El silencio de los inocentes

Entre memoria histórica, violencia política y resistencia ciudadana, el texto recuerda que el 28 de julio de 2024 millones de venezolanos alzaron la voz para romper el silencio impuesto por el poder y reafirmar su derecho a la libertad, la verdad y la dignidad.

Viene a mi encuentro el título de esta película, muy famosa en la década de los noventa. La trama discurre entre crímenes atroces, ejemplarizantes, descarnados, que buscan apagar a la persona, eliminarla, producir su silencio. Dejar clara la huella del asesinato intencional, que no quede duda de que ha muerto un inocente.

El personaje principal, el asesino Buffalo Bill, opera desde una psicología distorsionada que solo podrá ser entendida por una de igual naturaleza. Por eso se entrevista a Hannibal Lecter, un psiquiatra forense, asesino en serie y caníbal. La racionalidad psicopática y el asesinato atroz solo pueden comprenderse desde una razón similar, capaz de pensar cómo opera, desde dónde actúa y cuáles son las líneas que lo mueven. Entenderlo desde su razón y su sentido existencial para poder contenerlo, tener claro el punto de partida y el móvil; por esa razón el FBI entrevista y recurre a uno igual.

Pero para detenerlo no basta entenderlo: tiene que producirse la acción que lleve a la contención. Por eso Lecter no basta; debe existir un órgano que garantice la justicia. El mal tiene límites, y para encontrarlos hay que penetrar en su sentido. Hannibal Lecter es tan cruel como el asesino que se busca; solo él podrá hilar la secuencia de actos que lleve a encontrar al asesino de referencia y frenar el mal que produce.

El inocente calla; los muertos no hablan. La voz resulta molesta para el asesino, porque esta es vida, pensamiento, libertad, decisión. Que el otro exista, en su distinción y con capacidad plena de decidir, de hacer historia, de luchar, son las condiciones que el asesino erradica. Por eso mata: produce el silencio de los inocentes y los desidentifica al arrebatarles la piel. Sin piel no hay identidad.

Esta breve referencia a la película, su narrativa, su simbolización, su significado, sus personajes, el sentido del mal y de la eliminación de la persona, la producción del silencio, me conduce a pensar en sistemas reales, históricos, de dominación basados en la eliminación. Me lleva a pensar en el régimen nazi, en el comunismo de Stalin o Lenin. Me lleva a pensar en el totalitarismo.

Pienso en los millones de muertos que ubica Stéphane Courtois en El libro negro del comunismo: los 20 millones de la URSS por guerra y hambre; los 65 millones de China por la revolución cultural; el millón de muertos de Vietnam; los dos millones de Corea del Norte; en fin, más de 100 millones de muertos en la implementación e historia de sistemas de dominación totalitaria.

Necesariamente hay que pensar al asesino desde la lógica que lo conduce a actuar. Solo si conocemos el mal desde dentro podremos defendernos de él. Llegará el momento de presentar los crímenes del totalitarismo en curso, la historia en pleno devenir. Ya salen datos: inocentes silenciados, vidas apagadas y libertades secuestradas en un país llamado Venezuela.

La noche del 28 de julio de 2024, noche de la elección que decidió poner fin al régimen, es asesinado un joven en una zona X de Caracas. La madre, entre el llanto y la desesperación, grita: “¿Qué más me van a quitar?”.

Nos arrebataron la libertad, la vida, la voz; nos obligaron al silencio, a callar para que solo se escuche la mentira: su mentira, su impostura, su banalidad, su espectáculo. Ante el arrebato electoral, durante todo el año 2025 impusieron celebraciones que no respondían al pulso real del país.

Sin embargo, el régimen montó sus fiestas en el populoso Petare, a pocos metros de dos hospitales hundidos en la pobreza más absoluta, donde la gente muere por falta de atención y de insumos médicos. Se derrocharon recursos para sostener una ficción, mientras la verdad —vívida y sufrida— sigue siendo otra: morir esperando un turno en quirófano o morir por no conseguir un antibiótico.

Nuestra gente en las comunidades pobres ha resistido en silencio después de haber hecho una de las más grandes hazañas de los últimos 30 años: ganar unas elecciones (con las reglas del régimen) y demostrarlo en una participación inédita que no fue solo asistir y votar, sino ser garantes, artífices, protectores y organizadores de este proceso junto a María Corina y Edmundo González.

El silencio de los inocentes es una expresión que encaja perfectamente y define los sistemas totalitarios. Para estos regímenes toda la sociedad está bajo sospecha: debe ser eliminada, quitar la piel a unos cuantos para que aprendan y obedezcan al que tiene capacidad de fuego y potestad de silenciar a los inocentes, a todo aquel que se atreva a pensar por sí mismo o que haya tenido la “osadía” de votar fuera de las imposiciones del sistema. No está permitido pensar, ni hablar, ni tener voz propia.

La verdad del 28 de julio de 2024 es como la verdad del Evangelio: libera, coloca las cosas en su justa dimensión. Posibilitó el grito de los inocentes al decir: “no quiero bonos, ni CLAP, ni dominación, ni obedecerte, ni someterme…”. Todas expresiones de la gente, porque lo que se pronunció fue un enorme deseo de libertad, justicia, la búsqueda de un camino de liberación.

Pesa en la gente, por la importancia y la valía que tiene, la familia, la relación afectiva, el deseo del reencuentro, el ágape de la convivencia que ha roto el régimen. El chavismo ha puesto en peligro esos significados esenciales de la cultura; ha pretendido silenciarlos, eliminarlos. Pero la gente, en una sociedad profundamente democrática, encontró un camino para reconstruir las rupturas impuestas, verter el vino nuevo en odres igualmente nuevos, dejando atrás este sistema corrupto que ha hecho tanto daño a la comunidad, a la cultura, a la familia y a la persona.

Estamos en una sociedad democrática en medio de un sistema de dominación totalitario. Por eso es tan importante el triunfo del 28 de julio de 2024:
¡ganó la verdad!
¡ganó la voz!
¡se rompió el silencio!

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.