La soberanía del escombro y el Estado holograma

Tras los terremotos que golpearon a Venezuela, el país volvió a enfrentarse a una realidad conocida: una ciudadanía organizada para salvar vidas y un Estado incapaz de responder a la emergencia. Corina Yoris-Villasana reflexiona sobre el colapso institucional, la solidaridad de los venezolanos y la necesidad de reconstruir no solo edificios, sino también la República.

El dolor por las víctimas de los dos terremotos que desolaron a Caracas y el litoral central es inmenso, pero la indignación que le sigue es pura dinamita. Mientras el país se nos cae encima, literalmente, el entorno oficialista ha desplegado su respuesta habitual: la retórica vacía, la militarización del sufrimiento y esa insoportable puesta en escena donde los culpables se disfrazan de salvadores frente a las cámaras de la televisión estatal, exhibiendo con impudicia lujos que resultan insultantes ante la miseria y el dolor de los damnificados.

Es el «Estado holograma». Una estructura que solo existe para el control social, la persecución política y las matracas, pero que se desvanece por completo cuando la realidad exige gerencia, infraestructura y valor humano. Nos hablan de una «Venezuela potencia» y de soberanía tecnológica, pero la cruda verdad quedó expuesta bajo la devastación del estado Vargas y de los valles caraqueños. La primera línea de defensa contra la muerte no fueron los pomposos planes de contingencia del régimen; fueron los ciudadanos de a pie, escarbando la tierra con las uñas, compartiendo una linterna —mejor dicho, la luz del celular— y demostrando que hay una reserva moral en este país que camina en cuatro patas, encarnada en los nobles caninos de rescate que hicieron el trabajo que el Estado ignoró durante años. ¡Hurra por Tsunami, esa hermosa estampa canina, gallarda, que ha salvado muchas vidas!

El colmo del cinismo llegó con la gestión de la solidaridad. Mientras delegaciones de rescatistas y toneladas de ayuda humanitaria enviadas por la comunidad internacional —México, España, Chile, Estados Unidos— se topaban con el embudo burocrático y los celos geopolíticos de Miraflores, los venezolanos entendimos la lección de fondo. Para el poder, la ayuda internacional es una amenaza para su narrativa de control; prefieren la soberanía del escombro antes que admitir su absoluta incapacidad.

La orfandad institucional que padecemos no es un desastre natural; es un crimen de diseño. Los edificios colapsados no se cayeron solo por las ondas sísmicas; se desplomaron por la corrupción acumulada en las direcciones de ingeniería municipal, por la impunidad de las construcciones piratas y por el abandono criminal de los hospitales, que hoy no tienen ni gasas para atender a los heridos.

A este pueblo, que hoy abraza al pueblo en medio de las ruinas, le sobra la dignidad que a sus gobernantes les falta. No nos vamos a conformar con el pésame hipócrita de quienes destruyeron las bases de la República. La reconstrucción de Venezuela no empezará por el concreto, sino por el desalojo definitivo de la indolencia del poder. La ira no se va a congelar; se va a transformar en la fuerza cívica que les cobre cada vida perdida bajo el peso de su negligencia.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.