
El regreso al terreno: contra la trampa de dividir a la oposición
El exilio y la clandestinidad no son una postura ideológica: son el resultado del terrorismo de Estado. Convertir esa victimización en un argumento de deslegitimación política es una operación autoritaria. La reaparición de dirigentes forzados al exilio o al silencio rompe esa ficción y deja algo claro: no hay transición democrática posible sin retorno, sin libertad plena, sin ciudadanía.
Durante años se ha repetido, con insistencia propagandística, una falsa dicotomía en la política venezolana: los de adentro contra los de afuera. Una narrativa mezquina que no solo fractura a la oposición democrática, sino que termina sirviendo a los intereses de quienes han lucrado política y simbólicamente con el exilio, la clandestinidad y el encarcelamiento de otros.
La discusión reaparece ahora que dirigentes opositores que estuvieron forzados a la clandestinidad o al exilio como Delsa Solórzano, Alfredo Ramos o Andrés Velásquez, retoman poco a poco el espacio político desde Venezuela. Su reaparición paulatina pone en evidencia algo incómodo: el principal beneficiado de la persecución política no ha sido únicamente la dictadura, sino también algunos sectores que ocuparon el vacío dejado por la represión, muchas veces pactando con el chavismo para ser parte de fraudes constitucionales y electorales disfrazados de pluralismo.
Para justificar ese desplazamiento simbólico y fáctico de la oposición, se construyó un relato que fue ampliamente comprado por parte de la prensa internacional. Medios influyentes como The New York Times, la BBC o El País reprodujeron sin suficiente contraste la idea de una “oposición en terreno”, “moderada” o “dialogante”, en contraposición a una supuesta oposición “radical” ubicada fuera del país. Sin tomar en cuenta las asimetrías de condiciones reales de libertad para hablar. Bajo esa lógica tramposa, “los de afuera” serían los responsables de impedir una transición democrática, “los de afuera” solo buscan el sufrimiento de la gente para derribar al gobierno, y por esa vía se termina anulando tanto el discurso de la clandestinidad y la diáspora (más de 9 millones de personas) como su rol en la reconstrucción del país.
Esa narrativa es profundamente falaz. No solo porque desconoce las causas reales del exilio y la clandestinidad (el terrorismo de Estado, la persecución, la censura y el cierre del espacio cívico), sino también porque convierte una situación de victimización en un argumento de deslegitimación política de la mayoría opositora. Apropiarse simbólica y fácticamente de “el terreno” tras expulsar, encarcelar o silenciar a otros no es moderación: es autoritarismo por desplazamiento.
Lo que hoy se quiebra con la reaparición de estos liderazgos no es una estrategia, sino una operación política sostenida sobre la exclusión. Los voceros que vivieron directamente la persecución del Estado, que fueron obligados a desaparecer del espacio público para sobrevivir, van regresando tras la captura de Maduro y desarman la ficción de una oposición domesticada que hablaba en nombre de todos, representando a minorías, mientras negociaba cuotas y beneficios alrededor del poder.
Hablemos en serio porque nos jugamos el futuro: La transición democrática no puede construirse sobre la base de vetos, silencios forzados ni fronteras morales entre venezolanos. Mucho menos cuando se terminó calificando como “radical” la exigencia básica de derechos políticos y sociales. El retorno de los exiliados, la liberación de todos los presos políticos, el libre tránsito de los demócratas y la recuperación del espacio político por quienes fueron expulsados no es un gesto simbólico: es una condición mínima de cualquier proceso auténtico de cambio.
Sean bienvenidos todos los que quieran participar en una transición real a la democracia, no el teatro de sombras de pactos opacos, donde distintos actores se alinean alrededor del chavismo y de los hermanos Rodríguez para fingir pluralidad y mantener el secuestro del país. Lo que está en juego no es quién ocupa el terreno, sino si ese terreno vuelve a pertenecer a la ciudadanía.
Que todo se sacuda y cambie.