Normalidad y racismo

¿Había que obviar la expresión de Madrid para fingir que no pasaba nada?

¿Qué pasa cuando lo extraordinario rompe la normalidad… pero no todo lo que emerge debería quedarse? Este texto reflexiona sobre los límites, sobre lo que no podemos permitirnos normalizar, incluso en medio de las causas más justas.

En el mundo narrativo (y en el real: uno representa al otro) no hay historia si no ocurre algo extraordinario. Si la paz de lo normal no está amenazada, no hay historia digna de ser contada.

A partir de lo extraordinario, nuestros personajes se mueven, revelan urgencias y registramos la gran dificultad que tiene un universo dramático para mantener sus valores, su status quo, su integridad.

En este texto vamos a hablar de ese paisaje que existe antes de que lo extraordinario se desate. De lo que hemos terminado por considerar normalidad, después de tanto tiempo y tanta costumbre.

Porque los seres humanos necesitamos algún nivel de predictibilidad. Después de ver que el chavismo era indiferente a cualquier manifestación de libertad y que pensaba quedarse a la fuerza eternamente en el poder, los ciudadanos se las ingeniaron para lidiar con ese paisaje. Hasta que el 3 de enero alteró la normalidad de los autócratas y dejaron de estar en el poder como les daba la gana.

En Estados Unidos era normal que los presidentes cedieran el gobierno si perdían las elecciones, hasta que llegó Trump e intentó dar un golpe de Estado.

Era normal que los reyes gobernaran sus pueblos por mandato divino, hasta que vino la Revolución Francesa e implantó la primera república modelo de nuestra era.

La normalidad es un paisaje funcional (puede ser opresivo, amoroso, libertario, injusto, pero es funcional) y está sujeto a transformarse cuando un evento o unos actores con alguna motivación ponen en riesgo esa funcionalidad.

Hago esta introducción porque me ha llamado la atención que muchos seguidores de María Corina se han sentido incómodos con quienes fuimos críticos de la expresión de racismo que ocurrió en su concentración (por demás, maravillosa y con un discurso impecable) en la Puerta de Sol, en Madrid.

Las expresiones antichavistas y prolibertad eran lo esperado en un encuentro con María Corina, la máxima exponente y líder del movimiento democrático venezolano, que lleva 27 años luchando por recuperar su democracia.

Pero el grito “fuera mona”, cantado por unos pocos y secundado torpemente por Carlos Baute (la gran lección debe ser que no cualquiera puede estar autorizado a hablar en una concentración cuyo propósito político es tan específico), prendió muchas alarmas.

Hay quienes dijimos, en términos narrativos: esto no es normal, esto no puede ser parte de la normalidad. Muchos adeptos, atrapados en el todo o nada maniqueo al que el chavismo acostumbró a los venezolanos por casi tres décadas, piensan que la crítica ensucia la protesta, la imagen de María Corina (que no secundó los gritos y luego se deslindó explícitamente).

Pero yo veo todo lo contrario: es sumamente luminoso y esperanzador saber que el proyecto de país que tenemos en mente no contempla normalizar expresiones racistas, y mucho menos justificarlas en los miles de improperios que el poder ha vertido sobre los ciudadanos por años.

La normalidad que queremos —y que ahora es extraordinaria— no va de torturar al chavismo porque ellos lo hicieron con nosotros, ni de permitirnos ser racistas y clasistas como venganza. Eso sería simplemente repetir la desgracia de la que venimos.

Y al movimiento democrático del que María Corina Machado es líder no le hace sino bien reconocerlo, sin complejos. El racismo, el clasismo, la aporofobia, el sexismo, la discriminación, no son taras exclusivas de la sociedad venezolana. Podemos reconocerlas sin complejos, pero para trabajar en contra de ellas, de forma tal que la injusticia y el “me da la gana” del poder no sean, una vez más, lo que norme la vida de las mayorías.

En la normalidad del futuro, ser racista debería estar muy mal. Y reconocerlo ahora no es un acto contrario a la democracia ni a María Corina. Todo lo contrario.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.