Camilo Castro: “Quiero que todos los que salieron sean reconocidos como víctimas”

Camilo Castro, ciudadano franco-chileno, fue detenido arbitrariamente en la frontera venezolana y recluido en Rodeo I. Tras su liberación, decidió hablar para denunciar un sistema que usa personas como rehenes y a los presos políticos como moneda de negociación.

El 26 de junio de 2025, Camilo Castro, ciudadano franco-chileno y residente en Colombia, acudió a realizar un trámite migratorio en el puesto fronterizo del cruce de Paraguachón, el principal paso entre el departamento colombiano de La Guajira y el estado venezolano Zulia. Sin embargo, fue detenido arbitrariamente del lado venezolano y desaparecido. Desde Zulia, Camilo fue trasladado a la sede de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), en Caracas, y posteriormente recluido en el Internado Judicial de la Región Capital Rodeo I, donde permaneció hasta su liberación el 16 de noviembre de 2025.

Durante este año, Camilo ha sido entrevistado por diversos medios de comunicación y, en cada conversación, ha sido franco y directo: sabe que haber sido detenido por ser extranjero “es un negocio de la dictadura”; que Rodeo I “es un campo de concentración que va a ser un campo de exterminio”; que los procesos penales de quienes permanecen allí detenidos “son farsas”; y que no parece existir “colaboración de los gobernantes actuales”. Sobre todo, Camilo es un testigo de excepción de lo que ocurre con los presos políticos venezolanos. De eso conversó con La Gran Aldea.

¿Tienes alguna prohibición de declarar en medios de comunicación?

—No. Soy de un país donde hay cultura, donde hay libertad. Aunque al principio aconsejaron a mis padres no hacer esto público, después de dos meses no aguantaron más y fue muy importante, porque eso también hizo presión a mi gobierno. Ya nadie podía esconderme.

¿Hay algo que quisieras agregar, precisar o enfatizar a lo que has ido contando estas semanas?

—A mí me gusta compartir mi experiencia, pero me gustaría más hablar de los venezolanos que siguen en Rodeo I, porque por el momento están liberando a casi todos los extranjeros europeos. Hay venezolanos que tienen veinte años presos y otros que están realmente muy aislados y sin visitas.

También quiero reprochar a las autoridades colombianas. Ellos me dijeron: “Usted nada más haga el sello de salida con nosotros. No se preocupe, tenemos su nombre apuntado y mañana usted regresa aquí mismo, a este puesto de frontera, y hacemos su sello de entrada”. No me dijeron que del lado venezolano me podían robar o quizá hacer cosas más graves, ni que, por mi seguridad, regresara a dormir a Maicao, aun cuando ellos saben cómo funciona esto.

¿Qué sabías sobre lo que estaba pasando en la frontera, sobre todo después de la elección presidencial del 28 de julio de 2024?

—Lo que se escuchaba es que las autoridades robaban dinero o todas las pertenencias de la gente. Vi en YouTube a turistas y a un japonés que había pasado la frontera un mes y medio antes. Él pasó por una oficina y estaba un poco molesto, aunque con una sonrisa.

¿En algún momento de tu detención en frontera te pasó por la cabeza que estabas en peligro?

—No. Estos agentes, supuestamente de inteligencia, no eran nada inteligentes. Vi que era gente con pocas capacidades cognitivas e intelectuales. No entendían por qué yo hablaba español así. Vi un choque cultural muy fuerte: estaba frente a funcionarios con muy poca cultura, mucha ignorancia y mucha pobreza. El jefe ni siquiera hablaba inglés.

Tuve que ayudarlos a escribir mi declaración: cometían errores de gramática y ortografía, no sabían conjugar bien los verbos. Se veía que no eran profesionales, cuando el trabajo de un policía es escribir los hechos en una computadora. Yo no conocía Venezuela y ahí me di cuenta de que el país está en un estado muy grave en ese sentido.

En Maracaibo sí estaba asustado, porque me hablaron claramente de espionaje y terrorismo. Uno de ellos me dijo que yo era un espía y que no se creía “ni una mierda” el cuento de que yo era profesor de yoga. Ahí me di cuenta de que estaba frente a gente muy loca. Sonreí porque me pareció surrealista, y dije la verdad: que no veo películas de violencia, de guerra ni de espionaje. Entonces me respondió: “Vamos a ver si te vas a reír ahora. Esto es algo serio. Vas a pasar mucho tiempo aquí, mucho tiempo encerrado. La última vez que agarramos a un hijo de puta como tú, todavía está aquí”.

¿Sabes? Pienso en esto: en Rodeo I está prohibido leer. La cultura es un peligro. Solo en una dictadura la lectura es peligrosa y es muy grave que la conciencia y la cultura sean sinónimo de amenaza.

He visto que dices que tú no vas a ser libre hasta que todos sean libres y que, desde que saliste, te estás dedicando a luchar por eso. ¿Qué te motivó a hablar, sobre todo de los presos políticos venezolanos?

—Realmente no estoy haciendo mucho, pero hago lo que puedo. Al principio me negué a dar entrevistas porque me sentía demasiado sensible y no quería estar llorando en televisión. Las únicas imágenes mías que circularon fueron cuando bajé del avión.

El primer mes fue muy difícil, no lo vi pasar. El segundo mes empecé a soltar y a llorar mucho. No me siento depresivo, pero soy consciente de que no es un estado normal.

Durante el primer mes, lo único que hice fue llamar a las familias de los que están en Rodeo I para darles noticias de sus hijos y esposos, contarles cómo es realmente el lugar e intentar convencerlos de acudir a los medios para visibilizar todo. Hay gente que nunca pudo hablar con sus familiares y cuyas familias ni siquiera sabían que estaban en Rodeo I. También intenté hablar con las embajadas.

Después estuve en la ONU y estoy haciendo lo que corresponde con el Alto Comisionado de Derechos Humanos, el Comité contra la Tortura, el Grupo de Trabajo sobre las Desapariciones Forzadas y la Misión de Determinación de los Hechos. He hablado con distintos abogados y con gente de Foro Penal.

Lo que me motivó es que estábamos secuestrados. Si sale uno, ese uno tiene que luchar por los demás, porque no hay información sobre lo que pasa adentro. Yo, de alguna forma, me pude escapar y ahora me toca ser la voz de ellos, sobre todo de los venezolanos.

¿Tienes conocimiento de las gestiones diplomáticas que hicieron por ti?

—No exactamente, pero hubo algunas llamadas del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia. Fue un trabajo de muchos factores.

¿Cómo fue tu excarcelación?

Llegamos a la embajada francesa en Caracas. Adelante iba el coche donde estaba “Branco” —Alexander Enrique Granko Arteaga, director de la División de Asuntos Especiales de la DGCIM—. Ese vehículo se estacionó, Branco se bajó y le abrieron el portón de la embajada. Luego entró el coche en el que yo estaba.

A los pocos segundos me bajé y el embajador Emmanuel Pineda, vestido de blanco, me tomó por los brazos y casi lloró de emoción. Para mí fue como abrazar a un familiar, a un padre. No fue un momento diplomático ni formal, sino muy familiar e íntimo. Me llevó hacia adentro, me alejó de ese coche. Me entregaron el pasaporte y mis dos teléfonos. Al minuto, el coche salió, cerraron la puerta y ya.

Aun así, yo no estaba tranquilo. Pensaba que hasta el último momento podía pasar algo. No estaba relajado.

Me llevaron al aeropuerto. El embajador y dos personas de la embajada estuvieron conmigo todo el tiempo, junto a dos agentes de Migración a unos tres o cinco metros. La única vez que estuve solo fue durante cinco minutos, cuando pasé por el puesto diplomático de Migración. Todo estaba organizado porque yo no tenía sello de entrada.

La embajada me dejó cuando empecé a subir al avión. En ese momento, los agentes de Migración me pidieron que me diera la vuelta para tomarme una foto con mi pasaporte entrando al avión.

En diciembre hubo un grupo de excarcelados y, a partir del 8 de enero, también. ¿Te animas a interpretar estas excarcelaciones?

—Los diecisiete colombianos que salieron no pueden hablar libremente. No es fácil denunciar, sobre todo porque muchos tuvieron que empezar a trabajar muy rápido y no tienen acceso a lo que yo tengo en Europa. En Colombia, su gobierno no les preguntó qué pasó, si fueron torturados ni les interrogaron para saber de otros colombianos. Salieron diecisiete, pero cuando yo salí seguía más o menos el mismo número en Rodeo I. Además, el gobierno venezolano les puso falsas identidades venezolanas. Se sienten totalmente olvidados.

El día anterior a que salieran los diecisiete, fue a Rodeo I un representante del gobierno del presidente Petro junto con el embajador. El discurso fue que los colombianos no estaban secuestrados, sino privados de libertad. Ese representante tenía un discurso más chavista que el propio Maduro.

Cuando los colombianos regresaron a las celdas fue como si les hubieran clavado un cuchillo en la espalda. Después de meses secuestrados, por fin llegaba un representante de Colombia, pero casi a insultarlos.

Qué diferencia con mi caso: cuando mi embajada fue a Rodeo I, yo no paré de denunciar durante esa media hora. Estaban filmando, había cámaras, custodios grabando el sonido y traduciéndolo. Después quedaron muy estresados, muy enojados y ansiosos. Yo tomé el riesgo y pensé: voy a hablar, porque es ahora o nunca.

Además de luchar por los venezolanos y colombianos, ¿cuál es tu lucha, tus exigencias?

—Hasta ahora, mi gobierno no me ha emitido una certificación como víctima de detención arbitraria. Solo dicen que fui detenido, pero las cosas van avanzando a mi favor para ser reconocido como tal.

Quiero que todos los que salieron sean reconocidos como víctimas, que exista un reconocimiento único para todos estos casos, porque no son situaciones aisladas: es la misma historia, con las mismas acusaciones. Voy a seguir hablando. Creo que este es el momento de usar las palabras “dictador” y “secuestro”.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.