El chantaje del caos

El “caos” fue el argumento central para frenar una transición inmediata. Pero el caos nunca llegó. Este artículo examina qué significaba realmente esa amenaza, cómo funcionó como chantaje político y por qué la estabilidad actual sigue siendo frágil mientras persista la capacidad de violencia fuera del Estado.

Los demócratas venezolanos hemos aceptado la tesis del gobierno estadounidense de que una instalación inmediata de un gobierno con Edmundo González Urrutia era una operación muy llena de riesgos. Se sintetizaron estos en una palabra temible: el caos.

En el Norte se pusieron los casos de Haití e Irak como ejemplos de lo que podría pasar. Y aunque a muchos nos ardió la cosa, un razonamiento más sereno nos ha llevado, digo yo, a aceptar que, sin que fueran convincentes los ejemplos aducidos, sí era posiblemente cierto que la instalación del gobierno electo en julio de 2024 no parecía dotada de viabilidad.

Tuvo lugar el 3 de enero. Han pasado tres meses y no ha habido ni caos ni inestabilidad. Las cosas han seguido más o menos tan malas como estaban, pero caos no ha habido, ni en versión haitiana, ni iraquí, ni vernácula.

En realidad, lo que se dio en llamar caos era, o hubiera sido, una cosa muy concreta, muy de aquí. No era un vandalaje generalizado, con incendios y todo eso, como el que se ha visto en Haití. Era algo más preciso: la amenaza y la realización de actos violentos por parte de los grupos armados bajo control del gobierno de Maduro, o de personeros de ese gobierno. No era en realidad caos, sino simple violencia, con capacidad de aterrorizar, eso sí, a una población que no andaba saqueando ni quemando.

¿Cómo hubieran sido en concreto tales actos de violencia? ¿Motorizados disparando a lo loco o no tan a lo loco? ¿Una operación tun tun enloquecida? No lo sabemos, pues no tuvieron ocasión de hacerse manifiestos. Pero la posibilidad y la amenaza tenían fundamentos, pues tales grupos violentos existían y habían demostrado de lo que son capaces.

Es por ello que podemos hablar de un chantaje, respaldado por una amenaza creíble, que no fue necesario que nadie verbalizara, pero que todo el mundo sabía que estaba allí: si traen a González Urrutia, sacamos nuestra gente armada a la calle a hacer quién sabe qué, y a nuestros organismos del terror a perseguir gente, y nadie los va a parar.

Han pasado tres meses sin mayores eventos y hasta ha habido manifestaciones y actos políticos que no han sido agredidos. Sus banderas han sido principalmente presos políticos y salarios, por lo cual se puede considerar que no tienen un carácter político fuerte, lo cual facilita que se las permita. Pero el chantaje implícitamente se mantiene, pues se mantiene su fuente real: los grupos armados capaces de ejercer violencia.

Mientras eso siga siendo así, cualquier estabilización de la que pueda hablarse será una estabilización incompleta, superficial, chucuta, aparente.

La estabilización tiene muchas facetas, pero hay una que tiene la clave de todas las demás y sin la cual las demás son secundarias: acabar con la capacidad que hoy tienen grupos armados de ejercer la violencia fuera de todo marco institucional y en forma violatoria de derechos humanos.

Es el paso más difícil, pues puede implicar el enfrentamiento con personas muy poderosas. Esto lleva a un punto delicado. Las fuerzas democráticas se han quejado, a la vista de ciertos cambios y remociones, de que tales medidas en realidad no han cambiado nada, pues los que vienen a reemplazar a los que salen traen consigo una trayectoria negativa equivalente a la de sus predecesores. Posiblemente es así.

En verdad, y para ser realistas, en el corto plazo solo gente con esas trayectorias puede ser nombrada por las autoridades interinas como reemplazo de personas poderosas. Pero, respecto al tema que estamos tratando y dadas las circunstancias, lo que en verdad importa es que tales sucesores tengan la capacidad y la disposición de desmontar lo que hay que desmontar. Y solo personas con esas trayectorias pueden tener tal capacidad y disposición, y además las de enfrentar la reacción de los desplazados y “desmontados”.

El que tengan esa disposición, o el que, obligados por presiones externas, tengan que proceder como si la tuvieran, son preguntas cuya respuesta solo el acontecer puede revelar. Pero en todo caso no estaría de más que tales personajes tuvieran en cuenta que, a todos los efectos, acabar con el chantaje del caos no es, no sería, un mérito menor.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.