Paralizados por el miedo

Este texto recorre la historia —de la Europa medieval a la Venezuela actual— para mostrar cómo las sociedades han sido moldeadas, controladas y paralizadas por él. Y por qué, cuando no se desmonta, lo peor no es la represión… sino que nos acostumbremos a ella.

Hace unos cinco años, cuando conté con la hospitalidad de los entrañables amigos Bocaranda en Runrunes, escribí una serie de artículos sobre la influencia del miedo en la evolución de las sociedades a escala universal. Nada nuevo en el campo de la historiografía, sino el sentir de una cercanía relacionada con la sociedad venezolana que podía conducir a efectos catastróficos y que necesitaba atención por sus probables consecuencias. Como parece que no fue vana la presunción, dadas las situaciones que hoy padecemos en la Venezuela posterior al bombardeo imperial, voy a insistir en el asunto.

El tema fue planteado en sus inicios por un importante historiador, Guglielmo Ferrero, quien llegó a afirmar que el miedo fue y es el motor de la Historia. A muchos de sus colegas les pareció una exageración, pero el autor respondió con un ejemplo contundente: la edificación de las ciudades medievales. Esas ciudades, afirmó, demuestran cómo sus habitantes las levantaron debido al pavor que producían los enemigos externos, coraceros y depredadores de toda laya, que los obligaron a juntarse para la salvación de vidas y propiedades. De allí las fortalezas que parecían inexpugnables, los valladares acuáticos en las orillas de las poblaciones, los puentes levadizos, las leyes severas y el control puntilloso de extraños y advenedizos. Sin contar con las prevenciones ante factores como los elementos fantasiosos —dragones y espíritus malignos, por ejemplo— ni con el estremecimiento frente a misterios y oscuridades que poblaban la imaginación de las multitudes y de las altas jerarquías.

Pero no hay que ir tan lejos para seguir la pista del asunto. Recorramos las casi tres décadas tenebrosas del gomecismo para toparnos con el pavor que produjo en la sociedad venezolana la existencia de prisiones horrorosas como La Rotunda, el Castillo de Puerto Cabello y las Tres Torres de Barquisimeto, pocilgas inmundas e imperio de torturadores y malhechores cebados contra los enemigos reales o supuestos de la tiranía. Como no se ocultó entonces la existencia de esos antros de horror —debido a que los verdugos se paseaban por las calles o asistían a veladas en las altas esferas—, y como los legitimadores del régimen, muchos de ellos intelectuales que han pasado a la posteridad como autores de trascendencia, pregonaban que entonces se vivía una “normalidad”, resulta difícil ignorar el vínculo entre el miedo y la permanencia de la tiranía que distingue a una de las etapas más siniestras de la vida venezolana. Si se agregan capítulos de la dictadura de Pérez Jiménez, con Pedro Estrada y sus desalmados de la Seguridad Nacional a la cabeza, encontraremos, sin mirar hacia escenarios exóticos, mayores elementos para conceder fundamento a la asociación entre la evolución de la Historia y el miedo de las sociedades a través del tiempo.

Está suficientemente documentada la existencia de una maquinaria de persecuciones, tormentos y vejámenes establecida durante el régimen de Maduro, en cuya médula reinaba un conjunto de cuerpos represivos encargados de la contención de la sociedad a través de mecanismos inhumanos de avasallamiento. Hablamos de casos que se han ventilado en instancias internacionales, es decir, en espacios libres de sospecha partidista y de manipulación política, que han mostrado la existencia de crímenes de lesa humanidad ejecutados por fuerzas represivas, que aún claman por justicia. Más todavía: la existencia de una molienda manejada por hampones con disfraz policiaco o militar fue uno de los argumentos que manejó el gobierno de los Estados Unidos para buscar la cabeza de Maduro. No solo existía un trapiche tropical de esbirros, afirmaron desde Washington, sino también una mafia armada contra los intereses de una potencia que, aunque parezca inverosímil, sentía estremecimientos frente a los miembros del hamponato local. Fue así como una inusitada operación de fuerza se ejecutó sin disimulo, teniéndolos como pretexto.

Uno de los detalles más sorprendentes del postbombardeo es la amnesia de sus ejecutores sobre la causa que los puso en movimiento. La maquinaria que vino a librarnos de una mafia siniestra no ha hecho nada para sacar del juego a sus capos, aparte de llevarse a Maduro y a su señora esposa. Tal vez por un descuido impensable, por una desidia gigantesca e incomprensible o por un motivo inconfesable desde todo punto de vista, nada de importancia se ha movido en la guarida de los agentes de la represión nacida y engordada en el régimen supuestamente sometido a moderación después de soltar un trío de bombas. El imperio de los torturadores permanece y la amenaza de la represión sigue presente como en el pasado inmediato, aunque no se muestren de entrada o traten de esconder los colmillos y la maldad. Mucho peor: no solo están allí para que los contemplemos como parte del paisaje, lo cual ya es escandaloso, sino también para que los veamos actuar cuando les da la gana contra figuras políticas de oposición o contra simples ciudadanos que se han tomado en serio la versión de que Venezuela vive una transición hacia la democracia.

Con la bendición trumpista, el régimen en cuya cúspide destacan Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello se mantiene, o exhibe una solidez que parece sostenible, por el miedo que produce. Es indiscutible —porque salta a la vista y por la inmovilidad colectiva que origina— la continuidad de la represión impuesta por el mediocre e inhumano sujeto ahora preso en Nueva York. Nada han hecho los patrones imperiales, que se sepa, para acabar o para detener los procedimientos penales y los usos carcelarios de la víspera, caracterizados por una crueldad sin tasa y por una carencia absoluta de escrúpulos. No sé si a Washington le complace la inmovilidad que buscan sus tutelados, impuesta con tortol y colgamientos, gomecismo de pura cepa, pero sus líderes parecen a gusto con el resultado apetecible de la calma chicha.

A lo mejor piensan que el historiador Ferrero tuvo razón cuando escribió sobre la trascendencia del miedo a través del tiempo, aunque solo lo hiciera por el afán de comprender al género humano.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.