Juan Pablo Guanipa y la represión que desestabiliza

La transición solo será posible si el país deja de ser tratado como un espectador y se asume como el actor principal. La estabilización solo es viable si es democrática. Todo lo demás es, simplemente, administrar el conflicto.

El régimen encabezado por Delcy Rodríguez excarceló a Juan Pablo Guanipa el 8 de febrero. Tras más de nueve meses de prisión, Juan Pablo recuperó la libertad y, en su primera declaración pública, agradeció el respaldo del país y reafirmó su compromiso de seguir trabajando “siempre con la verdad por delante”. No fue una frase de circunstancia. Fue una definición política. En Venezuela, decir la verdad es un acto heroico. Y hacerlo de frente, es una forma de resistencia.

Juan Pablo hizo de inmediato lo que el poder autoritario más teme: activar al país. Visitó a quienes permanecen en vigilia permanente frente a los centros de tortura y dio entrevistas que buscaron restituir una voz colectiva. Su testimonio fue político. Recordó que la represión no ha logrado su objetivo central: silenciar a la sociedad.

La respuesta del régimen fue previsible. Lo que comenzó como una jornada pacífica terminó en represión. Cerca de las once de la noche, hombres armados no identificados lo secuestraron nuevamente. El Ministerio Público apareció después, cumpliendo su rutina ya conocida: primero el abuso, luego el expediente. En esto no hay transición ni cambio posible mientras la arbitrariedad siga siendo política de Estado.

Estos hechos permiten extraer tres ideas que pueden ayudar a entender el momento actual.

Primero: el país existe. Lo que parece una obviedad es, en realidad, una novedad política. La transición hacia la democracia no será posible sin la incorporación activa del querer de los venezolanos. El país no es un cuerpo inerte ni una sociedad anestesiada. Venezuela es un organismo vivo, atravesado por una pulsión persistente de libertad.

Por eso el testimonio de Juan Pablo -y el de todos los excarcelados- es tan relevante. Al régimen le mostró los límites de su capacidad de sometimiento: la cárcel no logró quebrarlos. Estuvieron tras las rejas, pero no perdieron la conciencia ni la dignidad. Y a Estados Unidos, nuestro principal aliado, le recordó algo esencial: los venezolanos no somos espectadores de este proceso; queremos ser y somos actores.

Segundo: la represión es caos. La dictadura de Delcy Rodríguez enfrenta una contradicción estructural que ya no logra disimular. Intenta ofrecer señales de “normalización” hacia afuera mientras conserva intacto el aparato de terror hacia adentro. Ese equilibrio es insostenible.

Las excarcelaciones lo evidencian. Ocurren, sí, pero de manera selectiva, opaca y sin desmontar los mecanismos de persecución. Son gestos tácticos, no decisiones estratégicas. Alivian casos individuales, pero no corrigen la raíz del problema.

Mientras el aparato represivo siga funcionando y se proponga una Ley de Amnistía desconectada de las demandas reales de la sociedad venezolana, no habrá estabilidad posible. Lo que habrá es tensión acumulada. Y esa tensión, el régimen solo sabe administrarla con más represión. El resultado es un círculo vicioso: más represión genera más inestabilidad, y más inestabilidad obliga a nuevos gestos cosméticos hacia el exterior.

Así, Delcy Rodríguez no solo profundiza el conflicto interno; también erosiona su relación con la administración Trump y obliga a ajustes urgentes si pretende sostener cualquier proceso político creíble.

Tercero: la voz ciudadana no es el problema. En contextos autoritarios, el miedo suele producir una tentación peligrosa: la del silencio “responsable”, la del ciudadano “bien portado” que no incomoda para no desestabilizar. Esa lógica no es prudente; es funcional al poder.

Conviene decirlo sin ambigüedades: la participación de los venezolanos no desestabiliza; lo que desestabiliza es la represión. La legitimidad del movimiento democrático nace del querer popular. Por eso la dictadura y sus operadores -los alacranes de siempre- temen tanto a la expresión ciudadana.

La discusión real no es si la gente debe participar, sino cómo impedir que la estabilización se convierta en una forma elegante de autoritarismo. La respuesta pasa por dos claves.

La primera es ordenar y proteger la participación, creando espacios seguros, graduales y acumulativos. No se trata de contener al país, sino de garantizar condiciones. A menor represión, menor caos. A mayor represión, mayor desorden. No es una consigna: es una relación causal.

La segunda es ofrecer certezas políticas reales. La estabilidad no surge del silencio, sino de la claridad. Cuando la sociedad conoce la ruta, cuando entiende hacia dónde se va y cuáles son las reglas del juego, disminuye la incertidumbre y aumenta la gobernabilidad. De allí la urgencia de una ruta constitucional clara, que habilite la participación ciudadana y permita acompasar estabilidad y democracia sin sacrificar ninguna.

Para cerrar, una afirmación necesaria: hay motivos para la esperanza, pero no para la ingenuidad. El testimonio de Juan Pablo Guanipa y de todos los liberados nos recuerda que Venezuela sigue en pie. El país existe. Y no va a aceptar quedar al margen de este proceso, por complejo y contradictorio que sea, de cambio político. La estabilización solo será viable si es democrática. Todo lo demás es administración del conflicto.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.