
A lo nuestro
Entre la recuperación económica y la presión por la democracia hay un punto de encuentro. No es automático ni garantizado: hay que entenderlo, medirlo y empujarlo. Este texto plantea una idea incómoda pero clave sobre el momento de la transición en Venezuela.
Si nos ponemos a pensar las cosas, digamos, “en abstracto”, se diría que hay un punto de equilibrio en el que el adelanto de la estabilización y la recuperación, si acaso las hay, se encuentra con el que viene adelantando la maduración de la presión democratizadora. En ese punto o momento hay que proceder a la transición democrática.
Tal como ha llegado a estar la situación económica y social del país, es pertinente que se avance un trecho, si es posible, en el camino de la recuperación antes de que llegue el momento del cambio democrático. De lo contrario, quedaría sobre los hombros del nuevo gobierno toda la carga de sacar de abajo una situación que habría llegado a ser catastrófica. No estaría mal que esa carga se hubiera aliviado un tanto, en la medida en que ello sea posible, sin que antes haya un cambio democrático en el país. El diagnóstico generalizado es que ese alivio no podrá ser sino muy limitado mientras el interinato esté en el poder. Pero aun ese limitado alivio puede ser importante para el margen de maniobra de un gobierno democrático, sin dejar de lado lo que pueda significar para la situación de la gente de carne y hueso.
En esta idea de las cosas, vale como alivio todo lo que signifique ir liberando las ataduras a las que ha llegado a estar sujeta la economía venezolana, tal como está ocurriendo con recientes medidas tomadas al respecto por la administración Trump, de modo que la vida económica del país, en cuanto sea posible, vaya absorbiendo desde ya los márgenes de maniobra que así se le ofrecen. En tal sentido, creo que, en una perspectiva democrática, hay que evaluar esas medidas, las cuales, psicológicamente hablando, no pocas veces tienen un sabor ingrato, pues a primera vista parecen favorables al interinato.
Algunas personas temen que las mejorías que en esto o en lo otro obtenga el interinato puedan llevar a un aumento de su respaldo popular y, por esa vía, consolidar su permanencia. Aquí hay que recurrir al abecé de la filosofía de la democracia. Esta se apoya, en último término, en la convicción de que el pueblo, la gente, no es estúpida. Y, en particular, en el caso venezolano, cualquiera tiene a su alcance todos los elementos de juicio para saber que, haya la mejoría que haya por aquí o por allá, Venezuela y su gente no tienen futuro si no hay un cambio político.
Dejando el terreno de las abstracciones, lo importante sería saber cuándo ha llegado ese momento de equilibrio, ese momento en que los dos trayectos se encuentran. Ese aflojamiento de ataduras, siempre reversible, tiene su propia ruta y su propia lógica. Responde a la forma en que el gobierno del Norte ha concebido su plan para Venezuela y, aunque no está en manos de nadie modificar esa dinámica, sí lo está inducir una revisión de sus plazos.
De modo que a lo nuestro. Y lo nuestro es no dejar que la administración Trump aprecie la dinámica en juego a su puro leal saber y entender. Hacerle notar que le corresponde tomar fuerte nota de los anhelos democráticos venezolanos y asumir el criterio del encuentro de las dos dinámicas: la que da sus limitados pasos en la recuperación económica y la que presiona por una recuperación democrática.
Lo nuestro es acercar en el tiempo el punto de encuentro entre lo que de estabilización y recuperación haya hasta allí y el momento en que la exigencia colectiva por la transición sea una petición social lo suficientemente fuerte como para que sea imposible aplazarla sin poner en riesgo todo lo “logrado” en este trecho agrio que ha habido que recorrer, mientras lo que ha de salir pugna por quedarse y lo nuevo prepara su advenimiento.