
¿No pudo crear Dios un planeta sin catástrofes?
¿Dónde está Dios cuando ocurre una tragedia? ¿Es un castigo o una prueba? Guillermo Fariñas reflexiona, desde la fe y la experiencia personal, sobre el sufrimiento, la providencia y la solidaridad en uno de los momentos más dolorosos para Venezuela. Un texto que invita a pensar, consuela y recuerda que incluso en medio del desastre siempre hay espacio para la esperanza.
Tengo días pensando en qué escribir en estas dolorosas circunstancias que de nuevo afectan gravemente a Venezuela.
Comenzaba su andar la Monteávila cuando, en diciembre de 1999, tuvimos el trágico deslave que azotó el entonces estado Vargas. Nos pegó porque el papá de Joaquín Rodríguez, en ese momento vicerrector académico, estaba en su pequeño hotel en Macuto y hubo que ir a rescatarlo. También teníamos un par de estudiantes de la zona, pero no sufrieron daños físicos ni materiales. Igualmente nos movilizamos para apoyar a algunos de los damnificados. A mi memoria viene Gloria Bazó, quien perdió su hogar, se mudó a Caracas con su familia y trabajó con nosotros algunos años.
Casi 27 años después, la zona del litoral central vuelve a ser el epicentro de una tragedia mayor. Son los más afectados, pero también han sufrido personas y viviendas en Caracas, la zona de Guarenas-Guatire, Maracay y otras localidades de las que no tengo registro. Apenas nos asomamos a unas cifras de fallecidos y pérdidas materiales ya muy altas. Pero anticipamos, con el corazón encogido, el verdadero tamaño de la desgracia en pérdidas humanas por la cifra de desaparecidos, que oscila entre 20 y 30 mil personas.
La Monteávila también ha sufrido: fallecieron la querida profesora Gloria de Jesús Suárez, junto a su esposo y un sobrino; la también profesora Alicia Monagas; Juan Diego Cremi, estudiante de último año de Administración y a quien le di clases el semestre pasado; la egresada de postgrado Freimar Reyes, junto a su papá y su hijo; y Andreína Aranguren, egresada de Educación, quien con mucho sacrificio realizó sus estudios hace más de 20 años.
Cuando me dirigía, junto al capellán, el P. Luis Armando, a acompañar a los papás de Juan Diego, nos cruzamos con un desconocido que, al reconocer al sacerdote, exclamó: «Esto es castigo de Dios». Cuántas veces nos ha pasado esa idea por la cabeza al ser testigos de desgracias de personas, familias, pueblos o países. Son tantas las que registra la historia.
Desde que Jesús instauró el reino de los cielos, Dios no suele castigar a los hombres, pueblos o naciones en esta vida. Los terremotos y sus fatales consecuencias son parte del diseño geológico de la Tierra. Hemos entendido que los sismos son consecuencia de un necesario acomodo de las capas terrestres. ¿No pudo crear Dios un planeta sin catástrofes? No. Fue esa la geofísica que nos legó. Creó una susceptible de ser entendida por la razón humana, no una que salte de milagro en milagro y misteriosa, como la creían nuestros antepasados de la Antigüedad.
Sigo con el encuentro con quien atribuía a Dios nuestros infortunios. El P. Luis Armando solo le dijo: «Dios es un padre bueno». Esa sola frase desarmó al pesimista, que respondió: «Es así».
Hay un pasaje de los Evangelios muy significativo y muy comentado: la tempestad calmada. El Señor duerme en la popa de una barca mientras una tormenta la azota. Los apóstoles temen el hundimiento, y eso que son curtidos pescadores en ese lago. Despiertan al Señor, quien ordena la calma a la naturaleza. Este pasaje fue leído y comentado por el papa Francisco en aquella imponente vigilia de oración, a los pocos días de haberse desatado la pandemia del COVID-19, ya con miles de víctimas en el mundo.
Son varias las lecciones. La primera: Dios siempre nos acompaña. Parece indiferente, dormido como Jesús en la barca. Pero vuelvo a la frase sanadora del capellán: Dios es un padre bueno, aunque a veces no entendamos sus caminos. Los seres humanos necesitamos reconocer que no estamos sujetos al albur, a una fuerza desconocida que descarrila los mejores planes e intenciones: la fortuna de los griegos. Unos creen en fuerzas cósmicas. Otros, en un plan escrito que solo se conoce al final, al ver unidos los puntos —nuestras desgracias y logros— en la línea que los enlaza. Los cristianos lo llamamos providencia divina. La mejor decisión que podemos tomar ante una prueba es afrontarla. No tratar de interpretarla ni entenderla. Asumirla y preguntarnos qué quiere Dios de mí en estas situaciones, especialmente las trágicas. Solo después el Señor nos da la gracia de releer y atar cabos. No lo olvidemos: Dios es un padre bueno. Solo quiere el bien para sus hijos, los seres humanos.
Y aquí viene la segunda lección: ese bien nos llega por caminos a veces insospechados, como la ayuda de un socorrista que trabaja muchas horas sin parar; la de unos voluntarios en un centro de acopio; las palabras de orientación y ayuda de una línea de atención psicológica; las comidas preparadas por las Chefas o Chef Campus para el personal médico; o la labor de un egresado, fundador de una empresa de logística, que transporta gratuitamente medicinas y enseres para La Guaira. Dios necesita y se sirve de esas causas segundas porque así nos hace bienhechores, cooperadores de su acción divina.
La tercera lección: pedirle. Eso hicieron los apóstoles: «Sálvanos, que perecemos». ¿Necesita Dios oírnos para saber lo que necesitamos? No. Pero esa plegaria nos ayuda como peticionarios. Nos hace crecer en la fe. Nos hace más humildes, al reconocer que solos no podemos.
Termino con la lección que me dejó la familia de Juan Diego. A la mamá la conseguí rezando el rosario. Intuí que no era el primero. Estaba en vela desde la noche anterior y ya era mediodía. Conmovida, pero serena.
Su papá estaba bien situado. Iba y venía desde el día anterior. Sin importunar: «Hay que dejarlos hacer su trabajo», nos dijo. Lo conocían todos los encargados de la labor de rescate, incluido el alcalde. Así, cuando nos acercamos para rezar más de cerca, franqueamos fácilmente tres barreras que protegían la zona del siniestro, hasta llegar al edificio vecino al Petunia.
A ellos los acompañaba Nella, la hija mayor, egresada nuestra de Comunicación Social. Estaba dando entrevistas a los medios para darle más notoriedad al caso de su hermano.
Los tres, personas de fe. La confirmación del fallecimiento de nuestro alumno y de su novia esa noche fue tremenda. Su madre me escribió con dolor: «La partida de un hijo no tiene comparación».
Quiero destacar: es partida, no muerte; es paso a la otra vida. Al darle el pésame le transcribí palabras de san Josemaría que, en circunstancias análogas, me han ayudado mucho:
«¡Si no nos morimos!: cambiamos de casa y nada más. Con la fe y el amor, los cristianos tenemos esta esperanza; una esperanza cierta. No es más que un ‘hasta luego’. Nos deberíamos morir despidiéndonos así: ¡hasta luego! Dios no actúa como un cazador, que espera el menor descuido de la pieza para asestarle un tiro. Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega, las protege; y solo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras».
Mis oraciones van por las almas de todos los fallecidos, por el consuelo de sus seres queridos y por la recuperación de quienes han perdido sus posesiones.
El destino de los pueblos no está escrito. Lo escriben sus mujeres y hombres. Unos asumiendo, merecidamente, las riendas políticas. Otros, trabajando mucho y bien. Los jóvenes, estudiando para, desde su profesión, servir a la sociedad. Los padres, sacando adelante a sus familias, formando a sus hijos y procurándoles una buena educación. Todos siendo buenos ciudadanos, solidarios, como han demostrado tantos en esta desgracia.
Voy a concluir parafraseando una idea de san Josemaría: el estiércol, al rodear a los árboles, hace que sus frutos sean más jugosos, más llenos de sabor; da una nueva vitalidad a las plantas que nacen en la tierra. El estercolero se transforma en vigor, en lozanía, en vida intensa y fecunda. Todos los sufrimientos causados por las calamidades, las flaquezas propias y ajenas, la ruindad de tantos que hemos padecido como nación, si los asumimos con fe y fuerza para cambiar, para enmendarnos, serán ese buen abono para nuestro país.
Dios nos ayude.
Rector de la Universidad Monteávila