
El día que la precisión venció a la niebla
Durante años, la incertidumbre funcionó como una herramienta del poder: desorientar, dividir y empujar a los ciudadanos hacia falsos atajos. Pero Venezuela terminó construyendo algo distinto: un mapa basado en actas, testimonios, organización y voluntad popular verificable. Ahora el desafío es no abandonar esa ruta ni permitir que nuevos atajos diluyan lo conquistado. En la reconstrucción institucional, la forma también es fondo
Érase un país lejano donde las realidades más inverosímiles ocurrían y siguen ocurriendo bajo el amparo de la costumbre. El mejor ejemplo de ello es ver cómo los pobladores pasaron décadas caminando bajo una niebla espesa que desdibujaba los caminos. En aquella comarca sombría, el gobernante, cuyo reemplazo se había postergado por muchos años, obtenía su fuerza justamente de esa ignorancia: mientras sus súbditos no supieran hacia dónde avanzar, tampoco podrían unirse para encontrar una salida. Un país que podía inspirar a cualquier escritor del realismo mágico, pero esa realidad abrumadora no solo es ficción literaria: se materializa en ese lugar geográfico del que cuenta la fábula.
La incertidumbre se convierte en la herramienta psicológica más efectiva para un tirano, pues incapacita a los ciudadanos para reaccionar. Ese autoritarismo contemporáneo no necesitó, como Rodríguez Francia, cerrar físicamente el país; con esa bruma de incertidumbre le bastaba. Cuando el marco jurídico de un país es impredecible, cuando esa deriva legal sustituye la acción comunitaria por una estrategia de supervivencia individual, la búsqueda del bienestar particular arruina el esfuerzo coordinado, hundiendo a los ciudadanos en la apatía social. Ello ocasionó durante años que la oposición al régimen imperante buscara una salida a su desesperante situación entre atajos improvisados, oyendo rumores de pasadizos secretos y promesas de “guías providenciales”, quienes también se perdían en la oscuridad. Su error recurrente fue cambiar de rumbo a cada instante.
Agotados de intentar salir de ese macabro laberinto sin lograrlo, un día los habitantes decidieron cambiar de enfoque drásticamente. Frente a la vieja costumbre de tropezar con la misma piedra, se impuso la máxima de que no se pueden obtener resultados distintos haciendo siempre lo mismo. La precisión requería, obligatoriamente, actuar diferente. Con paciencia infinita, rigor, valentía y perseverancia, unieron voluntades para trazar un mapa exacto del terreno que pisaban. No inventaron rutas; dibujaron la geografía real del país. Ese mapa se convirtió en una certeza matemática, una brújula inalterable que todos los ciudadanos guardaron en sus pechos con una discreción ejemplar. Cuando llegó el momento de avanzar, la claridad de la ruta fue tan evidente que ni la niebla más densa pudo ocultar los pasos de la mayoría. El poder del régimen comenzó a desmoronarse no por la fuerza de las armas, sino por el peso incontestable de la precisión, de la certeza.
Esta pequeña alegoría ilustra con exactitud el momento histórico que atravesamos en Venezuela. La recuperación de nuestra democracia no es un asunto de azar ni una rifa de expectativas que cambia con los vientos del día a día. Es un proceso civil cimentado sobre la roca de la certeza.
Cuando la arbitrariedad pretendió cerrarnos el paso, respondimos con la pulcritud de las normas y la fuerza de la unidad real. La gran victoria de la ciudadanía no fue un golpe de suerte; fue el resultado de una construcción metódica, donde cada acta, cada firma y cada testimonio ciudadano se transformaron en un registro indestructible de la voluntad popular. Esa ha sido y es nuestra mayor fortaleza: nosotros no reclamamos una suposición; nosotros defendemos una certeza verificable ante el mundo.
El mayor peligro que enfrentamos ahora no proviene únicamente de quienes usurpan el poder, sino de la tentación de ceder ante la bruma de la incertidumbre o de aceptar falsos atajos que diluyan lo que ya ha sido limpiamente conquistado. En la reconstrucción institucional, la forma también es fondo. No podemos rescatar la República usando las mismas arenas movedizas del relativismo que el régimen utiliza para sostenerse.
De igual manera que el protagonista de Orwell descubrió que la cordura no dependía del número de personas que compartieran una locura colectiva, en nuestra Venezuela actual nos corresponde defender una certeza similar: la verdad no es estadística. Como bien se ha dicho desde la gran tradición literaria y filosófica: “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”. Aunque pretendan imponer una realidad paralela por mayoría de decretos, los hechos siguen siendo tercos.
¿Qué significa preservar la certeza? No es más que mantener el hilo conductor en lo institucional, en el mandato incuestionable de los ciudadanos y su nobleza; dicho en una frase corta, en la dignidad del recorrido. Nuestra ruta sigue estando marcada por el rigor académico, el respeto constitucional y la firmeza ética.
Mantengamos el mapa intacto, sin tachaduras ni enmiendas de última hora. La luz de la certeza ya encendió el camino; nos corresponde a todos caminarlo con la frente en alto y la convicción inquebrantable de que la verdad, tarde o temprano, reclama su lugar en la historia.