
Toques sobre el racismo venezolano
Venezuela se construyó sobre una promesa de igualdad que nunca terminó de cumplirse del todo. Desde la colonia hasta la modernidad, las élites han redefinido quién puede gobernar y quién debe obedecer. Este texto recorre esa tensión histórica que sigue marcando el presente.
La hegemonía sobre Venezuela se atribuyó a una parte selecta de sus habitantes durante el período colonial, y se supone que tal dominio de gente blanca y sin lunares dejó de existir debido a la revolución de Independencia. Si uno lee las constituciones y los grandes documentos políticos a partir de 1830, constata que en todos se afirma el derecho de control de la sociedad por la voluntad soberana del pueblo, reafirmada por el paso del tiempo. Pero ha sido así relativamente, o con más pereza que diligencia, si vemos las trabas que el asunto ha tenido a través del tiempo hasta llegar a la desaparición republicana de nuestros días. Ahora se verá una de las razones primordiales de ese asunto.
La pregunta sobre quienes dominaban o debían dominar el territorio de Venezuela y sus negocios tuvo una primera respuesta en la ley canónica de 1687, vigente hasta 1903, cuyo texto estableció que la potestad descansaba en términos de exclusividad en un elenco de personas aptas y confiables por su apego a los derechos del trono y por su fidelidad al catolicismo. El texto se refería a los llamados “padres de familia”, es decir, a los descendientes directos de la primera generación de conquistadores y pobladores destacados. El resto de los seres humanos del territorio, denominados entonces oficialmente “multitud promiscual”, tenía vedada la posibilidad de influir en los asuntos públicos hasta la consumación de los tiempos. No eran aptos para la vida civilizada y debían depender, necesariamente, de los ¨padres de familia¨. La iglesia se refería a los indios, a los negros y a los nacidos de su mezcla.
Bolívar no solo no movió una paja para que semejante clasificación desapareciera, sino que, por el contrario, se desveló por su permanencia. En Angostura pretendió la creación de un Senado Hereditario cuyos miembros se escogerían del seno de los ¨padres de familia¨, y sobran los documentos en los cuales insistió en la necesidad de controlar las pretensiones del pueblo llano, de esa continuación de la “multitud promiscual” que entonces se llamó “pardocracia”. “Estamos sentados en el pico del volcán de la pardocracia y eso produce serios peligros”, escribió a Santander y a otros corresponsales de confianza, todos próceres de la guerra contra España. Todos eran ¨padres de familia¨ por su procedencia del tronco peninsular o porque se habían ganado el título en el campo de batalla. Eran en su mayoría de “buena raza”, y la piel de los pasados de horno era tapada por el uniforme.
Insurgencias como la Guerra Federal, supuestamente realizadas por desarrapados oscuros, pueden transmitir la idea de una superación del asunto. Sin embargo, cortes pomposas como la creada por Guzmán, en la cual se recibía a regañadientes al zambo Crespo y los negros no pasaban del zaguán; o “modelos civilizatorios” como los que proponían La OpiniónNacional y El Cojo Ilustrado, apenas maquillaban una concepción despectiva de la mayoría de la sociedad. No es aventurado asegurar que instrucciones inflexibles como las dispuestas por el Manual deurbanidad de Carreño, biblia criolla de la época y del porvenir, formará parte del problema. ¿Acaso no obligaba a que las gentes del populacho parecieran monos disfrazados a la fuerza?
Este tema de los monos disfrazados a la fuerza llega a su apogeo a partir del octubrismo adeco, ya 1945, cuando los representantes de la antigua “multitud promiscual” no solo se echan a la calle para proponer una vida distinta, sino que, para colmo y escándalo, forman parte de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Pero es un tema que debe tratarse con mayor pausa por su vital trascendencia. Como todo lo que se esbozó antes, desde luego, porque es asunto serio en un país que jura por la igualdad de las razas, por el amor a la humanidad y por la ecuanimidad de sus líderes, pero cuyo recuerdo pareció oportuno debido a que las huestes de la presi encargada le están revolviendo con más superficialidad que juicio, con cien en ignorancia y cero en solvencia.