temporadas en la MLB. Luego, Andrés Galarraga lo igualó y, un poco más tarde, Omar Vizquel los superó con 24 campañas. Hoy, Miguel Cabrera ocupa el segundo puesto con 21 zafras.
Concepción comparte junto a Pete Rose y Barry Larkin el mayor número de temporadas jugadas con los Rojos de Cincinnati (19). A su vez, es segundo en la historia de la franquicia en turnos al bate (8.723) y juegos jugados (2.488); tercero en imparables (2.326), dobles (389) y bases robadas (321); quinto en anotadas (993) y bases alcanzadas (3.114), y sexto en empujadas (950). En todas las Grandes Ligas, David ocupa el noveno lugar entre los campos cortos con más partidos disputados en la posición y el cuarto lugar en la Liga Nacional.
En Venezuela, el rey jugó 23 temporadas. Después de Víctor Davalillo (30), César Tovar (26), Robert Pérez (26) y Giovanni Carrara (24), Concepción ocupa junto a Teolindo Acosta el quinto lugar en número de campañas jugadas en nuestra Liga. David tiene, además, una marca curiosa: el primer triple play sin asistencia en la historia de la LVBP.