
Sobre puentes y tratamientos
A través del humor, la anécdota histórica y la ironía más venezolana, este texto describe el clima moral y político del país: un poder que administra el desastre sin asumir responsabilidades, una sociedad atrapada entre la confusión y la resignación, y una cultura política donde el cinismo reemplazó a la ética.
Cuentan que a Páez —único presidente venezolano en escribir una autobiografía sobre el drama del poder— le tomó su tiempo pasar de la bravura llanera a la sofisticación de un hombre refinado y culto.
Los inicios de la recién conquistada Independencia fueron años de penuria y había mucha flatulencia generada por una dieta de frijoles y repollo. Eran ciertamente inaguantables y, cuando brotaban exponenciados por entre las amplias crinolinas de las damas antañonas, con menos musculatura para la contención, había la costumbre de que un caballero asumiera la culpa y, pidiendo excusas bajando su mentón, se retirara del corro, ese cerco que forma la gente para hablar y solazarse.
Esta sería una de las primeras lecciones de Bolívar a Páez, y lo hizo retirándose con elegante discreción ante un percance evidentemente femenino. El general Páez, conmovido por aquel caballeroso gesto, estaba deseoso de también demostrar su refinamiento, y, al siguiente incidente, cuando el aroma apenas ascendía desde los brocados del faldón, exclamó quizás con excesivo orgullo:
—¡El peo de esta dama, corre por mi cuenta!
No he resistido la tentación de echar este vulgar cuento, tan viejo como ordinario, porque siento que se ha convertido en una política del nuevo gobierno. Los roles se han invertido y ahora es una dama quien proclama que los desmadres de Maduro “corren por su cuenta”, una acrobática manera de establecer, de deslindar, lo que es responsabilidad del gobierno, pero no su culpa.
Hay una universalidad en el término que ha encontrado fuertes raíces en Venezuela, quizás por lo que tiene de esperanzador. La expresión “¡Qué cagada!” supone un hecho concreto y cumplido, en cambio, “¡Qué peo!” es un drama que aún no concluye y podría resolverse.
Recuerdo una tremenda celebración en un inmenso galpón por Higuerote, en medio de un chaparrón que hacía vibrar la cubierta de zinc. En la inauguración de la fiesta le pidieron a la reina de carnaval que le brindara unas palabras al pueblo que la eligió. El micrófono funcionaba y la reina tenía fuelle. Sus breves palabras causaron una alegre conmoción:
—¡Yo lo que quiero es que no haiga peo!
Es lo que todos queremos, pero hay casos más íntimos, como el de un amigo al que le dio por decirle a su mujer:
—Mi amor, sírveme un whiskysito antes de que se arme el peo.
Y se lo sirvieron con destreza, pero sin cariño. Y menos aún el segundo, hasta que a la tercera pedida la esposa exclamó:
—¡Pero tú que te has creído! ¡Imbécil! ¡Esclavista!
Y el marido respondió con voz amorosa y comprensiva:
—¿Te das cuenta mi amor? Ya se armó el peo.
Retornando a la situación nacional, quisiera intentar describirles cómo me siento. He hurgado en mi vida y buscando referencias no solo he llegado a mi infancia, también a la de mis nietos. Al mayor, que ya tiene 25 años, lo llevamos cuando tenía unos seis a celebrar su cumpleaños en un restaurante chino. Ese era su sueño, su fantasía, y buscamos al más oriental, uno de Bello Monte que tenía hasta un puente de juncos. Recuerdo que estaba tan vacío que me sentí en el escenario de un teatro, más aún cuando llegó a nuestra mesa un joven mesonero que se acababa de bajar del barco y comenzó a describir los platos. En el silencio del restaurante, donde solo se escuchaba las ofertas que no estaban en el menú y el agua que corría bajo el puente, observé a mi nieto serísimo, atento, tieso, hasta que, abriendo los brazos exclamó en un castellano precioso, pero con excesivo volumen:
—¡Yo no entiendo nada!
Esta me temo que será mi sincera consigna personal en este período de nuestra historia.
La otra opción posible la escuché de una dama muy bella, y muy jovencita, que se había casado con un hombre bastante viejo y demasiado rico. Una amiga insistía en preguntarle que cómo hacían, y tanto insistió que le revelaron el secreto:
—Estamos en tratamiento.
Y, como siempre conviene saber de estas cuitas sexuales, la amiga insistió:
—Cuéntame, ¿en qué consiste?
—Él trata y yo miento.
Así andamos, tratando de comprender las mentiras, los robos fantásticos, inmensurables, o más bien maravillados ante la capacidad de mentir sin piedad, ni sentido, ni esperanza.
El caso es que cada quien tendrá su consigna y capacidad de aguante. Mientras tanto, escuchemos la proclamación o el suspiro de quien ha sido expresidente y coreógrafo desde julio del 2024:
—¡Que me quiten lo bailao!