Foto: Carlos Hernández

La rebelión de Mirtha Rivero ante el futuro que le robaron

Ahora que han surgido «venezolanólogos» por doquier, desde la Patagonia a los confines de Europa (pasando, cómo no, por Madrid y Barcelona), el nuevo libro de Mirtha Rivero, «La oscuridad no llegó sola», resulta imprescindible para todos.

Cuando la joven periodista venezolana Mirtha Rivero quiso entrar a trabajar a El Diario de Caracas no había plaza en la sección de política sino en la de economía, de modo que tuvo que guardarse las ganas y emprender ese otro camino, que no era lo suyo; ni de lejos. Sin embargo, lo hizo bien, tanto que después la llamaron para una revista especializada en la que continuó su carrera, con éxito. Pero lo suyo era la política. Casi nadie se había enterado de ese detalle, que lo suyo era la política. Ahora lo sabe un montón de gente, dentro y fuera de Venezuela. Ha publicado bajo el sello Alfa el registro pormenorizado de una historia que no tiene fin, pero sí hitos.

En esos hitos han ido dejando la piel y los sueños millones de conciudadanos y por eso este libro en dos tomos les debe atrapar. Se titula La oscuridad no llegó sola y es la película del país ―con sus pasajes delirantes de violencia y las contradicciones de la oposición atónita― que le advierte al mundo entero que va reuniendo todas las barajitas necesarias para desmoronarse. Ahora parece que la historia haya llegado a su fin, o al menos que se han abierto las puertas del fin. Precisamente por esta sensación de fase terminal se vuelve más acuciante la pregunta que antecede a la lectura (o la acicatea): ¿cómo fue posible que llegáramos a esto?

Pero la promesa de final observada en las pantallas de los celulares desde la madrugada del 3/1/2026, esa inminencia del camino de espinas mostrando su posibilidad de final, resulta apenas el desenlace de un capítulo. The End  no viene de la mano con esa madrugada pero el cómo hemos llegado hasta ahí sí se encierra en este trabajo que tiene dos cabezas: periodismo de rigor y narrativa saturada de hechos verdaderos. He allí su valor de actualidad, la virtud totalizadora, la llave que desbroza la maraña y desvela cada tapadera, tras cada recodo del paisaje, armando el rompecabezas. El libro de Mirtha Rivero es testimonio, registro, documento y memoria: todo ello en movimiento, construyendo la película para que la generación actual, o la que va de salida, se entienda a sí misma ―si ello es posible― y las próximas queden advertidas.

La autora se parece a Akira Kurosawa, un director de cine japonés que solo entregaba una película ―al menos durante el tramo más reconocido de su filmografía― cada cinco años. No se prodigaba en demasía. Mirtha Rivero ha ampliado la distancia, ha puesto el listón más alto: hay que tener paciencia con ella. La última vez que hablé o escribí sobre un libro suyo fue en marzo de 2011, cuando recién había aparecido La rebelión de los náufragos, un bombazo de ventas que le creó un nombre allí, en el terreno que le interesaba desde siempre: el periodismo que hace de la política un terreno donde jugarse el oficio.

Su colega Javier Conde, quien presentó La oscuridad no llegó sola en Madrid, en diciembre pasado, resumió el libro de esta manera: «Estamos frente a un trabajo descomunal. Un centenar de entrevistas, revisión hemerográfica y bibliográfica, infinidad de horas de grabación sobre hechos y declaraciones durante un período que va desde antes de la llegada de Hugo Chávez a Miraflores hasta el referéndum revocatorio de 2004, incluyendo el proceso constituyente, la aprobación de la Constitución del 99, las primeras protestas a partir del tema educativo, las 49 leyes habilitantes (…)». Es, como ella misma dice en su presentación, un compendio de pérdidas: de derechos, de instituciones, de garantías.

¿De dónde viene la voluntad férrea? Muy sencillo: de un compromiso con ella misma, que es el mejor de todos los compromisos. Durante la presentación del libro en Madrid contó que la determinación, el punto de no retorno, le vino cuando asistió a un concierto de Paul McCartney en México (allá se fue a exiliar junto a su esposo): una de sus canciones la llevó al tiempo de su adolescencia, cuando soñaba con hacerse grande y trabajar y vivir en una país que tenía por hogar y representaba futuro. Un país propio, no ajeno ni enajenado a pesar de sus flaquezas y desigualdades. Un país donde valía la pena vivir. Aquella ilusión, simplemente, se la habían robado.

Esto que Mirtha Rivero ha escrito la pone en la misma estantería con otros profesionales (cronistas, periodistas, narradores, politólogos)  que han intentado atrapar, dibujar, fotografiar con palabras situaciones, guerras, lacras, periodos históricos o episodios de estos países latinoamericanos que pierden el rumbo democrático, caen en la anomia, no evitan su fascinación por las charreteras. Este libro revaloriza la mirada informada del periodista que no se conforma con el presente; más bien busca lo que hizo posible este presente. Disecciona una anomalía histórica que pudo haberse evitado.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.