La FANB que nunca disparó: el día que el chavismo quedó desnudo

Durante décadas, el chavismo construyó una épica militar basada en consignas, desfiles y enemigos imaginarios. Pero cuando el poder fue tocado de verdad, no hubo respuesta. No fue prudencia ni estrategia: fue una confesión.

Les bombardearon el país, le sacaron al jefe como quien retira una maleta extraviada y, horas después, salieron a hablar. No con tanques, no con aviones, no con la furia prometida durante años, sino con comunicados tibios y caras largas, escoltados más por la soledad del miedo, la duda y el cálculo que por la gloria militar juraban encarnar. El chavismo, que había ensayado durante décadas la guerra en discursos y desfiles, descubrió de pronto que su épica no resistía un golpe real. Y la Fuerza Armada, esa que se decía invencible, apareció sola, desnuda de balas y saturada de silencios, como si la patria hubiese sido atacada en otra parte o como si defenderla ya no valiera el riesgo de arruinar negociaciones que otros, muy arriba, ya tenían bastante avanzadas.

Durante años se fabricaron una FANB de utilería. No una institución profesional, sino un mito televisado. Guerra asimétrica, milicias infinitas, pueblo dispuesto a morir en sandalias por la soberanía. Los generales aprendieron a declamar consignas como poetas de pacotilla y a desfilar como actores de reparto. Todo estaba diseñado para un enemigo imaginario. No para el día en que el poder fuera tocado en serio.

Cuando ese día llegó, la doctrina se evaporó. La épica se deshizo. Y la “guerra” terminó reducida a un comunicado leído con voz grave y manos temblorosas.

No fue una derrota militar; para eso tendría que haber habido combate. Fue algo peor: una confesión. Un Estado secuestrado por una organización del crimen transnacional que se declara atacado y no responde no está siendo prudente, está siendo desmentido por sus propios hechos. O no puede defenderse, o no quiere hacerlo, o fueron traicionados por algunos de sus socios del crimen. En cualquier caso, el mensaje es el mismo: la soberanía es un eslogan para encubrir las dialécticas criminalísticas.

La FANB, tan valiente frente a civiles desarmados, descubrió de pronto que su función real no era enfrentar imperios, sino controlar el orden interno de capos y custodiar a un poder que ya no se cree su propia propaganda.

Las explicaciones circulan. Que no había capacidad real. Que la cadena de mando es una ficción decorativa. Que alguien decidió no mover una sola pieza para no perderlo todo. Todas son plausibles. Todas son devastadoras. Si fue incapacidad, mintieron. Si fue fractura, perdieron el control. Si fue acuerdo, traicionaron cada consigna jurada hasta la muerte. En ninguna hay honor. Solo cálculo.

El golpe más profundo no fue externo. Fue simbólico. El día que la FANB no disparó, el miedo cambió de bando. El soldado entendió que la guerra siempre fue retórica y que, si corría sangre, no sería la de los que mandan. La épica quedó colgando como una bandera vieja: demasiado gastada para intimidar y demasiado sucia para inspirar. Desde entonces, cada desfile es una parodia y cada consigna una mueca.

Pero lo más corrosivo no fue el silencio. Fue la calma de los de arriba. Mientras se invoca a la patria, ellos calculan, negocian y esperan. No se exponen. No se apresuran. La historia es clara: cuando las élites hablan de sacrificio, casi nunca se refieren al propio. El sacrificio es delegable. Se cobra abajo.

Aquí la ironía se vuelve obscena. Se entrenó a hombres para morir por una “revolución” que, llegado el momento, no estuvo dispuesta a morir por sí misma. Se exigió lealtad absoluta y se ofreció una verdad a medias. En política, cuando el poder empieza a negociar su futuro, rara vez incluye en el trato a quienes sostuvieron el relato con el cuerpo.

Y este es el murmullo que empieza a recorrer los cuarteles: cuando llegue la próxima crisis —porque siempre hay una próxima—, ¿quién pagará la cuenta? La experiencia enseña que los pactos se firman arriba y las consecuencias se ejecutan abajo. Los mismos que hoy llaman a la calma exigirán disciplina mañana. Entonces, la épica volverá a ser útil, pero solo para empujar a otros al borde.

Soldados, suboficiales, cuadros medios: recuerden este día sin disparos. Recuerden quiénes prometieron guerra y administraron silencio. Los dejaron solos; se llevaron a su jefe sin resistencia. Eso también es una orden, aunque no figure en ningún reglamento. La historia no castiga al que duda, castiga al que obedece cuando el poder ya está pensando en salvarse. Porque cuando llegue la hora de señalar responsables, el dedo no apuntará a los despachos alfombrados, sino a los patios de los cuarteles. Allí se decide quién manda el relato y quién vuelve a ser, una vez más, la carne muda de una historia negociada por otros.

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