
Se acabó
El 30 de enero de 2026 no se inauguró ningún ciclo político en Venezuela. El discurso de Delcy Rodríguez fue una señal de debilidad: habló hacia afuera, no al país. Amnistías sin verdad, gestos humanitarios sin justicia y acuerdos decididos lejos de la soberanía popular no son transición democrática, sino administración del desgaste.
“Si hubiéramos sabido lo débil que era realmente el régimen de Franco, habríamos sido más audaces en desafiarlo”.
La frase es de Felipe González y es un mea culpa tardío. El poder del franquismo ya estaba roto cuando todavía se le tenía miedo. A veces no falta razón para enfrentarlo; falta darse cuenta de que ya no se sostiene. Venezuela está ahí.
El 30 de enero de 2026, Delcy Rodríguez —dictadora encargada— habló en la apertura del año judicial. No habló al país. Habló hacia afuera. El discurso no buscaba convencer a los venezolanos, sino tranquilizar a otros: Washington, Trump. Lo demás fue faralao institucional, lo justo para que el mensaje pareciera interno.
Maduro apareció lo imprescindible, como se menciona a alguien que ya no cuenta. Está preso y no les importa. No manda. No decide. No pesa. El régimen se desmoronó por dentro y él cayó con él. Lo que queda no es una transición, sino un intento de mantenerse en pie sin centro, sin mando y sin rumbo.
Delcy Rodríguez habló desde ahí. Como la dictadora encargada de sostener la dictadura mientras se negocia su subsistencia. No habló como quien abre un ciclo nuevo. Habló para ganar tiempo. Habló de convivencia, de estabilidad, de normalización. No habló de soberanía popular. No habló de devolverle la palabra al país a través de elecciones libres. Eso no fue un descuido. Fue una decisión.
Anunció lo previsible. Una amnistía ligada a una comisión sin forma ni contenido, pensada para pasar página sin verdad ni responsabilidades. El cierre del Helicoide convertido en fachada humanitaria, sin víctimas, sin nombres, sin cuentas pendientes. Y una solicitud al Tribunal Supremo de Justicia para que bendiga la licencia general del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. En claro: cobertura jurídica para un arreglo político y económico decidido al margen del país.
Nada de eso apunta a una salida democrática. Responde a la lógica de siempre cuando el poder siente que el suelo se le afloja: bajar el tono, imponer un relato, ofrecer estabilidad a terceros y pedir tiempo. No para cambiar, sino para durar un poco más.
Conviene decirlo sin vueltas: Delcy Rodríguez no es Adolfo Suárez. Suárez desmontó un régimen porque entendió que ya no podía sostenerse. Delcy Rodríguez quiere exactamente lo contrario: que subsista. No abre la democracia. La aplaza. Es la dictadora encargada de que lo esencial no cambie mientras se negocia lo accesorio.
Aquí la frase de Felipe González deja de ser cita histórica y se vuelve incómoda. Cuando la oposición no entiende que el poder está débil, actúa como si este fuera invencible. Ese error no es moral ni retórico. Es político.
Porque lo cierto es esto: el régimen ya se desmoronó por dentro. Lo que queda es un cascarón vacío. Y cuando el toro ya está tocado, lo imperdonable no es fallar el estoque, sino irse del ruedo como si no pasara nada.
Aquí es donde toca rematar la faena. Rematar la faena significa tomarse en serio la Constitución como regla del juego, renovar de verdad los poderes públicos, restituir los derechos civiles y políticos y fijar un cronograma electoral claro, público y verificable, para que el espíritu del 28 de julio mande al ostracismo republicano a los escombros de la dictadura. Pero sobre todo, significa movilizar cívicamente al país en torno al derecho constitucional a la protesta.
El discurso del 30 de enero no cerró ningún ciclo. Intentó congelar el tiempo. Y cuando un régimen intenta congelar el tiempo, es porque ya no manda como antes.
Por eso hay que decirlo con claridad: se acabó. Se acabó porque el régimen se vino abajo por dentro. Pero la democracia no llega sola. Hay que rematar la faena. Ahora. No después.