
Fue solo un accidente: vivir como yo quiero vivir
Una historia que comienza con un accidente y termina en una pregunta mucho más profunda. Esta película iraní no solo habla de venganza, sino de lo que nos queda después de vivir bajo el peso del poder. Un espejo incómodo para entender otras realidades… y la nuestra.
El mundo es un sitio amplio, con muchas culturas, creencias, gentes y religiones. Sin embargo, creo que, en términos generales, existen tendencias comunes en la humanidad. Las personas tienden a comportarse de formas similares y, aunque hay que tomar en cuenta las diferencias culturales que rigen estos comportamientos, soy un firme creyente de que no hay brecha cultural lo suficientemente vasta como para no poder cruzarse.
Irán es una cultura y un contexto muy diferentes a Venezuela y, sin embargo, tenemos similitudes. Por poner un ejemplo reciente, tanto Irán como Venezuela son casos relevantes en la política exterior estadounidense en 2026. Pero esa no es la única coincidencia. Una buena herramienta para entender otros paralelismos entre la población iraní y nosotros es la película de 2025 del director iraní Jafar Panahi, Fue solo un accidente, un thriller dramático que explora dilemas morales en torno a la venganza y la memoria :contentReference[oaicite:0]{index=0}.
Una familia maneja por las noches en Irán cuando, accidentalmente, atropella a un perro. Se dirigen a un taller cercano para reparar los daños, y uno de los trabajadores parece fijarse detenidamente en el padre. El filme cambia entonces de perspectiva: pasamos de seguir a la familia a seguir al trabajador.
Entendemos que este trabajador se llama Vahid y que sospecha que el hombre es una figura de su pasado: un torturador del Estado islámico al que llamaban “pata de palo”. En un arranque emocional, Vahid secuestra al supuesto torturador y termina reuniendo a un pequeño grupo de personas que también interactuaron con él en el pasado, provenientes de distintos contextos. Su objetivo es confirmar la identidad del secuestrado y, de ser así, vengarse por el sufrimiento causado.
Así comienza el relato de los dilemas morales del filme.
Fue solo un accidente es una historia profundamente teatral. A pesar de transcurrir en distintos espacios y cambiar de locación con regularidad, el peso recae en el diálogo: intercambios extensos, densos, casi confesionales. La narración se siente como una obra en la que los personajes explican su pasado y cómo ese pasado ha moldeado su forma de entender el presente y de interpretar al supuesto torturador.
Es un esquema clásico, pero efectivo. Permite entender las diferencias entre los personajes y, sobre todo, las tensiones internas que arrastran.
Hay paralelismos evidentes entre la sociedad iraní y nuestras propias experiencias como venezolanos: las interacciones con las fuerzas del Estado, con los cuerpos policiales y, más profundamente, entre los propios ciudadanos. Los gobiernos intentan definir la forma en la que nos relacionamos unos con otros. A veces lo logran.
La pregunta central del filme —más allá de la venganza— es si somos lo suficientemente fuertes como para salirnos de los esquemas que imponen quienes nos gobiernan.
Y esa es una muy buena pregunta.