El “nuevo momento político” en Venezuela

Venezuela atraviesa un momento contradictorio: hay señales de apertura y reorganización política, pero también represión, tortura y un sistema autoritario que sigue intacto. El miedo retrocede, la sociedad se activa y el contraste entre la barbarie y un proyecto de reconstrucción se vuelve cada vez más evidente. El país comienza a subir, aunque todavía desde el subsuelo.

Comencemos por varias cosas que han pasado y están pasando, a modo de aterrizar nuestra insólita situación. Para empezar, no debemos olvidar en ningún momento que el plan trazado por el gobierno de Donald Trump e ideado por Marco Rubio contempla tres fases que comenzaron desde el propio 3 de enero de 2026, cuando el narcotirano y su primera —no tan— combatiente fueron capturados y llevados a una prisión en Nueva York. Estabilización, reconstrucción y transición. Esta última, desde luego, se entiende (y así lo han mencionado los distintos miembros de la administración estadounidense) por un proceso electoral, real y transparente, donde los venezolanos elijan legítima y legalmente a su gobierno. Hacia allá apunta, como es lógico, el liderazgo indiscutible del país, representado por María Corina Machado.

Los claroscuros de la «Normalización»

En medio de esta situación, estamos viendo altibajos reales. Los más “optimistas” dirán que todo es “normal” y “parte del proceso” y los más “pesimistas” dirán que nada ha cambiado realmente. Como de costumbre, hay una zona gris donde suele hallarse la verdad y allí, creo, es donde podemos encontrar algunas respuestas. Los avances palpables son fáciles de encontrar, pues en apenas 100 días hubo reformas en leyes importantísimas como la de Hidrocarburos y, más recientemente, la de Minas.

A eso sumemos que todo el alto mando militar ha sido cambiado, comenzando por el ministro de Defensa que más duró en ese cargo en nuestra historia: Vladimir Padrino López, sustituido por otro criminal de lesa humanidad pero que, a diferencia del primero, es más agradable para Washington que para Moscú. Y allí está el otro gran cambio general: en Miraflores ya no reciben órdenes en ruso, chino o iraní sino en inglés. Lo único que sigue siendo parecido es que el jefe directo nació en Cuba, pero ya no es Miguel Díaz-Canel o Raúl Castro sino el primer secretario de Estado de origen latino: Marco Rubio.

El espejismo económico y la naturaleza del poder

Los cambios económico-políticos están allí. Unos más incipientes y palpables que otros, pero están allí. No en vano se comenzaron a publicar cifras en el Banco Central de Venezuela, pues se quiere acceder a dinero de ese —ya no tan maldito— Fondo Monetario Internacional y también seducir a los inversores que conocen sobre las enormes potencialidades en Venezuela, pero también sus riesgos mientras la barbarie siga allí, en el poder, de facto. Pues hoy, tutelados por Estados Unidos, pueden hablar como si se tratara de Javier Milei, con tono liberal y capitalista, pero todos sabemos que, en el fondo, su sangre es 100% estalinista, destructora, inviable.

También hemos visto a la política volver a hacer política. Se dice, y es una palabra que gusta en estos días, que estamos viendo una pequeña “apertura”. Ciertamente unos 500 presos políticos fueron excarcelados (no todos liberados pues muchos siguen con medidas cautelares ilegales). La mayoría de ellos, por cierto, salieron de los centros de tortura antes de una “ley de amnistía” (así, entre comillas y en minúscula) que ha sido revictimizante y falsa, pues no ha “amnisteado” ni mucho menos ha contribuido a la justicia, a la reparación y a la no repetición. El chavismo sabe mentir, lo sabemos.

Sin embargo, volver a ver a Juan Pablo Guanipa, María Oropeza, Freddy Superlano, Dignora Hernández, Jesús Armas, y muchos inocentes más volver a las calles a recorrer el país, ha sido una gran noticia. Ver a muchos dirigentes, periodistas y defensores de derechos humanos salir de la clandestinidad, también. Ver la organización de los partidos políticos ha sido otra gran señal, como también lo fue la reapertura de la sede nacional de Vente Venezuela, allí en Altamira, Caracas.

Pero, mientras escribo este pequeño análisis, sucede que están torturando a los presos políticos en ese campo de concentración llamado Rodeo 1. Ahora mismo ocurre, y también ayer y, con dolor, debo decir que sigue ocurriendo mientras usted lee estas palabras. Y es que ya ha pasado más de tres meses desde que Jorge Rodríguez anunció “liberaciones masivas” y casi el mismo tiempo desde que Delcy Rodríguez anunció esa —de nuevo, en minúscula y entre comillas— “ley de amistía”, pero todavía quedan otros 500 inocentes secuestrados por la tiranía chavista (y ahora rodriguista) en distintos centros de tortura del país. Varias son mujeres. Una decena son adultos mayores. Muchos son militares. Entre ellos están, también, Héctor Rovaín, Erasmo Bolívar y Luis Molina, los policías metropolitanos que el padre de esta desgracia, Hugo Chávez, mandó a detener. Los presos políticos más antiguos de esta barbarie.

Y aunque la tortura clara es esa, la que ejercen los grupos de tarea a los inocentes en cautiverio, está también la otra, la que genera la emergencia humanitaria compleja (compleja, pues su origen es el diseño político chavista) que sigue condenando a gran parte de la sociedad al hambre, a la falta de servicios públicos, a los hospitales destruidos y las escuelas sin maestros, a la desigualdad extrema entre unos pocos que tienen todo y una mayoría que no tiene casi nada. Esa sociedad está harta, molesta. Esa sociedad, además, se siente burlada y robada, pues el 28 de julio de 2024 votó masivamente por Edmundo González Urrutia y Nicolás Maduro no aceptó esa decisión. Y quien hoy sigue allí, en el poder, es hija de ese robo. Es ilegítima. Y no es la solución para absolutamente nada, aun cuando pueda ser “útil” según los criterios estadounidenses, para completar esas tres fases de las que ya hablamos.

La percepción social: el túnel y la escalera

El 3 de enero, me parece, solo contuvo esa “explosión social” que se estaba gestando incluso en medio del más feroz terrorismo de Estado que haya sufrido Venezuela. La gente vio aquellos helicópteros y luego al buscar por redes sociales vio la imagen del narcotirano esposado y sintió a alivio; pensó que ya lo peor había pasado y que “ahora sí”. Y tal vez no estaban del todo equivocados, pues hoy la luz sí se puede ver al final del túnel, pero meses después de ese gran sábado de enero pareciera que dicho túnel es bastante más extenso de lo que se pensó en principio. Para los venezolanos, por lo visto, las cosas nunca serán fáciles. Ni rápidas. La otra palabra de moda (que odio) pareciera que se creó en un pueblito de nuestro país: resiliencia.

Entonces, ¿estamos mejor o peor? Vuelvo a poner en discrepancia a “optimistas” y “pesimistas”, y pido de antemano disculpas, pero los politólogos somos así de cínicos a veces. Mi respuesta es así: iniciamos este 2026 estacionados en el piso -50 y ahora mismo estamos en el piso -35. Esto es: seguimos en el subsuelo. Estamos mal. Pero “menos mal”. Y se está subiendo en escaleras; unas donde debes ir de dos en dos, con esfuerzo. Y a veces ocurren cosas que nos hace bajar un piso en ascensor.

Así sucedió este jueves 9 de marzo, cuando fue reprimida una movilización de trabajadores en el centro de Caracas, detenidos algunos ciudadanos e incluso amenazados varios periodistas. Todo ello mientras, repito, hay familiares de presos políticos escuchando a los suyos gritar desde Rodeo 1 pidiendo auxilio. Ese mismo día ocurrieron las designaciones del fiscal general de la República y el “defensor del pueblo”; para el primer puesto quedó Larry Devoe, que es tan o más represor que Tarek William Saab, y para el segundo Egleé González Lobato, que es tan o más chavista y vil que su predecesor. ¿Esperábamos algo diferente? No realmente, pero las confirmaciones de estos dos lamentables sujetos solo describen “cambios” gatopardeanos donde el sistema represivo (que en Venezuela incluye a los poderes Ciudadano y Judicial) sigue intacto. Y allí está uno de los principales retos. Y la ciudadanía lo ha asumido incluso sin hacer un “análisis” situacional. Ven que hoy pueden protestar y gritar más, entonces protestan y gritan más. Y saben, también, que la represión se ve bien desde Valle Arriba donde ya trabaja cómodamente la diplomática Laura Dogu.

Desmoronamiento de la narrativa autoritaria

Ahí está la diferencia clave del “momento político” actual. El sistema autoritario sigue existiendo, pero ha perdido cohesión. Ya no tiene el mismo control, ya no proyecta la misma narrativa, ya no impone el mismo miedo. Y, sobre todo, ya no tiene proyecto. Administra el presente, pero no puede construir el futuro. Hoy, además, el contraste entre la tiranía y el liderazgo nacional es más evidente que nunca. De un lado, la kakistocracia chavista, que solo puede ofrecer control social, arbitrariedad jurídica y administración de la miseria. Del otro, un único proyecto articulado de país: Venezuela Tierra de Gracia, planteado por María Corina Machado y su equipo.

Ese contraste es central para entender lo que está ocurriendo. Machado ha llevado ese proyecto a los espacios donde se decide el futuro económico del país. En la conferencia energética CERAWeek, planteó atraer hasta 150.000 millones de dólares de inversión, privatización progresiva del sector, una agencia autónoma y garantías contractuales bajo un Estado de Derecho. Empresas como ExxonMobil ya evalúan el estado de la infraestructura venezolana, pero advierten que la recuperación requerirá enormes inversiones y condiciones estables que hoy no existen. Y el propio diagnóstico es claro: la inversión sostenida depende de gobernanza democrática, seguridad jurídica e instituciones confiables.

Ese es el punto. El capital no fluye hacia la arbitrariedad. El capital fluye hacia reglas claras. No porque necesiten democracia (que, ya sabemos, no siempre es así), sino porque necesitan confianza, seguridad y un gobierno útil: todo lo que no es —ni será— el chavismo. Venezuela necesita inversión masiva, sobre todo en servicios básicos. El sistema eléctrico está pulverizado, la infraestructura petrolera devastada, el sistema de agua destruido, la conectividad rezagada. La reconstrucción requiere decenas —probablemente cientos— de miles de millones de dólares. Nadie va a colocar ese dinero en una estructura política basada en la discrecionalidad y el terror.

La estrategia de Washington y la resistencia interna

Delcy Rodríguez puede ser útil para administrar una fase de estabilización. Puede incluso servir para desmontar partes del propio sistema. Pero nadie con visión estratégica va a apostar el futuro del país a un poder sin legitimidad. Eso lo saben en Washington. Las reuniones recientes de María Corina Machado con Marco Rubio y con Donald Trump no son gestos simbólicos. Forman parte de una definición estratégica. Rubio ha sido explícito: Venezuela necesita una fase de transición seguida de elecciones libres y un gobierno democrático estable para atraer inversión.

Ese planteamiento define el momento. El presente se administra con quienes hoy controlan de facto las instituciones para evitar el caos. El futuro se diseña con el liderazgo que tiene legitimidad popular. El poder chavista atraviesa un proceso silencioso de fragmentación. Los desplazamientos internos son cada vez más visibles (si no me creen, pregúntenle al capitán Cabello). El sistema devora a sus propios aliados económicos. Las tensiones militares emergen. La narrativa revolucionaria desaparece y es sustituida por una estética de normalización.

Pero la estabilidad sin legitimidad tiene límites. Lo que no tiene límites, y este punto es fundamental, es que ni Delcy, ni Jorge, ni mucho menos Diosdado, pretenden “salir del poder”. Nada de lo que hacen o dicen es para abonar ese camino hacia la transición. Ellos buscan ganar tiempo. Esperar a que pasen algunas cosas y no pasen otras. Quedarse en el poder aun cuando casi todo el país desea y necesita lo contrario. Y esto es fundamental, pues se debe entender que, para que ello no ocurra, se debe presionar externa e internamente y que, para ellos, no haya otra opción más que definir formas y acuerdos y luego, a contranatura de su ser, aceptar lo que el pueblo decida en las urnas.

El fin de las imposturas y el mandato social

Este nuevo escenario también ha dejado algo más claro: el mapa político real. Por un lado, la tiranía interina chavista-rodriguista y sus colaboradores. Sectores que buscan prolongar el statu quo, incluso planteando que Delcy Rodríguez complete un mandato ilegal hasta 2030. Por otro, la oposición democrática que representa a la enorme mayoría del país y que tiene un plan de reconstrucción claro. Y como tercer actor (y decisor), el gobierno de Estados Unidos, que trabaja para que la transición ocurra, aunque con tiempos propios.

Las falsas neutralidades desaparecieron. Muchos de quienes se presentaban como “centro”, “sociedad civil” o “moderados” hoy aparecen abiertamente alineados con el statu quo. No quieren elecciones reales. No quieren alternancia. No quieren democracia. Lo único positivo de todo esto es que ese pequeño pero ruidoso grupo, lleno de infames que se escudan bajo disfraces de academia, periodismo, ONG y gremios, quedó completamente retratado. No inciden dentro de la dinámica del país y su labor quedó relegada a intentar confundir a gobiernos y espacios internacionales. Pero tampoco van a lograr eso, porque la mentira de la “neutralidad” quedó destrozada cuando se encendió la luz y, en la habitación, todos ellos estaban abrazados a Delcy Rodríguez, creyendo que “ahora sí” iban a poder “ser gobierno”, sin entender que la tiranía está sobreviviendo un día a la vez. Cuando eso termine —y va a terminar— no solo quedarán en la irrelevancia absoluta, sino también en la memoria colectiva como parte del engranaje que justificó la represión, el secuestro, la tortura, el hambre y el exilio.

Las encuestas reflejan este clima. La percepción de mejora económica disminuye, lo cual es lógico porque la vida cotidiana sigue siendo difícil. Pero al mismo tiempo crece el deseo de elecciones rápidas. Casi dos tercios de los venezolanos quieren comicios en 2026 y cerca de ocho de cada diez no están dispuestos a esperar más allá de mediados de 2027. Ese dato es central. La capacidad de espera social es limitada. Es el umbral del dolor permitido. Y el tratamiento solo funcionará si el origen de ese dolor llega a su fin. Y el origen es el chavismo, tenga el apellido que tenga. Venezuela es un hervidero contenido. El aparato de terror no ha sido desmantelado, pero su capacidad disuasiva ha disminuido. Y cuando el miedo retrocede, la sociedad avanza.

Una ¿transición gradual?

La transición no será lineal. No será inmediata. Será acumulativa. Gradual. Silenciosa. Pero para que realmente ocurra se requiere tutela interna. No basta con la presión internacional. La sociedad debe exigir:

  • Liberación total de presos políticos.
  • Desmantelamiento del aparato represivo.
  • Cierre de centros de tortura.
  • Derogación de leyes represoras.
  • Fin de la censura.
  • Reapertura del registro electoral.
  • Reforma del sistema electoral.
  • Levantamiento de inhabilitaciones ilegales.
  • Cronograma claro de elecciones libres.
  • Elecciones libres y democráticas.

Hay un factor que puede y debe acelerar todo: el retorno de María Corina Machado a Venezuela. Su regreso reorganizaría el territorio político, consolidaría el movimiento social y aumentaría la presión interna. Su figura hoy representa algo más que liderazgo opositor. Representa la posibilidad concreta de reconstrucción. Este 18 de abril visitará a la comunidad venezolana en Madrid y, sin duda alguna, aquello será tan —o más— apoteósico que la concentración en Santiago de Chile. En efecto, no hay un solo dirigente venezolano que pueda juntar a tantos ciudadanos (incluso dentro del país) como ella logra juntar incluso fuera del país. Y esto no es menor, pues no se trata de idealismos ni personalismos (que siempre he rechazado y siempre rechazaré); se trata de la voluntad de la gente, que hoy ve en nuestra Nobel de la Paz el único vehículo claro para conquistar el objetivo irrefutable: la libertad.

Venezuela no está aún en democracia. Falta mucho. Pero tampoco está en el mismo punto. El sistema perdió cohesión. La sociedad se organiza. Existe un proyecto de país. La comunidad internacional identifica al interlocutor para la reconstrucción. Y de eso va este “nuevo momento político” que solo servirá si termina siendo realmente nuevo: una nueva República, ni de quinta ni de cuarta, sino de primera. Un país libre, democrático, próspero, con los venezolanos pensando en construir y no en huir. Con reglas claras. Con Estado de Derecho. Con futuro. En ese país la barbarie será pasado y el porvenir será extraordinario. Hay que llegar primero a la planta baja. Y hay que hacerlo juntos. Sin olvidar a quiénes tenemos frente a nosotros, sin olvidar los crímenes de lesa humanidad, sin olvidar que solo la libertad es el camino.

Esta vez, el país entero está empujando hacia arriba. Pero todavía falta mucho.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.