Pragmatismos

El verdadero debate es entre un pragmatismo de corto plazo, que apuesta por administrar el presente, y otro de largo alcance, que entiende que un gobierno democrático y aliado ofrece más estabilidad y mejores resultados que un gobierno tutelado

En el comentario político venezolano se ha consolidado la idea de que, en torno al tema Venezuela, compiten dos grupos o facciones por ganarse el asentimiento de Trump. Se ha convenido en llamar pragmática, o pragmatismo, a una, y a la otra se le da el nombre de línea dura, intransigente o algo por el estilo. La primera es partidaria de mantener con el interinato una relación de cooperación, centrada en la búsqueda de buenos negocios para las empresas norteamericanas, sin preocuparse mucho por el tema del cambio político o de la transición democrática. La otra tendencia es la que insiste en la necesidad de promover, tan rápido como se pueda, un cambio democrático en el país.

No me parece que el comentario político haya hecho una selección feliz de los términos. En el lenguaje norteamericano, la que se lleve el calificativo de postura pragmática o pragmatismo corre con ventaja, sobre todo si a la otra corriente se la deja ver como más «ideológica» que «pragmática». Ese país es el país del pragmatismo como filosofía vital. Como corriente de pensamiento filosófico y político, el pragmatismo tiene sus mejores exponentes en pensadores norteamericanos.

Pero, más grave que eso, y entrando ahora en el terreno de los conceptos, reservar para las posiciones contemporizadoras con el interinato el calificativo de pragmáticas es erróneo. Lo que está en competencia por el favor de Trump son dos tipos de pragmatismo. El uno es un pragmatismo de corta visión, miope. El otro es un pragmatismo con mucho más fondo, con visión de mayor plazo; en definitiva, mucho más real y realista. Los intereses de los Estados Unidos estarán mejor servidos por un gobierno aliado que por un gobierno tutelado. Es, con mucho, más pragmático quien en ese país favorezca el cambio político que conduzca a un gobierno aliado que quien favorezca la permanencia de un gobierno tutelado.

La idea de que más vale un gobierno aliado que un gobierno tutelado, verdad casi de sentido común, es manejada cada vez con más frecuencia, incluso con esas mismas palabras, por el comentario político que más se oye en los diversos programas y entrevistas que sobre el tema venezolano se pueden ver. Los periodistas, analistas, comentaristas y politólogos, venezolanos y no venezolanos, lo dicen de mil maneras todos los días.

Expresan ellos también la idea de que, de acuerdo con las informaciones que van recibiendo, el pragmatismo de fondo va ganando terreno en el debate de las facciones que compiten en torno a Trump. Que los indicios apuntan a que se va imponiendo la percepción de que no es verdad que el interinato pueda darle a Trump y a su país todo lo que a ellos les interesa, como no sea dentro de límites muy estrechos y por un tiempo corto e incierto; en forma, pues, muy poco «pragmática». En este contexto, el terremoto ha puesto en gran pantalla, de manera trágica, tales realidades.

Más allá de las ideologías y convicciones que puedan tener quienes en el debate político norteamericano abogan sin descanso por el cambio democrático en Venezuela, tales actores resultan ser tremendamente pragmáticos, los menos «ideológicos» del mundo. Por eso mismo resultan tan cautelosos en los pasos que van dando, demasiado cautelosos para mi gusto y para el de unos cuantos de ellos mismos. Pero digamos que es cuestión de ir ajustando los tiempos y los ritmos, y que la aceleración es siempre una posibilidad, creo que cada vez más atractiva.

Los venezolanos tenemos nuestros propios motivos para desear un cambio político. Sería muy bueno que los estadounidenses los comprendieran y los compartieran. Muchos de ellos, con seguridad, lo hacen, republicanos y demócratas. Pero no es necesario. Basta con que piensen en los propios intereses de su país, de la forma más pragmática que es posible imaginar.

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