La Venezuela que está germinando (desde hace años ya)

La Venezuela que muchos recuerdan ya no existe. Pero, en medio de la destrucción, otra ha estado naciendo silenciosamente. Escritores, profesores, médicos, emprendedores y ciudadanos anónimos llevan años sembrando un futuro que todavía pocos alcanzan a ver. Quizá la historia del país no sea solo la de lo que se perdió, sino también la de lo que está por florecer.

Suelo sufrir, como muchos en la diáspora, por la muerte de la Venezuela que conocía. Es un duelo que, desafortunadamente, comparto con muchos venezolanos que se quedaron en el país por mucho más tiempo que yo, luego de iniciada esta pesadilla, y con otros que incluso aún están allá.

Me sorprendió una suerte de epifanía cuando murió Armando Scannone. Querido por todos, el recopilador histórico que tuvo nuestra cocina para tener de dónde partir y darle continuidad al desarrollo de nuestra nación en lo culinario dejó una obra que vale oro. No solo por la información, producto de una investigación empírica de décadas, sino por la importancia cultural de su legado.

De pronto vi que figuras como la suya estaban desapareciendo en muchos de los ámbitos que importaban: quién o quiénes llevan y conservan el desarrollo de nuestra literatura, fragmentada y arrinconada; de nuestros emprendedores; de nuestros chocolateros; de nuestra arquitectura. El chavismo insistió, día tras día y durante años, en quitar cada ladrillo de nuestra historia. Ha sido una clase política que odia la venezolanidad y ha querido borrarla primero y desaparecer sus registros después.

Es una sociedad institucional y oficialmente fragmentada. Como hacen todos los totalitarismos, todo lo que suponga una noción colectiva está prohibido. Cada quien debe permanecer en su casa, temeroso, sin comunicarse, sospechando del otro.

La cantidad de memoria digital que el chavismo destruyó ex profeso es imperdonable. La muerte oficial —ignorados por la nomenclatura dictatorial— de nuestros intelectuales y artistas, de nuestros científicos y universidades, de nuestros banqueros y líderes sindicales, de nuestros empresarios y activistas ha sido un fusilamiento planificado. El chavismo lo destruyó todo para implantar la nada: la pobreza, la corrupción, la anarquía, la mafia, la violencia y la ley del más fuerte. Y todo con las armas.

Pero esa perspectiva oscura, sombría, desalentadora y decadente, siendo funestamente cierta, no es la única. Gracias al cielo.

Hay una Venezuela escandalosamente sorprendente que no solo ha sobrevivido, lo que ya es milagroso. No solo ha logrado mantenerse con vida, cuidar de sus familias, alimentarse, ayudar y dejarse ayudar con lo que tiene y puede. Hay un grupo inimaginable de venezolanos que además ha construido, desde hace años, un nuevo país. En la sombra, mientras padece la dictadura. Con la mitad de la familia afuera, amigos afuera, vecinos afuera, desasistidos por el gobierno y perseguidos potencialmente por él, ese grupo de venezolanos ha tejido no solo una nueva red social invisible —porque no es institucional—, sino un país que ya ha sembrado el futuro.

Son escritores que siguen escribiendo; profesores que siguen dando clases, aunque el salario no cubra siquiera el transporte colectivo; emprendedores que lograron crear mercancías apetecibles para un mercado tan duro; trabajadores del cacao; inventores de servicios necesarios para las necesidades esenciales de los venezolanos; médicos que ponen todos sus conocimientos al servicio de pacientes cuyos recursos son escasos o nulos; proyectos políticos de valores y coraje que exigen tiempo, compromiso, cero retribución y el peligro constante de la cárcel. Hay todo un país que lleva años germinando, como en la referencia legendaria del bambú: seis años para crecer seis centímetros; seis semanas para crecer seis metros.

Los conozco a distancia: periodistas que han hecho trabajos inimaginablemente buenos bajo el mayor de los riesgos; promotores culturales que no descansan en erigir el trabajo de las artes en medio del tiempo más oscuro de nuestra historia contemporánea; médicos que salvan con su vida la vida de otros pacientes; empresarios que se las han ingeniado para mantener a flote un negocio con el que otros trabajan y dan de comer a sus familias.

Las noches parecen eternas, pero el sol siempre sale. Y al bambú está por llegarle su tiempo expansivo.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.