
La última trinchera del chavismo
La transición será real solo cuando las estructuras del miedo sean desarticuladas por completo. Allí se juega el punto de no retorno hacia la democracia.
Venezuela está librando la batalla crucial para el fin de la dictadura y la restauración de la democracia. Liberación de cientos de presos políticos, estudiantes reclamando a Delcy Rodríguez el fin de la represión, pueblos enteros celebrando la excarcelación de presos políticos. Además del anuncio el 30 de enero del cierre del helicoide y el anuncio de una ley de amnistía general.
Si todo esto se cumple, estaríamos dando pasos hacia el fin del aparato represivo del régimen.
La batalla comienza luego de un mes catastrófico para el chavismo. El 3 de enero, Estados Unidos capturó al dictador Nicolás Maduro, humillando al régimen que durante décadas se jactó de estar preparado para un ataque estadounidense. Días después, el régimen, ahora encabezado por Delcy Rodríguez, sepultó los principios económicos del chavismo con la nueva Ley de Hidrocarburos.
El régimen ha congelado el aparato represivo que los ha mantenido en el poder durante tantos años como resultado de la presión estadounidense. De esta forma,el miedo que impuso el chavismo luego de la rebelión popular de julio de 2024 se ha ido resquebrajando.
Esto representa una amenaza existencial para el chavismo se ha mantenido en el poder a costa de la violencia sistemática contra los venezolanos. Desde hace ya varios años, al no ser populares ni tener resultados económicos que mostrar, el chavismo ha gobernado única y exclusivamente a base de miedo y crueldad.
El catálogo de atrocidades es largo y sangriento: desapariciones, torturas, secuestros, exilios forzados, asesinatos y represiones masivas. También ha obligado a millones al exilio. Estas prácticas constituyen el único pilar que mantiene en el poder a un grupo minúsculo, repudiado por los venezolanos.
Si el régimen no pudiera usar el terror como herramienta de dominación, no podría controlar al país ni mantener su poder a nivel interno. Sin miedo, no pueden evitar marchas masivas de venezolanos exigiendo democracia, ni podrán atemorizar a las fuerzas de seguridad y a los militares para que repriman.
El día en que el aparato represivo pierda su capacidad de infundir terror será, inevitablemente, el principio del fin de la dictadura chavista.
El fin de la represión sería un equivalente histórico a la Batalla de Carabobo de 1821. No fue la última batalla de la guerra, pero sí la que selló la inevitable derrota de los españoles. De igual manera, aunque la transición venezolana no estará completada hasta que Venezuela tenga un gobierno electo por los venezolanos, el desmantelamiento definitivo del aparato represivo será el punto de no retorno en nuestra transición hacia la libertad.
El chavismo es consciente de esta realidad. No es casualidad que, mientras ha estado más dispuesto a hacer concesiones económicas en el pasado, se haya mostrado más renuente a ceder terreno en el ámbito político.
Por eso las liberaciones de presos ocurren de forma gradual y controlada, poco a poco, en lugar de realizar una excarcelación masiva. El régimen busca negarle al pueblo venezolano la sensación de victoria inmediata que conlleva la liberación simultánea de todos los presos políticos. Mantienen encarceladas a figuras como Juan Pablo Guanipa y Freddy Superlano precisamente porque son líderes capaces de acelerar y canalizar esa pérdida del miedo en la población.
No hay dudas de que la Ley de Amnistía será el nuevo frente de batalla, en el que las facciones más radicales del chavismo buscarán reducir el daño a su capacidad de generar miedo entre los venezolanos mientras cumplen con las demandas de los Estados Unidos.
No nos debemos sorprender si buscan dilatar el proceso de liberaciones. Podrían inventar trabas burocráticas, mantener a algunos líderes presos o mantener un sistema de vigilancia sobre los liberados.
Por eso, el objetivo inmediato de los venezolanos es que la Ley de Amnistía sea completa. Esto implica que todos los presos políticos sean liberados inmediatamente, sin excepción, y que no existan atajos legales para mantener rehenes en las cárceles.
Sin embargo, la Ley de Amnistía es solo un paso para alcanzar el fin de la represión. Incluso si es aprobada, el aparato represivo chavista (aunque congelado por presión externa) permanece intacto en su estructura.
Sus esbirros siguen en sus puestos, sus archivos de inteligencia continúan acumulando información, sus centros de tortura están disponibles. Este aparato espera cualquier señal de debilidad internacional o de distracción global para reactivarse.
La amenaza creíble del chavismo contra los venezolanos sigue presente.
Allí radica la batalla decisiva de la transición venezolana. La verdadera prueba será si Venezuela logra desarticular por completo las estructuras que permitieron la represión sistemática durante décadas: las redes de inteligencia política, los cuerpos paramilitares, los sistemas de vigilancia masiva y la justicia subordinada al poder ejecutivo.
Venezuela se encuentra en la encrucijada entre un régimen herido que se aferra a los restos de su maquinaria represiva y un pueblo que comienza a recuperar la libertad que le fue arrebatada.
Un país en el que el Estado chavista ya no pueda declararle la guerra al pueblo venezolano será un país donde la democracia y la libertad pasen de ser un escenario deseable a ser el único escenario viable para el futuro de Venezuela.