
Fabrizio Romano o cómo los influencers no son periodistas
El caso de Romano abre un debate más amplio: si el periodismo está siendo reemplazado por la lógica del influencer.
“Here we go!”, al escuchar esta frase en la voz del insider italiano, Fabrizio Romano, significa que algo en el mundo del fútbol se está cocinando o ya se cocinó.
El napolitano de 33 años nunca se ha equivocado cuando anuncia un movimiento en el siempre caótico mercado de fichajes del fútbol europeo. Es la fuente más confiable y la mayoría de los medios deportivos a nivel mundial se guían por los anuncios que hace.
No se puede negar que Romano es una de las mayores estrellas del periodismo deportivo actual. Sus exclusivas lo respaldan, al igual que sus más de 100 millones de seguidores en todas las redes sociales.
Pero hay varios detalles que no cuajan del todo en su rompecabezas. El primero, y quizás el más importante, es que se vende como un periodista sin serlo. “No soy una estrella. Soy un periodista, y un periodista es un intermediario”. Ni periodista, ni intermediario. Romano quiere ser el centro de todo.
En su texto “HERE WE GO!”: the lowdown on “football journalist”, Fabrizio Romano, publicado en la plataforma de periodismo independiente Substack.com, el periodista inglés Nick Harris relata una historia de los primeros pininos de Romano.
“Cuando Romano tenía 18 años, trabajaba en el portal FCInternews, una web independiente del equipo de fútbol del cual es seguidor, el Inter de Milán. De acuerdo a uno de sus colegas de ese momento, Romano ‘consiguió’ una entrevista exclusiva con una estrella del equipo… excepto que no fue cierto. Romano fue víctima de un ‘catfish’ y ‘realizó’ la entrevista con una persona que lo engañó y que pretendió ser el jugador estrella. Cuando la nota fue publicada, tanto el equipo como el jugador declararon que nunca hablaron con Romano, pero Romano siempre insistió en que había hecho la entrevista”.
Eso habla de su carácter. Un error lo comete cualquiera, más aún cuando se está empezando en la carrera de periodismo (yo de eso se bastante), pero el no reconocerlo y, por el contrario, tener la soberbia para defender una entrevista que no fue real, deja una sombra en lo que a la ética se refiere.
Sombra que se ha vuelto muy larga. Recientemente se viralizó un video del propio Romano donde hace publicidad de las virtudes de Arabia Saudita y como el país es un adalid en lo que a los derechos humanos se refiere. Obviamente, el italiano ignoró las múltiples violaciones de los mismos derechos que esa nación ha cometido y también ignoró el asesinato del periodista y crítico del gobierno saudí, Jamal Khashoggi, en el consulado del país árabe en Turquía por ordenes del príncipe y líder de esa nación, Mohammed Bin Salman.
Es lógico que no conviene morder la mano que nos da de comer ni criticar a quien nos paga. Y Romano debe haber recibido un pago sustancioso por parte de Arabia Saudita por la publicidad que está haciendo. Todo esto deja bastante en entredicho su ética como “periodista”.
La realidad es que Fabrizio no tiene el rigor ni la ética que un comunicador serio debe tener, pero sí cuenta con una masiva legión de seguidores, que no creo sean capaces de cancelarlo. El italiano de periodista tiene poco y de influencer tiene mucho.
Es terrible pensar que esa puede llegar a ser una evolución natural de la profesión del periodismo. Menos profesionales serios y, por el contrario, más charlatanes.
Sería catastrófico que esa premonición se volviera una realidad.