El Nuevo Orden Global y la lógica de la fuerza

En un orden global marcado por la guerra híbrida y la disputa entre grandes potencias, la paz solo puede construirse sobre verdad, justicia y dignidad humana. Sin democracia en libertad, no hay paz posible. Venezuela es el recordatorio más brutal de ello.

A partir de 1989, tras el fracaso del socialismo real y la creencia occidental de que bastaba resolver las cuestiones pendientes de orden económico para asegurar la libertad, dentro de una perspectiva estrechamente individualista, ambas perspectivas llegaron a su término. Han sido desafiadas por las grandes revoluciones del conocimiento emergentes: la digital y la de la inteligencia artificial.

Sus consecuencias están a la orden del día. Se han disuelto los espacios geopolíticos, emerge el dominio de la virtualidad y, con la instantaneidad, se abroga el significado del tiempo y de lo raizal, impulsándose la mineralización del desorden como orden sucedáneo. Este llega huérfano de ataduras culturales e ideológicas. Es adánico y hace lugar a distintas e inéditas realidades: la estructura productiva industrial y material cede en beneficio de otra, de servicios en redes y virtual; las ideologías y/o las ideas, como anclajes de lo social y lo político, al desaparecer provocan un deslave humano y fuerzan dos tendencias: la de quienes migran y se totalizan en lo global o se enajenan creando identidades a voluntad, y la de quienes buscan salvar lo propio a partir de lo étnico o en el particularismo de lo nacional o patrio.

Todo ello, de conjunto, como lo muestra la experiencia, hace ineficaz al orden de lo normativo que rige —léase, a los sistemas constitucionales y al internacional o multilateral—, abriéndosele un espacio generoso a la lógica de la fuerza. Priva la dimensión sociológica de la vida, fracturándose la tríada y quedando de lado la dimensión de la justicia —la de la mayor libertad— y la garantista, que asegura a la cultura dentro del Derecho.

Ante esto, frente a Estados que, obviando el principio ordenador de la dignidad de la persona humana consagrado tras el Holocausto y a partir de 1945, prefieren restablecer desde los años sesenta siguientes el valor paradigmático y eminente de las soberanías, ante los procesos de descolonización sobrevenidos, al concluir el siglo XX se entroniza la dictadura de la incertidumbre. Es electiva. Bajo formas democráticas vacías de contenido, las mayorías eligen el camino de la servidumbre, que les ofrece las certidumbres mínimas.

Las izquierdas predican el desencanto con la democracia —bastión residual y muro de protección de los derechos humanos durante la segunda mitad del pasado siglo— a fin de restablecer las fortalezas de un Estado incapaz de enfrentar, por sí solo, los desafíos y amenazas de la Aldea Global. Pero encallan, por lo mismo, y asumen una aporía más que evidente: la de poner de lado a la democracia y al Estado constitucional de Derecho para facilitar, como estrategia disolvente de lo social y lo humano, y para mejor apalancar a las dictaduras de nuevo cuño, la banalización de los derechos fundamentales de la persona. Propenden a su inflación y los desnaturalizan. Ya no son lo que deben ser, es decir, los que se desprenden como esenciales de la naturaleza de lo humano. Se los extiende a la Naturaleza objetiva y a su ecosistema, tanto como se los vuelve exclusivos de cada nicho o célula social emergente, excluyente de la otredad, desconectada de las otras, dentro de un cuerpo extraño o sistema invertebrado cuya dirección y movimientos los determinan la técnica electrónica y la inteligencia artificial (IA).

Las derechas, intituladas neoliberales, viendo las posibilidades de resurrección de su mito clásico —el individualismo “manchesteriano”— dada la anomia en curso y la declinación del Estado moderno o Leviatán, favorecen tácitamente la confluencia entre la estrategia de deconstrucción cultural que hace suya la misma izquierda —tremolando las enseñanzas de Antonio Gramsci y enterrando al Manifiesto Comunista— y la emergencia de la referida religión profana de los “datos”. Cada persona se despersonifica a sí misma y se aísla socialmente; el ecosistema digital —ya no el Covid-19— la somete a cuarentena mientras la transforma en dato o número y la vuelve insumo de los algoritmos, únicamente dirigidos al mundo de los sentidos. Se adormece así a la razón humana.

Ahora bien, como el orden del desorden global es fatalmente inviable en su aspiración de permanencia, mientras subsista y hasta que logre su reordenación y estabilización, cabe repetirlo, dependerá de la lógica de la fuerza. Lo prueba la experiencia de la historia en sus tiempos de fractura epocal o de anarquía geopolítica. Esta vez se nos muestra más gravosa, pues ceden las bases milenarias de la civilización, el valor de los espacios y del tiempo, cuando menos en Occidente.

Tras la Segunda Gran Guerra del siglo XX, su devastación obligó a las potencias vencedoras —al Oriente de las Luces y al Occidente de las Leyes— a un avenimiento “práctico” alrededor de unos derechos básicos de libertad, consustanciales a la dignidad de la persona humana y constantes en la Declaración Universal de 1948. Aquellas prometieron garantizarlos, aceptando además que, siendo las más potentes y responsables, convenían en la presencia de otras potencias o repartidoras intermedias de poder para equilibrar al poder sumo, haciéndolo viable; aceptando unas y otras que el resto del mundo y sus naciones fuesen recipiendarias pasivas. Estas, incluso así, lograron blindarse ante los abusos de los repartidores supremos al exigir, con el Estatuto de San Francisco, que se conjugase siempre, ante cada controversia, en favor de la libertad y de los derechos humanos, pro homine et libertatis. Ninguno podía tremolar su propio poder o su soberanía para limitar o inmunizarse ante las violaciones agravadas de los derechos de la persona humana que ocurriesen. Pero esto es ya crónica histórica, desde mediados del siglo XX.

“El internacionalismo jurídico quedó en suspenso y se hizo inestable, desde entonces, entre el humanismo cosmopolita y la apología del poder, identificándose con el uno o con el otro solo cuando se le necesitaba para sostener determinada postura normativa”, sin consideraciones para con la idea señalada de la Justicia; por lo que “hoy es muy difícil creer que exista una racionalidad propia del Derecho internacional independiente de la circunstancia política que se le sobreponga”, ha señalado Martti Koskenniemi en su monumental obra El suave civilizador de las naciones (Ascenso y caída del derecho internacional 1870-1960, Laterza, 2012).

Plantear la cuestión de la libertad y los derechos humanos, si se deja de lado el elemento retórico o teórico y se la trasvasa a la justificada e inmediata denuncia actual de los atentados a los derechos humanos —ante la omisión y abulia de los sistemas multilaterales de protección—, exige, con vistas al porvenir y por sobre la guerra global e híbrida que avanza, que nos respondamos una pregunta: ¿qué rol o qué papel jugará el individuo y la misma gente (ius gentium), junto a sus derechos inherentes e inalienables, en el Orden Global que se gesta, diferente del conocido? Una obra deconstructiva —pensemos en la arquitectura y observemos a la globalización—, para que no implosione ante todos, oculta sus bases, no las elimina.

El orden en afanosa construcción, bajo el imperativo de esa guerra híbrida que lo viene delineando, opone en primer término a las dos grandes potencias que se consolidan, Estados Unidos y China, llamadas a ser sus garantes. Mientras la primera retoma la doctrina Monroe dejando atrás su neto contenido republicano, a fin de privilegiar lo económico (doctrina Monroe 2.0), la segunda, arguyendo lo político, le sugiere a Occidente construir ingenierías democráticas al detalle, para que cada pueblo escoja, mediante el voto, incluso a la dictadura como garantía de la paz. Occidente es, para la civilización Zhongguo o del Reino del Medio, un cuerpo que da por muerto y por incapaz de readquirir institucionalidad.

No debe olvidarse que el sueño kantiano de la paz perpetua no existió durante el tiempo previo a las grandes guerras del pasado siglo, pero tampoco pudo anclar la prédica del equilibrio de las fuerzas entre todos los poderes soberanos. Duró poco. Se descentralizó la violencia, atizándose la guerra. Fue el origen de la Primera del siglo XX y se la limitó luego bajo el imperativo de los derechos humanos como elemento catalizador, integrador y racionalizador.

Koskenniemi, tal como lo entiendo y de cara al torbellino que nos asalta, al final de su obra nos deja una enseñanza realizable: aceptar que “cada comunidad se funda sobre una exclusión”. Pensemos en las migraciones y en los muros que se expanden. Cabe entender que “ese es el modo de autodefinirse cada comunidad” para salvar su identidad en la localidad (¿globalización vs. localidades, sería el desiderátum?). Y cada localidad —agrega el eminente autor— “debe también, para que sea aceptable, prever que las exclusiones deben ser constantemente renegociadas con vistas a la ampliación del horizonte comunitario”, a saber, con miras a la personalización de cada hombre, de cada mujer y de cada comunidad. Sería la forma o el método para resolver la inevitable tensión entre el poder y la dignidad humana.

La paz se construye sobre la verdad

Cabe, sin embargo, una exigencia previa al debate impostergable sobre lo antes esbozado, y como cuestión de urgencia. Es la que advierte el nuevo papa León XIV, quien, con meridiana claridad y guiado por su carisma agustiniano, entiende el dualismo existencial y actual entre la Ciudad del Hombre y la Ciudad de Dios; tal como lo hizo León XIII de cara a las revoluciones industriales de finales del siglo XIX, demandando el primero que cese la perturbación del lenguaje como estrategia de la violencia.

En primer lugar, sugiere entender que la paz no es tregua —“la contraposición es parte de la naturaleza humana y nos acompaña siempre, impulsándonos en demasiadas ocasiones a vivir en un constante ‘estado de conflicto’”—, sino actividad permanente. Se construye y se hace en la cotidianidad, desacelerando los orgullos y las reivindicaciones, también el lenguaje. A la vez, pide realizar la justicia para que haya paz, lo que demanda construir sociedades civiles armónicas —no más deconstrucción sin base común, menos los faccionalismos ideológicos— y “favorecer contextos en los que se tutele la dignidad de cada persona”.

Junto a estas, a la paz y a la justicia, para que se alcancen humanamente, repite el Obispo de Roma que las relaciones han de servir a la verdad: “No se pueden construir relaciones verdaderamente pacíficas, incluso dentro de la comunidad internacional, sin verdad. Allí donde las palabras asumen connotaciones ambiguas y ambivalentes, y el mundo virtual, con su percepción distorsionada de la realidad, prevalece sin control, es difícil construir relaciones auténticas, porque decaen las premisas objetivas y reales de la comunicación”, sostiene. Luego rotula su prédica en estos términos: hay que “decir la verdad sobre el hombre y sobre el mundo, recurriendo a lo que sea necesario, incluso a un lenguaje franco, que inicialmente puede suscitar alguna incomprensión. La verdad, sin embargo, no se separa nunca de la caridad, que siempre tiene radicada la preocupación por la vida y el bien de cada hombre y mujer”.

En medio de la guerra de narrativas que hoy ensordece, ¿cómo habremos de sostener, por sobre el conflicto existencial en avance y en un mundo desasido incluso de las reglas universales de la decencia humana, lo que es vital: “la vida y el bien de cada hombre y mujer”? El Comité Nobel ha dicho que no habrá paz sin democracia, refiriéndose a Venezuela, paradigma de la deconstrucción social y política en Occidente. La exégesis de Oslo, al respecto, dice que en el siglo XXI la democracia dejará de ser instrumental al poder y a su formación. Se transformará, como finalidad por alcanzar, en derecho de los pueblos y de las naciones a la libertad. La democracia en libertad, como derecho al conjunto de todos los derechos humanos y como exigencia de sus deberes correlativos, es, al cabo, el astrolabio, el único que podría justificar la presencia coyuntural de la fuerza dentro de un clima de incertidumbre que se nos ha hecho tóxico y amenaza estabilizarse.

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