Demoler al Estado chavista es la tarea

No habrá transición democrática en Venezuela sin desmontar el Estado chavista. La liberación de presos políticos, las promesas electorales y la reactivación petrolera pueden ser pasos necesarios, pero no bastan si el mismo aparato corrupto y autoritario sigue controlando las instituciones.

Aunque por distintos caminos de pensamiento, hay una idea sobre la cual comienza a haber consenso: la necesidad de desmontar la estructura corrupta y violadora de derechos humanos sobre la que se ha basado el chavismo en el ejercicio del poder. Algunos, por intereses o convicciones, lo expresan con timidez y reparos. Como para no molestar. Pero hay que decirlo claramente: esto hay que echarlo abajo. 

Estamos en un momento en el que todo parece depender de planes que se definen en Washington. Y ciertamente, en buena medida es así. Esto plantea un reto a la oposición y a la sociedad civil: que la agenda democrática esté acompasada con la petrolera y la de los negocios. 

No habrá democracia si el chavismo mantiene el control del Estado. No la habrá si la misma gente se recicla y se mueve de un despacho a otro conservando el manejo de todos los ministerios, las instituciones, los organismos públicos y el sistema populista, arbitrario y clientelar de ese tejido al que llaman poder comunal.  

Seguramente habrá negocios. Siempre los ha habido para la élite que se engendró al amparo de la corrupción cívico-militar. Seguramente la actividad petrolera responderá a las expectativas de la Casa Blanca. Pero sin demoler al Estado chavista, el sueño de un giro, de una verdadera transición a la democracia, se desvanece. 

En esta fase, es verdad que se habla de gestos necesarios como la liberación de los presos políticos, un proceso que se ha venido desarrollando pero con la crueldad y la saña característica de los carceleros oficialistas. También se habla de una elección a futuro en la que cada vez parece contar menos la voluntad popular expresada en los votos del 28 de julio de 2024. Y aún así, que haya una posibilidad electoral en el horizonte seguirá siendo una buena perspectiva. 

Pero hay que volver a la urgencia: desarticular el control que ejerce la casta política dominante desde hace más de 25 años sobre el organismo electoral, sobre el poder judicial, el parlamento, las fuerzas armadas y policiales. Y de momento, lo que vemos es a una presidenta encargada que, si bien parece estar acatando líneas maestras impuestas en asuntos como el petróleo, al mismo tiempo mueve sus piezas para rodearse de aliados y asegurarse el control. Es otra gente, pero es la misma. 

Se entiende que la de Delcy Rodríguez es una figura necesaria hoy. No hay que subestimarla. Ni Trump, ni Marco Rubio deberían subestimarla. Ha quedado claro que la posibilidad de asegurar el “día después” de la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores se pactó con ella y su entorno. Sin esa garantía, probablemente no se hubiese concretado la intervención militar. O al menos no como ocurrió. 

Que Delcy Rodríguez opere bajo el tutelaje de Washington, sin embargo, no puede ser excusa para asumir que las fuerzas democráticas del país queden al margen, como espectadores sin voz. Al contrario. La oposición –la verdadera- tiene un rol vital en el proceso. Le corresponde hacer valer la legitimidad que le dio el pueblo con sus votos el 28 de julio. 

Y esto puede hacerse cordialmente, como hasta ahora, pero con presión. ¿Presionar a Trump es posible? Ya se verá. Las herramientas están. Y no es un rol que solo le corresponda María Corina Machado, que ha sido quien ha encabezado la estrategia política interna que nos trajo a este escenario.

Toda la dirigencia y la sociedad civil debe enfocarse en esto. Apostar al fracaso de la estrategia de Machado equivale a hacerlo por el fracaso del país. A todos nos corresponde empujar las reformas que el país requiere para llegar a la democracia. Nos toca, desde nuestras posibilidades y lugares, forzar a Delcy Rodríguez a demostrar si está “colaborando” como dijo el presidente Trump o no. Y que esa colaboración apunte a la democratización, no a atornillarse en el poder, ese gen maligno inscrito en el ADN del chavismo. 

Machado está haciendo su parte. Hoy ha asumido una intensa agenda en Washington con el objetivo de lograr el retorno de la democracia a Venezuela. Eso explica incluso el cuestionado gesto de la entrega de la medalla del Nobel como un símbolo de lo que se aspira lograr. 

La ceguera ideológica y la animadversión personal de unos cuantos, no les deja ver la dimensión estratégica del hecho. Por distintas fuentes pudimos conocer que esta idea salió desde la oficina del influyente congresista de Florida Rick Scott, con quien Machado lleva años de relación y quien, además, es un personaje muy cercano al jefe de la Casa Blanca.

Scott le sugirió a Machado materializar el gesto con el objetivo vital de concretar el encuentro con Trump. Una reunión necesaria, a puerta cerrada como fue, para estrechar el vínculo y lograr una impresión directa acorde con lo que representa su figura y su accionar político en Venezuela. 

¿Entonces fue una especie de chantaje? No, esto no va por ahí, es un tema de intereses. EEUU está manejando a Venezuela con un pragmatismo que pudiera implicar riesgos de cara al futuro y Machado sabía que debía hacer lo que estuviera a su alcance para influir a otro nivel en el proceso que está en desarrollo. Y la idea fue exitosa. En el cara a cara, Trump tuvo la oportunidad de calibrar mejor a su interlocutora y pudo conocer una dimensión más próxima y realista de lo que ocurre en el país bajo el régimen chavista. Una visión más precisa y emotiva que la de cualquiera de los informes que pueda haber recibido hasta entonces. 

Y eso es mucho más valioso que una medalla, aunque sea de oro. 

A estas alturas, las discusiones en torno al gesto, son fútiles. Lo que corresponde es acompañar el objetivo de alcanzar la verdadera libertad, de reconstruir la democracia y blindarla. Y para eso, como ya se dijo aquí, hay que demoler gradualmente el andamiaje corrupto y autoritario que levantó el chavismo. No es tarea fácil, pero empecemos por plantearlo sin remilgos. En la larga y desoladora lucha contra este sistema oprobioso, no ha habido un mejor momento. 

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.