
Consejos inútiles de Nicolás para Nicolás
Elías Pino Iturrieta relee a Maquiavelo para explicar una caída anunciada. El problema de Maduro no fue solo su autoritarismo, sino la elección de su entorno: una corte de “tristi”, leales por precio, no por convicción. El príncipe advertía que ese tipo de vínculos terminan en traición y ruina. Hoy Maduro cayó, pero muchos de los suyos siguen en el poder. No es solo una tragedia individual: es una vergüenza política que aún nos concierne.
Es evidente que Maquiavelo escribió para Maduro porque sus lecciones no estaban dirigidas solo a los políticos de su tiempo, ni exclusivamente al joven Lorenzo de Médicis. Eran de gran utilidad para el futuro, como han demostrado la densidad de sus páginas y su constante relectura. Pudo ser un almacén de consejos para un confaloniero venezolano de los siglos XX y XXI que quiso ejercer de gobernante hasta salir con las tablas en la cabeza. Que el confaloniero no fuese amigo de bibliotecas, debido a que ni siquiera terminó el bachillerato ni destacó por su afición a faenas intelectuales, es otra cosa. Que no supiera nada del Renacimiento porque apenas sabía dónde había nacido puede explicar su indiferencia ante el secretario florentino, sin estorbar la relación que aquí se intenta.
Desde el siglo XVI, El príncipe ha sido esperado y recibido por todo tipo de lectores, aun por sujetos medio analfabetas como su tocayo de aquí, que no se dio por aludido. Terrible para su ejercicio de mandón, por lo menos en el fundamental asunto de la elección de los compañeros de viaje, sobre el que se tratará ahora.
Recordemos, para empezar, que Maquiavelo no tenía buena opinión del género humano. Escribió, por ejemplo:
Porque de los hombres puede decirse esto en general: que son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, huidores de los peligros, ávidos de ganancia, y mientras hacen su bien son todos tuyos, te ofrecerán la sangre, la propiedad, la vida y los hijos (…) cuando está lejos la necesidad, pero cuando se te acerca se vuelven otros.
Se trata de una antropología pesimista, han dicho muchos estudiosos, pero quizá un autor tan interesado en los mecanismos del poder mire especialmente a los individuos que rodean al gobernante, o que lo deben rodear, partiendo de una selección que debe ser acertada. No en balde agrega a continuación:
Y el príncipe que ha puesto todo su fundamento sobre sus palabras, encontrándose desnudo de otros preparativos, se arruina; porque las amistades que se adquieren a precio, y no con grandeza y nobleza de ánimo, se merecen, pero no se las retiene, y no pueden emplearse a veces. Y los hombres tienen menos reparo en ofender a uno que se hace amar que a uno que se hace temer; porque el amor está sujeto a un vínculo de obligación, el cual, por ser los hombres tristi, rompen en toda ocasión de utilidad propia; pero el temor está sujeto a un miedo a la pena que no te abandona jamás.
Tristi quiere decir aquí malo, o mala persona. Refiere a un asunto genérico, pero también a relaciones específicas, debido a que se detiene en las “amistades que se adquieren a precio”. Se puede colegir, sin pasarse de la raya, que le interesa especialmente el vínculo entre el gobernante y los miembros de su equipo de gobierno, el nexo entre el jefe y los integrantes de su gabinete, entre el príncipe y quienes deben proteger y mantener su privanza.
Cuando la situación no depende del afecto, sino de una adquisición obediente a intereses materiales, de cosas “que se adquieren a precio”, el príncipe debe usar de la cautela o no pegar un ojo a la hora de seleccionar y vigilar su corte. Nadie había escrito tales consejos hasta cuando lo hizo Maquiavelo, de una forma tan descarnada, tan libre de subterfugios, tan simple que bien pudiera ser accesible al entendimiento de un advenedizo de pocas luces que pretendía sobrevivir en los pantanos del chavismo.
Pero, como probablemente no leyera ni una línea de El príncipe, ni tuviera, además, facultades capaces de hacerlo distinguir el grano de la paja en la parcela de su camarilla, Maduro se rodeó de tristi. Vuelvo a uno de los fragmentos de Maquiavelo que les hace retrato y radiografía: “ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, huidores de los peligros, ávidos de ganancia”…
Que lo pueda saber ahora, en una celda de Nueva York, es demasiado tarde, porque no tiene la posibilidad de retroceder el reloj. Hoy permanecen en palacio, en el ejercicio del poder, después de ofrecer su complicidad en la defenestración de quien fuera su cabeza. Parece evidente que el grotesco fenómeno es responsabilidad de la víctima porque los alimentó y agrupó, o porque jamás le produjeron asco, sino más bien complacencia por asuntos de similitud; pero también nos debe preocupar, desde nuestro lugar de espectadores, que gentes de semejante ralea permanezcan en funciones de gobierno.
No fueron ni son solo un problema de Maduro, sino nuestro también. Un problema de vergüenza, por lo menos, porque son los que aparecen en los medios como representantes de la sociedad.