Los venezolanos no bailamos en las instalaciones petroleras

Cuando la ciudadanía no participa en su propia riqueza, la nación se vuelve espectadora de sí misma.

El espectáculo de Bad Bunny (Benito Antonio Martínez Ocasio, Vega Baja, Puerto Rico, marzo de 1994) en el medio tiempo del Super Bowl LX, este domingo 8 de febrero en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, empieza con una inmersión en un cañaveral. La cámara se hunde en ese mar vegetal donde trabajan centenares de personas y, en un instante, casi sin advertirlo, la espesura se vuelve escenario. Allí transcurre todo el espectáculo, el primero en encabezar un medio tiempo mayoritariamente en español, ante una audiencia que superó los 128 millones de espectadores y provocó ecos de orgullo, resistencia y afirmación de identidad para las comunidades hispanas en todo el mundo.

Durante esos quince minutos, el espectáculo más visto de Estados Unidos quedó cubierto por el cultivo que, desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, estructuró la vida económica de Puerto Rico, Cuba, República Dominicana y otras islas del Caribe. La caña organizó territorio, propiedad y trabajo. Orientó la producción hacia el mercado estadounidense y, de paso, concentró la riqueza en pocas manos.

Pueblo que se confía a un solo producto se suicida

Tan fundamental llegó a ser esa siembra en Cuba que, durante la primera mitad del siglo pasado, circuló entre hacendados y empresarios la consigna «sin azúcar no hay país», atribuida a José Manuel Casanova. La frase resumía una convicción económica y una forma de imaginar la nación atada a un solo producto. Cuando la producción cayó y numerosos ingenios fueron clausurados por decisión de Fidel Castro a comienzos de los años 2000, aquella seguridad quedó como recuerdo de una estructura que había perdido su sostén. La confirmación fue nefasta: se acabó el azúcar, se acabó el país.

Ya antes, en 1826, Andrés Bello había publicado su Silva a la agricultura de la zona tórrida. En este poema se despliega el trópico como sucesión de cultivos —caña, añil, banano, maíz, café, cacao, yuca— que constituyen la riqueza visible del continente. La producción ocupa la superficie fértil y sostiene comunidad. Casi un siglo después, en 1921, el zacatecano Ramón López Velarde escribió, en su poema La suave patria, “Patria: tu superficie es el maíz”, verso de una belleza que no necesita adornos.

Escrito con motivo del centenario de la consumación de la Independencia de México, el poema contiene esa línea que vincula al país con su materia más inmediata, puesto que liga la nación al suelo sembrado y al alimento cotidiano. En ella se perfila una idea de nación arraigada en la tierra cultivada y en la comunidad que la trabaja, y se presenta al maíz como piel de una patria que se puede asir, sentir y comer.

Hay algo profundamente político en esa imagen. Cuando la economía forma parte del paisaje, la relación entre territorio y comunidad es directa. El sustento está al sol. Se pisa. Se trabaja. Se reconoce.

Esas economías a la vista

El cañaveral que Bad Bunny llevó al estadio activa esa tradición de economías inscritas en el paisaje. La caña conlleva trabajo extenuante, migración, jerarquía social, así como música y memoria. También ha sido refugio. Los cañaverales sirvieron de escondite a los cimarrones que buscaban libertad. Bad Bunny usa esa imagen para evocar libertad, fiesta y una identidad que no se avergüenza de sus raíces rurales, por más pop que sea el show. Un mismo elemento, el cañaveral, pasa de ser advertencia económica de Martí y dulce piel de la patria en López Velarde a arena de rebeldía del género urbano.

Al poner un cultivo de caña de azúcar en medio de un estadio gigante en Estados Unidos, Martínez Ocasio obliga al mundo a mirar el origen agrícola y sufrido del Caribe, pero ahora desde una posición de poder y éxito global. En la estela de Celia Cruz, quien convirtió la palabra “azúcar” en mantra dionisíaco, grito festivo y afirmación cultural.

La escena del estadio mostraba una comunidad inmersa en su recurso: cuerpos dentro del cultivo, economía y paisaje confundidos. Incluso el poema ínfimo de Nicolás Guillén, con su tono panfletario, sitúa a los sujetos en relación directa con la caña: “El negro junto al cañaveral / El yanqui sobre el cañaveral / La tierra bajo el cañaveral”. La disputa se libra en un espacio visible, compartido.

Recinto cerrado y ajenidad

En los días en que el video de Bad Bunny recorría su ruta viral, llegó a Caracas Chris Wright, secretario de Energía de Estados Unidos, en visita oficial. El miércoles 11 de febrero fue recibido en Miraflores por Delcy Rodríguez, con quien recorrió instalaciones petroleras de la Faja Petrolífera del Orinoco, incluidos campos operados por Chevron en asociación con PDVSA. La visita se inscribe en el marco de nuevas licencias, flexibilizaciones y ajustes jurídicos orientados a elevar la producción y reactivar la industria que ha sido el principal motor económico del país durante más de un siglo.

Las fotografías de Wright, responsable del comportamiento del mercado petrolero y de las relaciones internacionales de Estados Unidos en ese campo, junto a la interina, muestran un espacio industrial cercado: cascos, chalecos, perímetros. Un territorio al que se accede con autorización y bajo protocolo.

La experiencia venezolana transcurre en ese registro material. El petróleo se extrae de la profundidad, circula por redes técnicas y se administra en oficinas, contratos y mesas de negociación. Se anuncia en cifras y se certifica en comunicados, ahora primero en inglés. Su manejo ocurre en ámbitos restringidos y, ahora, en un palacio con alfombra roja. Quizá por eso nadie cantaría una guaracha gritando ¡Petróleo!

Lo que se decide allí compromete el destino colectivo. Sin embargo, la mayoría de los venezolanos no pisa ese territorio ni participa de esas deliberaciones. Desde luego, no podría hacerlo. La industria petrolera exige protocolos técnicos y de seguridad que delimitan su espacio operativo.

No es una cuestión de acceso físico. El punto decisivo está en el lugar político que ocupa la ciudadanía frente a esas decisiones. La relación con la riqueza que sostiene a Venezuela se ha ido desplazando hacia la mera contemplación. El petróleo no forma parte del paisaje común ni del trabajo cotidiano de la mayoría. Sus decisiones se toman en ámbitos cerrados donde intervienen técnicos, funcionarios y actores extranjeros.

La ciudadanía no participa en esas deliberaciones ni incide en sus términos. El recurso que determina el destino material del país se mueve en un circuito ajeno. La mayoría de los venezolanos queda al margen de su manejo y de las decisiones que lo orientan. Recibe anuncios, observa encuentros, lee cifras. Esa ajenidad vuelve a la nación espectadora de su propia economía. Aquí no se bebe.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.