
El cóctel
Entre economía opaca, tensiones sociales y debates académicos, hay algo que sigue marcando el rumbo. Y no se va a ir solo.
Los términos están claros: sin legitimidad democrática no hay estabilización ni recuperación posibles, más allá de un muy limitado punto. Hasta que no se recupere la legitimidad democrática, este país no se va a quedar tranquilo. No se va a quedar. Con un país inquieto hasta los tuétanos no habrá estabilización. El corcoveo se siente por todas partes, a propósito de los más variados motivos y pretextos. Lo ocurrido con la marcha sindical es un indicio de lo que vamos a seguir viendo si no se inicia una agenda legitimadora.
En el plano estrictamente económico, las cosas están oscurísimas. La población no tiene la menor idea de lo que está pasando con ese dinero que supuestamente estaría entrando por el petróleo venezolano que estaría vendiendo el gobierno norteamericano. ¿Está de verdad entrando ese dinero? ¿Cuánto es? ¿Quién decide para dónde va y cuánto? Versiones, rumores, complicadas explicaciones. ¿Es verdad —como saco medio en limpio de todo lo que se dice— que el Departamento del Tesoro le dice al interinato: “Te doy tanto de lo que vendí para que lo gastes en esto y esto, y lo demás lo guardo por aquí”? En ese caso, ¿lo guardo hasta que hagas tal y tal cosa? ¿Es así de claro y raspao? El que podría explicar es el interinato. Pero hay un problema: da demasiada pena explicar que la cosa es, en verdad, más o menos así, si ese es el caso.
Vamos con la legitimación. Hace poco, un académico de trayectoria respetable, cuya deriva reciente me resulta muy de lamentar, ha escrito un artículo donde pone en cuestión la importancia del tema de la legitimidad. Dice que es un concepto muy controvertido y apunta a que alguna de sus acepciones podría convenir al interinato. Se adhiere el profesor respetable a la definición de un autor norteamericano, Lipset, según la cual la legitimidad es “la capacidad del sistema político para generar en los ciudadanos confianza en sus instituciones”.
Es cierto que, académicamente, el de legitimidad es un concepto controvertido. Pero, dejando el debate entre profesores, otra manera de ver el asunto es que la legitimidad es un concepto situado históricamente, cuyo significado real depende estrechamente de lo que una población concreta considere como legítimo, en tanto producto de su historia y su experiencia. En tal sentido, cuando hablamos de legitimidad, los venezolanos de carne y hueso sabemos muy bien de lo que estamos hablando. Tenemos por detrás una dura historia que nos dice que, hoy por hoy, un gobierno legítimo es un gobierno elegido en unas elecciones creíbles. Para saberlo no necesitamos consultar a Lipset ni al profesor respetable. En la Venezuela en que vivimos, ningún gobierno que no haya sido elegido en unas elecciones es legítimo.
Y si queremos retomar la definición de Lipset, atendiendo a la invocación del profesor respetable, diremos que en este país ningún gobierno no elegido por el pueblo podrá lograr que los ciudadanos crean en sus instituciones. No podrá obtener la confianza popular ni de la sociedad, sean cuales sean sus otras bases de poder —las bombas lacrimógenas, por ejemplo, o la tibieza de los que están “cómodos” tal como están—. Un gobierno que no responde al concepto de legitimidad vigente en la sociedad a la cual pretende gobernar será incapaz de generar confianza alguna.
El concepto de legitimidad vigente en la sociedad venezolana está clavado en la gente. El cóctel del 28J con el 3E es un cóctel fortísimo. No hay manera de sacárselo del cuerpo, y menos si tiene unas goticas de un liderazgo que anda por ahí.