Muerte de Teresa de la Parra

Teresa de la Parra fue una voz única en la literatura venezolana, capaz de escribir con una delicadeza que todavía hoy sorprende. En apenas dos libros dejó una mirada profunda sobre la vida, la intimidad, la memoria y, sobre todo, la libertad de las mujeres en un mundo que intentaba limitarla. Su obra tiene algo cercano, casi confidencial, como si nos hablara al oído desde otro tiempo. Recordarla hoy es volver a esa sensibilidad que atravesó la enfermedad, el exilio y la soledad sin perder nunca la lucidez ni la belleza. Murió joven, pero dejó una huella que sigue viva: en la forma de narrarnos, de pensarnos y de entender que incluso en los momentos más frágiles puede nacer una escritura que perdura.

Diagnóstico y reclusión en Leysin, Suiza

En febrero de 1932, Teresa de la Parra escribió, en carta a un amigo, que se encontraba en el Gran Hotel de Leysin, sanatorio de tuberculosos. “Tengo una lesión en un pulmón, me la descubrieron hace poco. Aquí estoy desde hace quince días, sola, en cama, con el balcón abierto de par en par sobre la nieve y una temperatura de 3 ó 4 grados dentro del cuarto. […] Todo, todo cuanto me rodea es blancura, luz y silencio.

Las noches son muy lindas, tan lindas como las de Caracas, y la luna sobre la nieve da una luz rara por lo clara y lo fina. Aquí leo, reflexiono, recuerdo la vida del mundo y espero; hasta que Dios quiera.”

En su misiva, la autora de Ifigenia (1924) decía que según le habían dicho los médicos y confirmaba la radiografía, su enfermedad apenas estaba empezando. Se mostraba confiada en su recuperación, pero también admitía que esa enfermedad (la tuberculosis) es “caprichosa y tan traicionera” y podía tornarse letal.

En todo caso -escribió- me siento resignada, contenta casi con mi suerte, sea cual fuere, veo estos meses o años de cura como un camino blanco, todo lleno de vida espiritual, algo parecido a la luz de la luna sobre la nieve. Es el estado de gracia. Ojalá no me abandone nunca. […] Leysin es la ciudad de los tísicos; los hay de todas las edades, de todas las clases sociales, de todas fortunas; los sanatorios populares, los universitarios, los de lujo, todos parecen fraternizar en esta enfermedad que tanto afina el alma. […] ¿Sabe, Carías, que desde que estoy enferma, de esclava de las nieves, no hago sino pensar en Caracas con una dulzura infinita? ¡Qué linda me parece desde aquí y cuánto desearía volver!

Pero ya Teresa no regresaría a Caracas ni tampoco se repondría. Según consignó su gran amiga, la escritora cubana Lydia Cabrera, la célebre caraqueña estaría años en Leysin sin que ello supusiera remedio para su mal. “Teresa”, dijo Cabrera en una entrevista, “estaba en el Sanatorio de Leysin y yo fui a visitarla. Me pareció tan triste el lugar, me dio mucha pena que ella estuviera sola y además, tenía ese Sanatorio una biblioteca estupenda —siempre me ha gustado la vida tranquila—, me quedé para hacerle compañía. Allí estuve varios años, tres o cuatro, lo pasé muy bien. Esos años fueron para mí una gran experiencia interior.”

La fotografía que ilustra esta nota fue hecha por Lydia Cabrera. No en Leysin, que es un pueblecito de postal ubicado en los Alpes suizos, donde desde 1894 se habían instalado instituciones sanitarias para tratar pacientes de dolencias respiratorias.La foto fue hecha en Madrid el día antes de la muerte de Teresa. Acaecida el 23 de abril de 1936, hace ahora 90 años. A esa mujer todavía hermosa, que nos mira con una leve sonrisa como si se asomara al amanecer de la eternidad, no le quedan ni veinte horas de vida.

Está en cama, de hecho. Por eso está un poquito despeinada y oculta la falta de manicura con sus manos encogidas. Tiene 46 años y no sabe, no puede saber, que años después sus restos yacerán en el Panteón Nacional de Venezuela no lejos de los de Simón Bolívar, cuya biografía soñó con escribir sin pasar de unas entrevistas con tías suyas muy ancianas que de niñas oyeron de primera mano los cuentos del Libertador.

Pero ya no va a escribir y acaso sabe también que nunca saldrá por sus pies de esa habitación por cuya ventana entre una luz tan favorecedora para su noble estampa.

El aire seco de Cercedilla, Sierra de Madrid

Los años de enfermedad y declive físico de Teresa de la Parra (1889-1936) están contados con detalle excepcional, en una vida tan poco documentada, por María Fernanda Palacios en su semblanza incluida en la Biblioteca Biográfica Venezolana publicada por el El Nacional y el Banco del Caribe.

Esa biografía comienza con una escena donde vemos a Teresa en el consultorio parisino del doctor Valery Radot, por cierto, “nieto de Pasteur y el especialista que más sabe de asma en Europa”. Es el otoño de 1935 y la paciente ha llegado allí desde Barcelona, donde se ha instalado después de pasarse casi tres años en el sanatorio de Leysin, Suiza, donde se habían recluido en febrero de 1932.

Tiene 46 años recién cumplidos y una tos persistente que la agota. Radot le recomienda instalarse en un lugar con un clima adecuado y este, a juicio de la paciente y sus familiares resulta ser el sanatorio de Fuenfría, en Cercedilla, Sierra de Madrid.

Teresa ha pasado ya por intervenciones quirúrgicas en los pulmones y otras terapias invasivas y dolorosas en procura de arrinconar la tuberculosis que se la tiene jurada.

Desde que salió del sanatorio de Leysin, en septiembre de 1934, -establece María Fernanda Palacios- Teresa no ha parado en ningún sitio: primero fue París, luego intentó Barcelona y al mes el clima la corrió; en Madrid estuvo tres meses hasta que resolvió volver a París “definitivamente” para que ahora el clima la eche nuevamente de aquí.

En el hospital de Fuenfría, en Cercedilla, cuyo clima seco y apacible resulta muy conveniente para los aquejados de tuberculosis, Teresa va a estar dos meses y va a París a verse con el especialsta, pero “vuelve al sanatorio de Fuenfría donde pasó las navidades; en enero de 1936 regresa a Madrid, y en febrero se interna nuevamente.”

En la capital española “alquila un lugar por 210 pesetas, en Mario Roso de Luna, cerca del barrio de Rosales, donde ya había vivido el año anterior. El sol y la alegría bullanguera de Madrid la ponen de buen humor. Come con apetito, duerme bien, llena de flores la casa. Pero estas bodas con el clima y el lugar son apenas el preludio de otras más sombrías que están por llegar”, dice la biógrafa.

Las diligencias para instalarse van a ser largas y fastidiosas. El apartamento alquilado es frío, los muebles son viejos y pesados, y la empleada doméstica es lenta y no muy dotada en la cocina. Con excepción de algunos amigos intelectuales y escritores, entre los que se cuentan “dos breves encuentros con Rómulo Gallegos, a comienzos del año 35, sus relaciones se limitan a un reducido grupo de venezolanos exilados, de cubanos amigos de Lydia y de algunos españoles”, Teresa ha optado por la soledad y el recogimiento. Siempre está agotada. El asma no la deja dormir. Sabe que no le queda mucho tiempo.

“Tengo la impresión de volar en un tren hacia un punto”

La perrita se llama Rattie. Después de su dueña, Lydia Cabrera (La Habana 1899 – Miami 1991), fue ella quien acompañó durante más tiempo a Teresa de la Parra durante su enfermedad. También estaba, por cierto, en el apartamento de Madrid donde moriría la escritora caraqueña, quien días antes de fallecer escribió en una carta que Rattie era un incordio, orinando por todos lados.

Las dos mujeres son Lydia Cabrera, etnóloga y narradora cubana, y la propia Teresa, en una de sus múltiples correrías. Grandes viajeras y amigas, visitaron juntas muchos lugares de Europa y cuando la tuberculosis impuso a la autora de Ifigenia largas temporadas en sanatorios y el tramo final de su vida, Lydia se detuvo también para acompañarla donde fuera menester.

El libro de entrevistas de la investigadora cubana Rosario Hiriart, “Más cerca de Teresa de la Parra – Diálogos con Lydia Cabrera (Monte Ávila Editores, 1992)” indaga en profundidad en las evocaciones de la cubana respecto de su amiga muerta. “Teresa habla escasamente de ella en sus cartas, mas no así en su Diario en el cual, sobre todo en los meses finales de su existencia, le dedica párrafos impregnados de admiración y ternura”, dice Hiriart.

Se conocieron en La Habana, en 1925, en un barco, el Manuel Arnús, donde ella iba rumbo a Venezuela. Alguien invitó a Lydia a un almuerzo a bordo. “De sobremesa me mostraron a Teresa, -contó a Hiriart- que estaba sentada sola, no lejos de nosotros. Vestía de luto. Nos presentaron y conversamos un rato en la cubierta. Le conté que trabajaba para independizarme, tener fortuna propia e irme a París a pintar y estudiar. Me animó a realizar mis proyectos y me dio su tarjeta para que la buscase en cuanto llegase a París.”

Volvieron a encontrarse en la capital francesa en 1927. “Yo estaba comiendo con mi madre en el Hotel Vernet y me dice de pronto: -Mira, Lydia, qué muchacha tan bonita está ahí en esa mesa. Reconocí enseguida a la viajera del Manuel Arnús. A los postres me levanté y fui a saludarla. Teresa vivía en un hotel a dos cuadras del Vernet y venía a comer a éste todas las noches. Me llevó a su hotel, hablamos de libros, de mil cosas y me mostró, para sorpresa mía, la tarjeta que le había dado años antes en La Habana y que decía "favor de no olvidarme».

Desde ese día no se separaron. Lydia la acompañó en su deambular por médicos y sanatorios. Aparte de su madre y sus hermanas fue ella quien estuvo más cerca y con mayor persistencia. “El primer síntoma que tuvo Teresa”, le contó Lydia a Hiriart, “fueron como unas manchas rojas, pequeñas verrugitas, que aparecieron en sus manos. Como era muy presumida y tenía lindas manos fue a ver al especialista de la piel, quien que vio en aquellas manchas una típica

manifestación tuberculosa y la dirigió al médico.”

El médico la auscultó, le hizo radiografías… y cinco días después ya la paciente, diagnostica de tuberculosis, iba en tre camino del sanatorio de Leysin en Suiza. Poco después Lydia la alcanzó en aquellas montañas. “Me dieron una habitación junto a la suya.[…] La acompañé, unos tres años, porque nada mejor podía hacer. ¿No había sido muy buena conmigo? […] No me moví de su lado los últimos años de su vida. Un hermano mío, Juvenal, murió de tuberculosis siendo yo una niña pequeña.

Durante años, aún en mi adolescencia, creía que me moriría muy joven, como Juvenal. Una vez, muchos años después, le confié a Teresa esa especie de premonición que tenía con la tuberculosis, Teresa me contestó que si alguna vez yo me enfermaba ella iría a acompañarme y ya ves, sucedió, sólo que a la inversa, fui yo quien le hice compañía.”

Teresa, -sigue Lydia- que siempre tuvo horror de contagiar su enfermedad y que era extraordinariamente escrupulosa, me dio un curso de lo que tenía que hacer para evitar cualquier peligro de contaminación y moverme sin temor entre los enfermos.Teresa estudió a fondo su enfermedad en la biblioteca de Leysin y pienso que en su afán de no preocuparnos ni entristecernos nos mentía piadosamente. Porque un buen amigo nuestro, José Bertrán Musitu, gran abogado de Barcelona y conocido político, que tenía veneración por ella, me contó que Teresa le había confesado que sabía que sus días estaban contados y que esperaba la muerte serenamente.

“Ya no le temo a la muerte”, escribió la propia Teresa en una carta de esa época. “La monotonía de los días, exactos en esta prisión, ha aumentado a mi ojos la velocidad de la vida; tengo la impresión de volar en un tren hacia un punto, al que no puedo tardar mucho en llegar. A veces me pregunto si será algún presentimiento esta sensación de viaje.

En febrero de 1934 la enferma abandonó Leysin a favor de Barcelona, España. Con ella iba Lydia. Pero la ciudad condal les resultó “húmeda y por lo tanto mala para los bronquitosos y asmáticos. Teresa pensó que el clima de Madrid a más de 600 metros sobre el nivel del mar y muy seco, de cielos despejados, la mejoraría. Nos fuimos a Madrid”. Tras unos días en un hotel se intalaron en un apartamento en la calle Mario Roso de Luna, junto al paseo Rosales, “que había dejado vacante el poeta Pablo Neruda”.

Cuando las crisis de asma y tos de Teresa arreciaban se internaba por temporadas en el Sanatorio de Fuenfría, “que era muy triste, diríase que la muerte salía a recibirnos”, recordño Lydia. “Desde su habitación se veía un bonito paisaje, la mía estaba contigua a la de ella; el ambiente, el mobiliario, de hospital.

A veces hacíamos paseos, pero Teresa, muy delicada ya, tenía que estar en cama, hacer reposo. Llevaba la misma vida de siempre, cartas, lecturas… Ni a Teresa ni a mí nos agradaba mucho este sanatorio. Su íntimo estado de ánimo, no era bueno, aunque ella siempre trataba de infundir alegría en los demás. La última estadía en el sanatorio de Fuenfría no estaba de buen humor. Sufría mucho físicamente, padecía de continua falta de aire y de fuertes accesos de tos que la fatigaban mucho.

En algún momento y no porque Terea hubiera mejorado se hartaron y se fueron a Madrid. Encontraron un apartamento en la zona de Cuatro Caminos. Sería su última dirección postal.

En los primeros días de 1936 todo empeoró. “Comprendí que este era el final de la vida de Teresa”, le confió Lydia a su entrevistadora, “y sentí que era un deber llamar ya a la familia, porque sabía que iba a morir. Avisé a María y doña Isabel que estaban en París y vinieron. Se instalaron en el piso nuestro en Cuatro Caminos. Pasaron con nosotras mes y medio. Las últimas semanas, sobre todo, fueron muy tristes porque Teresa se sentía muy mal, dormía poquísimo. Cada vez que la veía ahogarse… sufría mucho, la inyectaba, indicado por su médico, morfina y alcanfor. Fueron días difíciles para todos los que la queríamos. Fue además una primavera muy triste en Mаdrid. El médico que la atendió durante estos meses era un hombre muy bueno, cariñoso, lástima que no recuerde su nombre, tenía reputación de ser un excelente tisiólogo, se desesperaba por no poder hacer nada por Teresa. Ya en España se sentía en aquellos días rugir la revolución, la guerra. Era como si en el aire de Madrid, el odio hubiese podido cortarse con un cuchillo.”

Ya viene abril. El más triste abril. Teresa no vería el final de ese mes. Rattie, por su parte, fortalecida por los aires de Fuenfría, moriría en el año 49, en La Habana.

“Hijita, prepárate a morir”

Yo comeré un poquito de tierra -respondió Ana Teresa Parra Sanojo, que era su nombre de nacimiento (el otro, por el que la conocemos, es el de escritora). Lydia Cabrera, su amiga, la intelectual cubana, le había preguntado, a eso de las seis de la mañana, qué le apetecía desayunar y Teresa había salido con esa ocurrencia. Así lo narró la habanera a la investigadora Rosario Hiriart en el libro de esta, “Más cerca de Teresa de la Parra” (Monte Ávila Editores, 1992).

“Aunque la respuesta no dejó de impresionarme”, recordó Lydia años depués, “me reí de su ocurrencia. Conversamos un rato. Le inyecté el aceite alcanforado que recetaba su médico, y su madre vino a acompañarla. Yo fui a descansar un rato, pasaba durante esos días la noche cuidándola. Prefería estar yo de noche al tanto de ella, porque tengo el sueño ligero y había aprendido dormir con un ojo abierto y otro cerrado.”

A las once de esa mañana, Lydia Cabrera ha debido incorporarse en su cama como quien reacciona a un golpe en la puerta. Corrió a la habitación de Teresa y encontró a doña Isabel Sanojo, la madre de su amiga enferma, de rodillas junto a la cama.

Hijita, prepárate a morir, vas a aparecer ante Dios -cuenta Lydia que dijo la señora. Teresa no respondió. A Lydia le pareció que estaba inconsciente y le reprochó a la madre unas palabras que podían asustar a la enferma. “Su actitud me pareció cruel. Una crueldad que Teresa se diese cuenta de que moría. Tomé rápidamente la jeringuilla y la inyecté en el brazo, pero el líquido no penetró.”

En el silencio del apartamento de la madrileña zona de Cuatro Caminos las oraciones que en voz alta y fervorosa recitaba doña Isabel debían atronar. Lydia cerró los ojos de Teresa. Era el 23 de abril de 1936.

Teresa había sido sometida a operaciones y tratamientos muy dolorosos, largos, agotadores. “Si bien las intervenciones al pulmón han sido clínicamente exitosas”, escribió María Fernanda Palacios en su biografía de la autora de Ifigenia, “las lesiones, al cerrarse y endurecerse, comprimieron el aire provocando una auténtica tempestad interior que le impide exhalar con naturalidad: “no tengo sino un quinto de mi conciencia y personalidad, todo lo demás se lo lleva esta especie de huracán y vivo sin saber qué quiero ni dónde estoy.” Como la presión del pulmón también obstruye el paso de la sangre, el corazón es quien más sufre a la larga y se descompensa hasta tal punto que Teresa no morirá de asfixia sino de insuficiencia

cardíaca.”

—Me sentí absolutamente huérfana -le dijo Lydia a Rosario Hiriart-. Teresa era

como una madre joven para mí, como lo había sido hasta mi adolescencia mi hermana Emma, a quien yo llamaba Mamá Emma, y que tenía como ella, un carácter muy dulce.

Se había cumplido la sentencia anunciada desde aquella primera visita al médico para hacerse revisar una abrupta caligrafía que puntuaba sus manos con la inscripción de un temprano final. El escritor español Juan Ramón Sánchez escribiría, en el obituario publicado en el diario El Sol de Madrid, un mes después, el 24 de mayo de 1936: “Solo vi una vez a Teresa de la Parra. Vino muy abrigada en pieles, exhalando tibieza retenida; con los ojos azules, grises, verdes, brillándonos transparentemente dulzura y finura.

Estaba ¿cómo decirlo?, “delicada”. Su voz envuelta con seda hablaba, cerca o lejos, desde la muerte.”

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