
La rendija de la tutelada: los escenarios de Delcy
Sin margen real de éxito, su única herramienta es la que el chavismo ha usado durante décadas: administrar el tiempo, dilatar decisiones y fingir cambios. La pregunta es si, una vez más, esa estrategia logrará prolongar la tragedia venezolana.
Venezuela está atravesando cambios intempestivos. Los factores que inciden en las transformaciones que han comenzado —y en las que están por venir, las más relevantes— son múltiples: la presión externa, la tensión interna, el chavismo fracturado, la oposición desunida. Todos estos elementos interactúan, modificando hora tras hora el curso político del país.
Es en esta coyuntura que Delcy Rodríguez ha resultado ubicada en el ejercicio de una presidencia que ya era tan ilegítima como la vicepresidencia que ostentó hasta el pasado 3 de enero.
Aterriza entonces Delcy Rodríguez en una presidencia sin sustento constitucional, sin apoyo popular, sin control real del territorio nacional, sin plan de gobierno, sin equipos técnicos para poner en marcha los planes que se proponga. Veamos sus posibles escenarios al día de hoy, siempre recalcando que estos escenarios analizan posibles cursos de acción y no discursos. En esta encrucijada, el discurso público puede estar notablemente divorciado de los hechos.
Delcy Good Girl
En este escenario, Delcy cumple. Delcy ejecuta. Delcy es eficiente. Delcy, en fiel acatamiento, recibe vuelos de refugiados, aprueba la nueva Ley de Hidrocarburos, destituye a Alex Saab, negocia con la oposición un nuevo Consejo Nacional Electoral capaz de generar confianza en la población, convoca elecciones generales que no solo elegirán un nuevo parlamento, sino que también producirán un liderazgo legítimo en los estados y municipios del país.
En fin, Delcy comienza, de manera efectiva, a preparar el terreno para la transición a la democracia, y logra hacerlo con un delicado equilibrio en el que su condición de revolucionaria cuasi originaria le permite avanzar superando, paso a paso, los obstáculos que sus pares de ayer opondrán a sus iniciativas de hoy. Pero sus iniciativas —las mencionadas y otras más— están orientadas a la superación de un estado de cosas que es inherentemente autoritario, que tiene vocación totalitaria, que parte de la idea de que el estatismo es deseable aunque sea demostrada y sistemáticamente improductivo.
Su rol, entonces, es el de desmontar el chavismo, desmontar su discurso radical de casi tres décadas. ¿Por qué razón haría tal cosa? Pues porque no tiene otra salida.
Este camino, el del cumplimiento, tiene una característica muy particular: a medida que Delcy es más exitosa, a medida que avanza y acumula logros, el riesgo de implosión del régimen se incrementa. El chavismo en sus otras vertientes (los colectivos, los Bernal, los Diosdado) siente cómo cada paso hacia una transición en la que los Rodríguez han negociado un posterior exilio como recompensa por el caminar sobre huevos que hoy afrontan es también un paso hacia el momento en el que ellos queden atrapados y obligados a rendir cuentas en un país en el que finalmente vuelva a establecerse un sistema de justicia respetable.
¿Permitirán ellos el avance de esta Delcy que ya no sería la confiable camarada? Delcy, entonces, se hace más vulnerable cuanto más cumple a su nuevo amo: su riesgo aumenta, porque el chavismo —su chavismo— no la perdona.
Delcy revolucionaria
En este escenario, Delcy actúa en consonancia con su discurso público. Clama por la vuelta del extraído Maduro y, aunque resuelve los pedimentos más evidentes de su jefe del norte, hace todo a medias, con retrasos, tal como ha hecho con la liberación de los presos políticos, a cuentagotas.
Así, su tránsito presidencial es sinuoso: recibe al director de la CIA, pero limita los cambios que puedan abrir paso a una verdadera transición. Recordemos aquí que una transición es el paso de un régimen autoritario a un sistema democrático, de manera que el logro de tal tránsito requiere la existencia clara y tangible de los elementos centrales de la democracia; a saber: autoridades electas en elecciones justas y libres, separación de poderes independientes y pleno ejercicio de los derechos políticos.
Continuando este escenario, Delcy se modera en sus interacciones frente a los Estados Unidos, y los cambios que hace —los mínimos indispensables para continuar en el tablero— son cambios retráctiles y tolerables para los sectores más extremos del chavismo. De este modo, se mantiene fiel a su naturaleza radical, tratando sin embargo de no complicar las cosas y ejecutando cambios gatopardianos en los que nada cambia en realidad.
En este esquema, el status chavista compra la narrativa de que Delcy es la continuidad, de que ha habido un percance grave que se llevó a Maduro, pero que con ella es la revolución la que aún comanda Venezuela. De ese modo, incluso incorporando una cierta eficiencia en la economía nacional, el régimen busca superar a Maduro, quien nunca fue un líder carismático, y abre un nuevo rumbo, más moderno, menos torpe, con Delcy a la cabeza.
El problema de este escenario, a los fines de la supervivencia de Delcy, está en la Casa Blanca. En sentido contrario al escenario anterior, aquí cada paso que Delcy avanza en el logro de obtener la bendición de la iglesia chavista, cada reafirmación que recibe la élite chavista de que los cambios son superficiales y de que ellos mantendrán el control del país, es una invitación a una acción definitiva por parte de los Estados Unidos para sacarla de circulación. A ella y a su hermano.
La rendija
En síntesis, los escenarios anteriores plantean una situación en la que, si Delcy trata de cumplir las expectativas de un factor, se le complica la existencia frente al otro. No hay, entonces, posibilidad alguna de éxito, al parecer.
Hay, sin embargo, una rendija por la cual puede lograr subsistir. Tiene el precioso recurso que el chavismo ha manejado con maestría una y otra vez: la administración del tiempo. Probablemente ese sea su único recurso, su eventual tabla de salvación.
El manejo reciente del tema Venezuela por parte de la Casa Blanca ha hecho que lo que anteriormente era un tema bipartidista (un consenso político alrededor de la crisis venezolana) hoy tienda a percibirse como una política específica de un determinado sector. De esta manera, los resultados de las próximas elecciones de medio término, que pueden alterar dramáticamente las capacidades del gobierno, serán claves para el futuro de la “amenaza creíble” estacionada frente a las costas caribeñas.
Si Delcy logra llegar hasta ese punto, noviembre de este año, sorteando milimétricamente los abismos que la rodean de un lado y del otro, y se produce una alteración de la composición del Congreso de los Estados Unidos, sus chances mejoran notablemente.
La habilidad requerida para este tránsito sinuoso no es poca, pero la obsesión de poder del chavismo y su claridad respecto a que la administración del tiempo le ha salvado la vida en múltiples ocasiones es su guía. A Chávez, retrasar la recolección de firmas del referéndum revocatorio, aunado a la tutela de Fidel Castro, le salvó la permanencia en el poder. Las múltiples negociaciones (Barbados, Noruega, República Dominicana): en todas ellas el tiempo ganado, la dilación, el llevar las situaciones hasta el último minuto posible, ha sido una herramienta de primer orden para el chavismo.
La democracia venezolana hoy depende de que se pueda evitar que, una vez más, el manejo cínico de la demora y el fingimiento deliberado den oxígeno a la continuación de nuestra tragedia.