
Hay que despachar a torturadores, verdugos y desalmados
Las transiciones políticas no se programan ni se esperan sentados. Mientras algunos piden paciencia, la crueldad del chavismo sigue operando con torturas, persecuciones y crímenes documentados como de lesa humanidad.
Las transiciones políticas no tienen programa, pese a lo que afirman algunos amigos por allí. Son procesos caracterizados por la incertidumbre, que no pocas veces dependen de las sorpresas y de las ganas que tienen muchos de quedarse en funciones de gobierno; o de las de otros por ascender con rapidez. Como son esbozos o ánimos del presente que solo se pueden materializar en el porvenir, ofrecen campo fértil a la imaginación. O, mucho peor, a la idea de esperar debido a que se está frente a asuntos escurridizos y distantes. Así puede desprenderse de la opinión de no pocos expertos a quienes asisten el pupitre y la razón, pero que pueden sugerir una propensión a la parálisis ante hechos que escapan de las manos de la gente común. Pero no es así, en absoluto, especialmente ante asuntos pavorosos como los que se describirán a continuación y ante cuya permanencia la sociedad no puede permanecer de brazos cruzados.
El asunto primordial de la crueldad del madurismo y del chavismo en general, por ejemplo. ¿Esperamos la promesa de la transición, mientras la maldad se sigue enseñoreando sobre la sociedad? ¿Dejamos que los flageladores y los inhumanos y los individuos monstruosos y los sujetos de mala índole sigan en su reino, porque se debe atender el reloj de los tránsitos civilizados? Malas noticias para los pronosticadores: la desaparición de ese mal no se puede programar desde las alturas, ni analizar en seminarios juiciosos, porque la solución no se encuentra en esa escala tan empinada ni en lo que determinen las élites. Que la vejación de la sociedad termine no es ni puede ser un asunto de negociación, sino un propósito firme de la sociedad que no puede esperar. Entre otras cosas porque los torturadores no están sentados en la puerta de las ergástulas a la espera de salvoconducto, y porque, en especial, no se merecen la espera. Lo peor es que, mientras miran el panorama o exigen condescendencia, siguen haciendo la faena para no perder entrenamiento. ¿Conceder cortesías a un elenco de engendros? El daño que nos han hecho es de tal magnitud, la sevicia de su conducta ha sido tan escandalosa, tan dolorosa, tan extendida por todos los rincones, que solo cabe la urgencia de expulsarlos de su dominio.
Los testimonios sobre las aberraciones sucedidas en las cárceles del régimen desde el tiempo de Chávez son abundantes y cuentan con amplia documentación de respaldo. Son tan escandalosos los casos de muerte violenta, de tormento de prisioneros, violaciones sexuales, persecución de familiares pacíficos y de otro tipo de vejaciones, que organismos como la Corte Penal Internacional y la Corte Internacional de Justicia los señalan ya como crímenes de lesa humanidad. En los archivos de las valientes ONG que trabajan en Venezuela, abundan las evidencias sobre un derramamiento de sangre que pocas veces ha sufrido el país. Parece excesiva tal afirmación en la tierra que ha padecido las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez, célebres por su anhelo de reinar en un inmenso y temido campo de concentración, pero son hechos concretos que se pueden rastrear con facilidad. Por si fuera poco, las persecuciones sucedidas a partir de las protestas llevadas a cabo después de la consumación del fraude contra la elección de Edmundo González Urrutia aumentaron el expediente de la crueldad, hasta llegar al cometido de sembrar pánico generalizado en la ciudadanía. Hasta se solazaron en el arresto de adolescentes gritones, o de viandantes alejados de la política. Así es, tal cual, la pavorosa situación. Sin atenuantes, sin alternativa de discusión, con miles de testigos, y apenas ha variado unos milímetros en los últimos días con una excarcelación cuidadosamente dosificada para maquillar al endriago.
No es un problema que podamos dejarle a la posteridad. Todo lo contrario: debe ser el resorte a través de cuya fuerza sacie la sociedad su sed de justicia sin que nadie le ponga el valladar de los cronómetros, o debido a cuya incitación demuestre que está viva. Es un llamado general, desde luego, pero especialmente remitido a las instituciones que han tratado de orientar la vida venezolana desde la segunda mitad del siglo pasado: los partidos políticos, las universidades, las organizaciones estudiantiles, los sindicatos, las academias, los gremios profesionales, los intelectuales que quieren continuar en su oficio, la prensa renacida, los maestros de los liceos, los médicos de la gente, las cabezas de la iglesia y los curas cercanos a la feligresía. U otros más que pueden agregar los lectores. En lugar de ponernos a esperar tiempos mejores, debemos dar el primer paso para su realización partiendo de una encomienda urgente: librarnos de los oficiantes de la crueldad, antes de que el silencio o la apatía nos echen de la historia. Después hablamos de transición.
Pero vaya la invitación con dos advertencias previas: 1: los jefes de los torturadores quedaron a cargo después del bombardeo de 3 de enero, por decisión del presidente Trump; 2: Trump simpatiza con la fuerza bruta, como demuestran su encarnizada persecución de inmigrantes y la simpatía que le generan los tratos del magnánimo Bukele a sus prisioneros. ¡Madre nuestra de Coromoto!