
Jay Kelly: los problemas de un hombre que no entra en el promedio
Con grandes momentos —especialmente sus flashbacks—, la película deja una sensación persistente: vale la pena verla, pero pudo haber sido mucho más de lo que terminó siendo.
Noah Baumbach es un cineasta con un tono muy específico. Pertenece al legado de directores como Woody Allen, que crean historias con un diálogo muy característico y poco naturalista. Las críticas por la falta de realismo suelen ser erradas, pues malentienden el propósito: de poco sirve criticar algo por “poco realista” si el realismo nunca fue un objetivo que este estilo de diálogo se propuso alcanzar.
Tienden a ser narrativas de personajes de clase media, de una cierta índole privilegiada de la sociedad, que, a pesar de su aparente comodidad, se encuentran viviendo un momento particularmente difícil y complicado en sus vidas. Jay Kelly descarta los problemas de la clase media para centrarse en la clase alta, en un filme metaficcional protagonizado por —y en parte acerca de— George Clooney.
Jay Kelly (George Clooney) es una superestrella de cine. Ha obtenido una cantidad increíble de popularidad, dinero y respeto artístico a lo largo de su carrera. Pero no tiene una familia estable. No tiene pareja, y su conexión con sus hijas es dudosa. Su hija mayor, Jessica, lo culpa por haberla abandonado para empezar su carrera cinematográfica, y su hija menor, Daisy, se encuentra cerrando un momento importante de su vida: el final de su adolescencia. Jessica no quiere pasar más tiempo con Jay y decide irse de vacaciones a Europa en su último verano antes de la universidad.
Cuando Jay se entera de que ella estará en un festival de jazz en Francia, abandona sus planes de iniciar el rodaje de su siguiente película y la persigue a Europa. Acompañando a Jay se encuentra su séquito de maquilladoras, estilistas, agentes y managers. Los de mayor importancia son Ron (Adam Sandler) y Liz (Laura Dern), quienes se encuentran frustrados con el espíritu egoísta de Jay, que los obliga a vivir una vida secundaria a la de él, sin lograr conseguir la verdadera estabilidad que desean.
Jay es un personaje frustrante, por todo lo que personifica. Las estrellas de Hollywood que llegan a ese nivel —argumenta la película— viven vidas exageradamente cómodas. No es solamente que tienen dinero y, por lo tanto, pueden hacer lo que quieran. Es que tienen una órbita de personas a su alrededor que existen únicamente para cumplir los deseos de la estrella de cine. En el caso de Jay, él sostiene que Ron y Liz son sus amigos más cercanos, pero, al final del día, antes de ser amigos, son sus empleados.
Por ello, Ron no es capaz de desarrollar una relación de amistad normal con Jay: el dinero siempre está de por medio. Los cambios de opinión de Jay descarrilan todos los planes que se han establecido cuidadosamente a su alrededor, e irónicamente estos mismos planes son precisamente lo que frustra a Jay. Se ha transformado en una persona dependiente de otros, incapaz de vivir la vida de forma espontánea. Su viaje a Europa es, en gran parte, un intento de recuperar esa independencia.
Mientras viaja por Europa, vemos cómo Jay entra en “flashbacks” de su vida: las clases de actuación en las que inició su práctica del arte, su primera audición, su primer gran rol. Estos flashbacks son lo mejor que ofrece la película. Ocurren sin transiciones de escena, de una forma bastante surreal, parecida a un sueño. Vemos a Jay observar los eventos de su vida y, gracias a estos recuerdos, surgen reflexiones que no son necesariamente positivas.
La introspección, argumenta Jay Kelly, no trae necesariamente buenos resultados para las personas a tu alrededor. Estas secuencias representan, en gran parte, un colapso de la vida interior de Jay, que le genera melancolía y dudas en un momento especialmente vulnerable.
A Jay Kelly le hace falta algo en su vida, y a Jay Kelly, el filme, le hace falta algo también. La película deja la sensación de que pudo haber sido algo mejor. Quizás sea que la subtrama de Ron y Liz, a pesar de tener una relación importante con la temática central del egoísmo de Jay, resulta melodramática y un poco cliché. Quizás sea el hecho de que la mejor secuencia del filme es cuando Jay y su grupo se suben a un tren en Francia, dejándonos con la sensación de que toda la historia pudo haber tenido lugar allí. O quizás sea que el estilo estético y carismático de Baumbach no fue suficiente para elevar este relato.
Es una película que vale la pena ver, pero pudo haber sido mucho más de lo que terminó siendo.