
La mala apuesta de Donald Trump
A raíz de los aparentes y recientes desencuentros entre María Corina Machado y Donald Trump se ha difundido una tesis sobre lo que sería la apuesta de Trump respecto al caso venezolano. Se trataría de «apuntalar» —esa es la palabra escogida— al gobierno interino, de modo que, una vez «apuntalado», la recuperación económica —léase, los… Seguir leyendo La mala apuesta de Donald Trump
A raíz de los aparentes y recientes desencuentros entre María Corina Machado y Donald Trump se ha difundido una tesis sobre lo que sería la apuesta de Trump respecto al caso venezolano. Se trataría de «apuntalar» —esa es la palabra escogida— al gobierno interino, de modo que, una vez «apuntalado», la recuperación económica —léase, los negocios norteamericanos— pueda transcurrir sobre aguas relativamente tranquilas. Para tal cosa, la presencia de Machado en tierra venezolana sería algo inconveniente, pues podría generar agitaciones internas que pondrían en riesgo ese dichoso apuntalamiento. Esa sería, pues, la apuesta de Trump: «apuntalar».
Dicen que el Presidente es un buen hombre de negocios. Es de suponerse que los casinos también se le den bien. No cuesta imaginárselo recorriendo los establecimientos de Las Vegas. Ignoro si hay alguna relación estadísticamente establecida entre ser un buen hombre de negocios y tener fortuna en los casinos. Pero me temo que, en esta ocasión, Trump ha hecho una mala apuesta, de la que siempre puede salirse, claro está. Para eso se es el Presidente de los Estados Unidos.
A primera vista, pareciera que Trump quiere subir su apuesta. Su apurruñamiento con el gobierno interino ha pasado en estos días a niveles de mayor calidez. Tanto así, que por momentos parece que se ha pasado de la sensación de ser un país tutelado, como se había uno acostumbrado a admitir, a la de ser un país ocupado.
El caso es que el gobierno interino es «inapuntalable», y mucho más después del terremoto. No hay manera de que la mayoría de los venezolanos haga las paces con este gobierno. Podrá seguir en pie, dado el apoyo militar con el que parece seguir contando. Y suponemos que, con el tiempo, tratará de lavarse lo más que pueda una cara que va quedando, en verdad, mugrienta. Pero va a ser muy difícil olvidar.
La apuesta del apuntalamiento luce como una apuesta perdida porque el gobierno interino no puede —y ahora menos que nunca— aflojar en el control político de los escombros que quedan de las instituciones del Estado, porque aflojar en eso es poner en riesgo su permanencia en el poder. Mientras poca cosa ocurra, mientras la administración Trump se dé por satisfecha con el tipo de cambios que el gobierno interino ha llevado a cabo —una reforma chucuta de la Ley de Hidrocarburos, la voladura del Niño Guerrero, el cambio de un fiscal impresentable por uno menos impresentable—, los aparentes amoríos entre la administración Trump y el interinato pueden continuar, y aquella puede creer, o hacer como que cree, que está «apuntalando» una nueva normalidad. El darse cuenta de que ha jugado mal no tardará mucho.
En cuanto al desencuentro entre Trump y Machado, de ser cierto, dejémoslo estar. Ya el gobierno norteamericano hizo lo necesario para impedir su venida al país. Está aún en su apuesta. Por su parte, el interinato en verdad le tiene pánico a la dama. El suspiro de alivio se oyó hasta en Alaska. En cuanto a ella, ya supimos los venezolanos que movió cielo y tierra para ingresar al país. Ya supimos que quiso estar aquí, pasara lo que pasara. No sé cómo va a seguir gestionando esa frustración. Los días irán diciendo.
Pero hay una inconmovible verdad de fondo, que espero que lo siga siendo y que al fin prevalecerá. Consiste en que no hay ninguna otra carta para un cambio político en Venezuela que no sea la carta Machado, que reúna dos condiciones que, juntas, son un verdadero tesoro: que es la que el pueblo desea y que es la que responde al verdadero interés de los Estados Unidos, sin necesidad de «apuntalamientos».