
Delcy Eloína, la CIA y el Estado del disimulo
Mientras se habla de soberanía y dignidad, Delcy Rodríguez se reúne con el director de la CIA en territorio venezolano. La imagen no es anecdótica: revela el nivel de sumisión de una administración interina que ejecuta, sin admitirlo, el desmontaje del poder chavista.
Alguien comentó en X que las dos cosas más raras que ha visto desde el 3 de enero son un Farmatodo cerrado y la reunión de Delcy Rodríguez con el director de la CIA. Hechos curiosos, por decir lo menos. Y comparten un origen: son consecuencia de las acciones militares de Estados Unidos que hoy tienen a Nicolás Maduro y a Cilia Flores encarcelados y esperando juicio.
Lo del Farmatodo tiene una explicación sencilla: las compras nerviosas de los venezolanos en pleno shock tras una madrugada de helicópteros, drones y bombardeos. Lo otro, el apretón de manos entre la presidenta encargada —conspicua representante de la casta “revolucionaria” y “antiimperialista”— y John Ratcliffe, hay que digerirlo de a poco.
No porque no se entienda, sino para disfrutar el momento.
Con el mismo traje de ese curioso color resaltador Sharpie que utilizó durante la presentación ante la Asamblea Nacional de la Memoria y Cuenta 2025, en cuyo discurso habló de “dar la batalla diplomática” y de soberanía y dignidad, Delcy Eloína Rodríguez acudió presta y solícita al encuentro con el director de la CIA en territorio venezolano. Apenas tuvo tiempo de cambiar los tacones a juego por unos zapatos deportivos…
Esa imagen de Delcy Eloína junto a uno de los hombres que —apenas doce días atrás— coordinó la operación de extracción del camarada Maduro no la esperábamos. Al menos, no tan pronto. Y constituye un golpe tremendo, una muestra del nivel de sumisión de esta administración temporal, que hace esfuerzos por disimular la tarea impuesta: desmontar la estructura de poder del chavismo. De manera gradual, pero sin pausa. Haciéndose los locos en el discurso, tratando de convencer a la base militante de que no es así. Como la infiel de la pareja capturada en un momento comprometedor: no es lo que tú piensas, no es lo que parece.
La noticia de la reunión la dio primero The New York Times el viernes 16 de enero. La presenta como un encuentro de carácter diplomático, que refuerza la idea de la Casa Blanca de que Delcy Eloína es una figura “moderada” con la que se pueden entender en este momento en el que la prioridad es mantener el país en calma y hacer los ajustes necesarios para que fluyan los negocios petroleros. El redactor del NYT llega a decir, incluso, que “la visita de alto nivel de Ratcliffe y el mensaje de cooperación podrían verse como una especie de desaire a la oposición”.
La foto circuló unas horas más tarde. La filtró la misma agencia de inteligencia. Podría ser con la intención de golpear el ego revolucionario y socialista de la hija del marxista secuestrador de William Niehous. Podría ser también una manera de exponerla, de decir sin decir: “ella está con nosotros, a pesar de su discurso”. Una forma de “marcarla”, de señalar que ella fue, que ella —que en 2018 dirigió el Sebin— es quien traiciona el “legado” del comandante. Tal vez una provocación para alimentar las sospechas en el círculo de poder, clavar otra espina para forzar el quiebre. Un gesto de regodeo del tipo aquí mandamos nosotros. O todas las anteriores.
“Durante la reunión en Caracas, el director Ratcliffe abordó las posibles oportunidades de colaboración económica y señaló que Venezuela ya no puede ser un refugio seguro para los adversarios de EE. UU., especialmente los narcotraficantes”, le dijo una fuente anónima a la BBC. La CIA también disimula, aunque, cuando le conviene, no tanto.
La versión más extendida es que el insólito cónclave se dio en Caracas. Otra, más razonable —está en el diario Tal Cual—, asegura que fue en la famosa Rampa 4 del aeropuerto de Maiquetía, donde —al parecer— los aviones estadounidenses entran y salen a placer. Unos dicen que fue breve; la BBC dice que duró dos horas.
En todo caso, el director de la CIA y la mandataria interina tuvieron su reunión de trabajo casi al mismo tiempo que María Corina Machado y Donald Trump tenían la suya en Washington. Esto no puede ser una coincidencia. Machado fue a agradecer el apoyo y Ratcliffe vino a girar instrucciones.
Los opinadores de la izquierda global optaron igualmente por el disimulo: prefieren cebarse en la crítica destructiva contra el gesto simbólico de Machado y, en las últimas 48 horas, no han parado de cuestionar de todas las maneras posibles la entrega de la medalla del Nobel. Eso es más sencillo que procesar la idea de que una de las suyas, quien fuera vicepresidenta de Maduro, hoy reciba en zapatos deportivos al gran jefazo de la CIA.