
Invertir o no en SpaceX
SpaceX simboliza una de las visiones más fascinantes del futuro. Pero entre la admiración por la tecnología y el precio razonable de una acción hay una distancia que los mercados suelen ignorar en tiempos de euforia. ¿Estamos ante una revolución o ante una nueva advertencia para los inversionistas?
En esta hora loca que vive el mercado de valores de Estados Unidos conviene recordar el período de “exuberancia irracional” al que se refirió Alan Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, en 1996. Aquella euforia culminó en el año 2000 con el estallido de la burbuja de las empresas tecnológicas e internet. El índice NASDAQ perdió cerca del 78 % de su valor y miles de millones de dólares se evaporaron en cuestión de días. Los niveles estratosféricos que hoy alcanzan los mercados bursátiles despiertan temores similares, y no son pocos los especialistas que consideran que muchas acciones están sobrevaloradas y podrían sufrir correcciones severas. Lamento ser un aguafiestas.
Todo esto viene a colación a propósito de la salida a bolsa de SpaceX, la empresa espacial del inefable multibillonario Elon Musk. El viernes pasado, Wall Street abrió con enorme expectativa ante el debut bursátil de la compañía. Aunque la jornada cerró con ganancias moderadas, la acción terminó cotizando en 160,95 dólares, por encima de los 135 dólares fijados inicialmente para su lanzamiento.
Sería aventurado predecir cuál será su precio de equilibrio una vez desaparezca la euforia inicial. Lo más prudente es esperar que se asiente el polvo antes de emitir un juicio definitivo. Sin embargo, las estimaciones de los analistas oscilan entre los 65 dólares de los más pesimistas y los 200 dólares de los más optimistas.
Personalmente, creo que los pesimistas están más cerca de la realidad. Mucho me temo que no pocos inversionistas terminarán con las manos quemadas. La valoración alcanzada por SpaceX supera la capitalización combinada de empresas tan consolidadas como Coca-Cola, ExxonMobil y Bank of America. Resulta difícil encontrar fundamentos sólidos que justifiquen semejante valoración.
SpaceX adolece de una vulnerabilidad estratégica importante: una parte sustancial de sus expectativas de crecimiento está vinculada al éxito del programa espacial estadounidense y, particularmente, al desarrollo del cohete reutilizable Starship. Este vehículo es la pieza central de los planes de exploración lunar de NASA y, eventualmente, de las ambiciones de viajar a Marte.
Sin embargo, los calendarios espaciales suelen ser víctimas de la realidad. El programa Artemis, que busca devolver astronautas a la superficie lunar, ha acumulado retrasos significativos. Hoy la meta es regresar a la Luna hacia finales de 2028 y comenzar posteriormente la construcción de una presencia humana permanente. Incluso ese objetivo parece ambicioso a la luz de los problemas técnicos que aún enfrenta Starship y de las dificultades que presentan otros sistemas esenciales del programa.
Pero la incertidumbre que rodea a SpaceX no es únicamente tecnológica. También es financiera y política. La situación fiscal de Estados Unidos atraviesa una etapa delicada. Los crecientes déficits públicos y el aumento de la deuda podrían obligar al gobierno federal a replantear prioridades presupuestarias. La historia demuestra que los programas espaciales suelen ser candidatos naturales a sufrir recortes o aplazamientos cuando llegan los tiempos de austeridad. NASA ya ha vivido esa experiencia en múltiples ocasiones, al igual que el Pentágono. SpaceX tampoco ha sido inmune a esas reprogramaciones.
Actualmente, el principal sostén financiero de la empresa es Starlink, su red global de satélites de comunicaciones, lanzados mediante el cohete Falcon 9. Se trata de un negocio extraordinariamente rentable que generó aproximadamente 4.400 millones de dólares de beneficio operativo en 2025. No obstante, los estados financieros divulgados con motivo de la salida a bolsa muestran otra realidad: la empresa registró ingresos cercanos a los 18.700 millones de dólares, pero también pérdidas netas de aproximadamente 4.900 millones. Desde una perspectiva estrictamente contable, SpaceX no fue rentable en 2025 y difícilmente lo será en el corto plazo.
A ello se suma otro desafío nada despreciable: la competencia. El liderazgo actual de SpaceX en el mercado de lanzamientos y telecomunicaciones espaciales está siendo desafiado por nuevos actores. Blue Origin, la empresa de Jeff Bezos, avanza con paso firme; otras compañías estadounidenses buscan ganar cuota de mercado; y, sobre todo, China está invirtiendo enormes recursos en programas espaciales estatales que aspiran a competir directamente con la supremacía tecnológica estadounidense.
Los mercados suelen enamorarse de las historias de éxito antes de que estas se materialicen. SpaceX representa una visión fascinante del futuro, una empresa capaz de transformar la exploración espacial y las telecomunicaciones globales. Pero una gran empresa no siempre equivale a una gran inversión. Entre la admiración por la tecnología y la valoración razonable de una acción existe una diferencia fundamental que los inversionistas suelen olvidar en tiempos de euforia. Quizás SpaceX llegue a justificar algún día su valoración actual; quizás no. Lo que sí parece claro es que quienes compren hoy sus acciones no estarán adquiriendo certezas, sino expectativas. Y las expectativas, como enseñó la burbuja tecnológica del año 2000, pueden ser extraordinariamente rentables mientras duran, pero también extraordinariamente costosas cuando terminan.