Farruco Sesto según sus escrituras

Una serie en nueve entregas (1 de 9)

Farruco Sesto sustituyó la ley por la urgencia

Patrimonio ajeno tomado sin respeto a las leyes, sin notificación ni indemnización, y miles de viviendas levantadas sobre suelos nunca examinados. Chávez lo ordenó. Farruco Sesto lo ejecutó.

En septiembre de 2009, Farruco Sesto firmó un cuaderno de 38 páginas titulado El espíritu de la comuna y lo publicó en edición de autor. En ese cuaderno dejó escrita la primera regla de cualquier obra: «Si la elección del lugar del asentamiento no fue correcta o no fue la mejor, eso marcará continuamente el desarrollo de la ciudad».

Y propuso el método. «Montemos el laboratorio multidisciplinario que se necesita para efectuar un análisis en profundidad» de cada ciudad, recogiendo «todos los datos posibles», entre ellos los topográficos.

Un mes después, el 13 de octubre de 2009, se firmó el decreto que creaba la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe), publicado en la Gaceta Oficial N.º 39.289 del 21 de octubre. Sesto quedó designado director ejecutivo. Entre 2011 y 2013 esa oficina levantó 43 torres en nueve urbanismos del litoral central, la mayoría en Caraballeda. El 24 de junio de 2026 se cayeron dieciséis.

Catorce meses después de escribir aquella regla, Sesto estaba tomando terrenos por teléfono.

«Si te llevan preso, yo voy contigo»

Lo contó él, en 2015, en un cuaderno de 28 páginas escrito para dejar testimonio de su gestión.

Dice en la página 25: «En noviembre de 2010, cuando el deslave, él [Chávez] me llamó por teléfono y me instruyó para que buscara y tomara terrenos en las zonas centrales de Caracas. «Tú los tomas, y si te llevan preso yo voy contigo». Después me instruyó para que me apoyase en la milicia, cosa que efectivamente hicimos. En un par de semanas ya habíamos tomado varias decenas de terrenos ociosos, que luego fueron incrementándose para lograr un número superior».

Este párrafo es la confesión de un despojo, escrita por quien lo ejecutó y publicada como mérito. La frase de Chávez —«si te llevan preso yo voy contigo»— prueba que los dos sabían que era ilegal, porque a nadie se le ofrece acompañarlo a la cárcel por un acto lícito. Se empleó un componente armado del Estado para tomar propiedad privada sin un solo acto administrativo, y a un ritmo —decenas de parcelas en quince días— que ningún procedimiento de expropiación admite.

Falta todo lo que la ley exige: el decreto, el avalúo, la notificación y el pago. Y falta lo único que importaba para lo que se iba a levantar encima: saber qué había debajo. El despojo lo pagaron los dueños. El suelo sin examinar lo pagaron, dieciséis años después, en 2026, quienes dormían arriba.

«Que nos demande el dueño»

Chávez lo dijo en público el 28 de noviembre de 2010, y Sesto reprodujo también esas palabras.

«Yo le decía a alguien que, ¡no!, que ese terreno tiene dueño, entonces no podemos tomarlo. Yo le dije: «Bueno, chico, ¿cómo que no podemos tomarlo? ¿Y pa’ qué está la Constitución? Que nos demande después el dueño»».

Un mes más tarde, el 30 de diciembre, Sesto decía otra cosa en televisión.

«Hay que seguir recuperando terrenos. En el marco de la ley, por supuesto. Constitución y las leyes».

Tres años antes las cosas se decían de otro modo. En 2007, hablando de mudar familias, Chávez explicaba en cadena que las viviendas «las tomamos, bueno, les damos el valor que tienen, vamos a hacer un avalúo», y que había que actuar «tomando en cuenta la opinión de la comunidad». En esa misma alocución atribuye la doctrina a su arquitecto. «Farruco ha desarrollado bastante esa tesis».

El terreno y el suelo

En las transcripciones de aquellos programas, que Sesto compiló y publicó en cinco tomos, la palabra terreno aparece decenas de veces. Significa siempre lote, parcela, propiedad, metros cuadrados disponibles. Nunca es sinónimo del material sobre el que se erige un edificio.

El criterio de selección lo enunció Chávez en marzo de 2009, atribuyéndole otra vez la idea a Sesto: «Como Farruco lo estudió, lo estuvo estudiando, y buena parte de su vida». Construir en la ciudad, dijo, salía «mucho más barato que ir a buscar allá en un cerro, hacer una terraza, a llevar los servicios».

Y así quedó fijado en el papel.

En un Aló Presidente de enero de 2011, Chávez mostró en cámara la ficha de una obra de la Opppe y la presentó como prueba de excelencia administrativa.

«Cada proyecto de los que está comenzando está hecho hasta este nivel de detalle», dijo.

Hablaba del plan de vivienda de la emergencia, el que se puso en marcha después de que las lluvias de finales de 2010 dejaran más de cien mil damnificados. En el Área Metropolitana ese plan contemplaba 33.476 viviendas repartidas entre doce organismos del Estado, y la Opppe era el mayor ejecutor, con 11.188.

Para demostrar que se estaba haciendo bien, Chávez tomó en la mano la ficha de una obra de esa oficina y la leyó en voz alta.

«Aquí está el código, mira, OPPPE-02, esta es la oficina presidencial y ella es la ingeniera que designó Farruco». Avenida Este. Superficie del lote: 2.828 metros cuadrados. Propiedad del Estado. Un edificio de 64 apartamentos. Fecha de culminación: 30 de diciembre de 2011.

Tomó otra, la del OPPPE-12, en el parque José María Vargas de La Candelaria. 3.805 metros cuadrados, 144 apartamentos, culminación el 27 de diciembre de 2011.

Y lo dijo con todas las letras:

«Yo quiero que ustedes sepan que cada proyecto de los que está comenzando está hecho hasta este nivel de detalle».

Sobre el plazo fue igual de terminante:

«Darles prórroga, nada. A nadie le doy prórroga, ni un día».

«Llueva, truene o relampaguee».

Chávez estaba asegurándose entregas, no supervisando construcciones. Lo que leía en cámara le permitía exigir una fecha, y para eso servía esa ficha. No le permitía saber si el edificio se iba a sostener, porque ese dato no estaba en el papel que tenía en la mano.

Y lo que los hechos indican es que el control se ejercía sobre el calendario, porque la prioridad era entregar los apartamentos a toda prisa. En toda la cadena administrativa de esas obras nadie quedó obligado a certificar que el suelo soportaba la carga prevista y, hasta hoy, no se ha hecho público un solo documento que lo certifique para ninguna de las 43 torres.

La diferencia entre lo que esa ficha contenía y lo que debe contener el expediente de una torre de doce pisos es toda la cuestión.

La ficha tiene ocho casillas: código, dirección, metros cuadrados, dueño del terreno, número de apartamentos, monto, responsable y fecha de entrega. Describe un proyecto y su cronograma de ejecución.

El expediente de una torre de doce pisos en Venezuela se compone de otras piezas, y cada una lleva la firma de alguien que responde por ella:

el estudio de suelos, que consiste en perforaciones en el subsuelo para determinar qué carga admite el terreno y a qué profundidad está el agua;

la clasificación sísmica del sitio, conforme a la norma COVENIN 1756, Edificaciones Sismorresistentes, que establece cómo debe calcularse una estructura según la zona del país;

el tipo y la profundidad de las fundaciones, si van pilotes o losa;

la memoria de cálculo estructural, firmada por un ingeniero con su número del Colegio de Ingenieros;

los planos estructurales aprobados;

los ensayos del concreto durante la obra —cilindros de resistencia y cono de Abrams—;

y los permisos de construcción y de habitabilidad que otorga la Ingeniería Municipal.

Nueva Tacagua

Podría pensarse que era ignorancia… si no fuera porque en esa misma conversación hay dos pasajes que lo desmienten.

En uno de ellos, recogido en las páginas 685 y 686 del Registro documental de las referencias a Farruco Sesto en las alocuciones del Comandante Chávez —la compilación en cinco tomos que el propio Sesto armó con las transcripciones de los programas de televisión de Chávez y publicó en su blog el 15 de abril de 2015—, Chávez le habla de Nueva Tacagua, un urbanismo público levantado décadas antes en el oeste de Caracas sobre terrenos que terminaron cediendo.

Le dice que el asunto le da vergüenza, que los edificios están agrietados, que la gente vuelve a ocuparlos e incluso los alquila, y que hay que demolerlos.

«Vamos a hacer un estudio definitivo de eso, el último estudio. Y ahí no se puede vivir, eso se sigue hundiendo».

En el otro pasaje, en esas mismas páginas del Registro documental, Chávez le habla del vertedero de Ojo de Agua, camino a La Guaira. Le explica que ese terreno «echa unos gases, porque eso tiene abajo es pura basura, puros desechos»; le pide que vaya a pasar revista con un funcionario al que llama Mata y recuerda cómo se había resuelto el problema.

Allí había que sembrar un bosque, dice, «en base a un estudio que se hizo, ¿no?».

La frase termina con una pregunta de Chávez pidiéndole a Sesto que le confirme si hubo tal estudio. No está afirmando que el estudio existiera. Está tratando de acordarse.

Es el único momento de esa conversación en que aparece la palabra estudio referida al emplazamiento, y aparece como una duda que Chávez le consulta a Sesto, de memoria y en cámara. Nadie tenía el dato a mano.

Es difícil que se hubiera hecho, puesto que para levantar 43 torres donde iban a dormir catorce mil personas no consta que se realizara. Y hasta hoy no se ha publicado un solo estudio de suelos de ninguna de ellas.

«Terrenos los que quiera»

Sabían que un suelo inestable agrieta un edificio y obliga a tumbarlo, porque tenían a la vista los edificios de Nueva Tacagua.

Sabían que incluso para sembrar árboles se había considerado necesario estudiar el terreno.

Y, sin embargo, en esa misma conversación, sin una sola mención a un ensayo de suelos, la orden que se repite es otra:

«Farruco, busquen más terrenos, busquen más terrenos».

La respuesta de Sesto, en cadena nacional, fue inmediata:

«Terrenos los que quiera».

Ese día informó que había recursos aprobados para 23.068 viviendas solo en Caracas.

Más adelante, Chávez le recuerda que le pidió cuarenta terrenos más, «que ya están ubicados», y le sugiere reunirse con los pobladores porque «ellos tienen bastantes datos».

Los terrenos los «ubicaban» con los comités de vecinos y unas fotocopias con fotografías que, según cuenta el propio Chávez, alguien le entregó una noche.

Sobre los plazos la instrucción era una sola, repetida como un estribillo:

«Prórroga nada. A nadie. Ni un día». «Llueva, truene o relampaguee».

De toda esa cadena de decisiones, una sola consta en un instrumento formal: el decreto de octubre de 2009, que no menciona la vivienda. El encargo de construirla se hizo en un programa de televisión. La toma de terrenos, por teléfono. La escala, en cadena nacional. Los plazos, a viva voz.

Caraballeda

En los nueve urbanismos del litoral había 3.637 apartamentos para unas catorce mil quinientas personas, según el reportaje que Armando.info publicó el 19 de julio de este año.

Se levantaron en Caraballeda, el mismo lugar donde el terremoto de 1967 derrumbó la Mansión Charaima.

Tres veces, en tres años y en tres soportes distintos, Sesto dejó constancia de lo que había pasado.

En julio de 2013, con las obras todavía en curso, en el número 4 de OPPPERACIÓN CIUDAD, la revista que dirigía y que su oficina encartaba en el Correo del Orinoco:

«Hubo, evidentemente, un error de apreciación de nuestras capacidades para localizar los terrenos adecuados, hacerle los estudios correspondientes, desarrollar los proyectos y levantar las edificaciones en un plazo tan corto».

En agosto de 2015, en su blog personal, al hacer balance de sus años en la Opppe:

«A partir de 2011, sin tener proyectos ni organización para ejecutar tanta obra cuando comenzamos, emprendimos la construcción de 11.188 viviendas».

Y en junio de 2019, en Madrid, ante un auditorio al que fue a explicar las virtudes del programa:

«No hacíamos estudios de suelo. Teníamos mucha urgencia por entregar las viviendas».

El 24 de junio de 2026, dieciséis de aquellas 43 torres se vinieron abajo. Sesto sabía que estaban construidas sobre terrenos inestables. Se inculpó tres veces. Y no hizo nada.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.