
¿Para quién trabaja el tiempo?
El tiempo no garantiza ningún desenlace político. Aunque el corto plazo favoreció la continuidad del interinato, el paso de los días aumenta las exigencias, los costos y las aperturas que pueden abrir espacio a una transición democrática. El cambio no vendrá solo: dependerá de cómo las fuerzas políticas utilicen el tiempo.
Los analistas y comentaristas de la política venezolana dan por sentado que el paso del tiempo juega a favor del interinato. Ya es casi un axioma.
Por mi parte, creo que, en política, en principio, el tiempo por sí mismo no juega a favor de ningún actor. Todo depende de las circunstancias muy concretas de cada situación. Y, sobre todo, depende de lo que cada actor haga en ese tiempo que transcurre. Tanto más si, por diseño y como es nuestro caso, siempre ha estado previsto un compás para que la situación en cuestión madure, de forma que se produzca el resultado deseado. Los venezolanos hubimos de tomar nota, desde un principio, de que el desenlace de la situación que arrancó desde el 3 de enero se iba a llevar un plazo y que así se había diseñado todo por parte del gobierno —el estadounidense— que tenía el dominio de los acontecimientos.
El esquema mental que subyace a la idea de que el paso del tiempo favorece al interinato es más o menos así: a medida que pasen los días, las perspectivas de las inversiones petroleras mejoren y la situación económica se vea más favorable, la permanencia de la autoridad interina se va a convertir en una opción atractiva para los gobernantes del Norte. Van ellos a calibrar el hecho de que ya han obtenido sus propósitos económicos y que lo de un cambio político en Venezuela es un lío al que lo mejor es no dar lugar, sobre todo si las autoridades interinas han dado muestras convincentes de la docilidad necesaria en los asuntos que importan, es decir, los económicos y, más en concreto aún, los petroleros.
Dejemos por hoy de lado las graves fallas de esta visión de las cosas. Porque hay otra manera de plantear el tema, a cuya exposición prefiero dedicar estas líneas. Conduce ella a la conclusión de que el asunto de para quién trabaja el tiempo puede ser al revés de lo que muchos piensan. Veamos.
En el corto plazo, el tiempo trabajó a favor del interinato. No había en verdad manera de que se instalara en Venezuela un gobierno democrático en el corto tiempo, y todavía ese compás está vigente. En el corto plazo tenía, y aún tiene, ventaja lo que supusiera cierta continuidad como forma de lograr estabilidad después del tremendo trancazo que significó el 3 de enero. Era, y aún es, el tiempo corto el que trabaja a favor del interinato.
El objetivo de las autoridades interinas es lograr que esa ventaja inicial se mantenga, dando muestras constantes de docilidad. Muestras que no solo han de ser constantes sino, además, crecientes. Hay que suponer mucha ingenuidad de parte del gobierno norteamericano para que una obediencia a todas luces obligada lo lleve a pensar que esa es su mejor opción, precisamente en el largo plazo. Las afirmaciones de Trump sobre su complacencia con la conducta de las autoridades interinas tienen un claro sentido táctico. Cualquiera en la Casa Blanca sabe, por ejemplo, que la apuesta del interinato es que a Trump se le enrede el juego “allá”, para zafarse poco a poco de esta posición sumisa a la que está obligado, mientras le llega un mejor momento. De modo que, y en el mismo sentido, a medida que pasan los días las autoridades provisionales están forzadas a dar muestras de obediencia para ellas cada vez más costosas: desmontaje de los cuerpos armados, desmontaje de las alianzas internacionales, desmontaje del aparato institucional al servicio de la represión. Si no, el pacto —implícito o explícito— que llevó a reemplazar a Maduro por el interinato deja de funcionar. Si esos pasos cada vez más costosos no se cumplen, no se satisfará ni siquiera lo que muchos suponen —muy simplistamente, creo yo— que es el interés verdadero de EE. UU. en todo esto: el económico. Con grupos armados, con Irán por ahí, con un TSJ como ese no hay manera. Ya lo dijo la Exxon. De modo que, en el fondo y desde esta perspectiva, el paso del tiempo les pone las cosas cada vez más difíciles a quienes ocupan Miraflores.
Pero, a medida que el paso del tiempo le pone pruebas más costosas al interinato y este, aunque arrastrando los pies, tiene que ir por esa ruta, ello mismo amplía las posibilidades internas de la política democrática. A medida que esta se logra, que las aperturas políticas mal que bien van teniendo lugar, que el corto plazo va quedando atrás y se abren los horizontes del mediano y largo, el trabajo del tiempo cambia de signo. Todo tiene su tiempo. “Démosle tiempo al tiempo, que el tiempo tiempo nos da”, dice el dicho completo.
No se quiere decir, por supuesto, que mientras más tiempo pase, mejor para el cambio democrático, ad infinitum. Todo tiene sus límites. Lo que se quiere decir es que ha de pasar el tiempo que haya de pasar. El interinato tiene aún unas etapas que quemar. Forman parte de la tarea que tiene encomendada. Tratará de alargar el tiempo que le lleve hacerlo, pensando que este trabaja a su favor. En realidad, a lo que está apostando es a que el corto plazo se prolongue. Un día más en Miraflores: eso es lo que cuenta, día tras día.
Ya es cosa de las fuerzas democráticas hacer que el tiempo que pasa, mientras el interinato trata de jugar con él, sea —al contrario— un factor que favorezca una reinstauración estable de la democracia en Venezuela. Porque lo que sí parece claro es que para que el tiempo trabaje a tu favor, tienes que trabajar en ello, porque de por sí el tiempo es más bien holgazán.