La transición posible

La captura de Maduro desnudó una verdad incómoda: el régimen era una estructura criminal sostenida por propaganda, miedo y simulación militar. Cuando enfrentó poder real, se derrumbó. Hoy el desafío es el tiempo. Exigir presos políticos libres, medios abiertos y elecciones reales. Sin eso, no hay transición: hay administración del colapso. La libertad no se negocia. Se alcanza.

Este texto trata sobre el presente inmediato de Venezuela, pero sobre todo sobre el tramo histórico que estamos comenzando a transitar. Es, también, un texto escrito desde la experiencia acumulada de años de advertencias ignoradas, de análisis que muchos prefirieron llamar alarmistas y de una convicción sostenida: el chavismo no iba a salir del poder por voluntad propia, ni mediante concesiones retóricas, ni a través de simulacros electorales. Nada de lo que hoy ocurre puede entenderse sin una premisa básica: llegamos hasta aquí no solo por la brutalidad de una tiranía criminal, sino porque, frente a esa barbarie, una sociedad entera decidió no rendirse. Resistió. Marchó. Denunció. Votó. Protegió su voto. Demostró su victoria. Venezuela fue devastada por la peste roja, pero no fue arrodillada ni vencida.

El punto de quiebre: cuando la transición fue negada

Conviene subrayarlo sin eufemismos: si hoy Venezuela atraviesa este escenario extraordinario es porque la cúpula chavista decidió conscientemente clausurar cualquier vía de salida negociada. No fue falta de oportunidades, fue una elección política.

El origen inmediato de esta nueva etapa es político y jurídico antes que militar. La narcotiranía de Nicolás Maduro se negó deliberadamente a iniciar una transición aun después de haber perdido las elecciones presidenciales por casi cuarenta puntos, y aun con el mayor despliegue militar estadounidense en el hemisferio en décadas frente a las costas venezolanas. Subestimaron el escenario, apostaron al desgaste y activaron a su red de propagandistas, lobistas y siervos para repetir que todo era “humo”, que todo era un bluff. Que nada ocurriría. Que Maduro se quedaría indefinidamente en el poder. Fallaron en el diagnóstico (o la propaganda) y pagaron el precio.

Lo que ocurrió en la madrugada del 3 de enero marca un parteaguas histórico. Explosiones, sobrevuelos, apagones y movimientos coordinados en Caracas, La Guaira e Higuerote fueron la antesala de un hecho sin precedentes: la captura y extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores, confirmada por el propio presidente de Estados Unidos. La operación, ejecutada por fuerzas de operaciones especiales, no fue simbólica ni demostrativa: fue quirúrgica, rápida y concluyente.

Desde una perspectiva realista, el mensaje fue inequívoco: el régimen dejó de ser un problema interno venezolano para consolidarse, definitivamente, como una amenaza estratégica hemisférica.

El chavismo desnudo: poder sin mando, fuerza sin respuesta

Aquí aparece uno de los elementos más reveladores e incómodos de todo este proceso: la humillación pública del poder militar chavista. No una humillación simbólica, sino operativa, estratégica y moral.

Las horas posteriores fueron reveladoras. La imagen de Vladimir Padrino López junto al alto mando militar resume el colapso institucional. No habló de bajas. No explicó cómo evitarán que algo similar vuelva a ocurrir. No anunció doctrina, ni respuesta, ni defensa. Simplemente acató las advertencias de Donald Trump (en referencia directa a Delcy Rodríguez) y desplazó su retórica hacia amenazas veladas contra la ciudadanía.

Ese silencio no es casual: es estructural. La Fuerza Armada Nacional fue deliberadamente vaciada de profesionalismo, autonomía y capacidad estratégica durante más de dos décadas. El adjetivo “Bolivariana” no la fortaleció; la quebró. La politizó, la corrompió y la subordinó a una lógica de cartel. Frente a un actor estatal con poder real, la supuesta preparación para enfrentar al “imperio” se reveló como una ficción propagandística.

Ni los mandos venezolanos ni el anillo de seguridad cubano respondieron. No pudieron o no quisieron. En términos de teoría del poder, el chavismo conservaba control territorial parcial, pero había perdido el monopolio efectivo de la coerción frente a un actor externo decidido.

El corolario Trump y Venezuela como nodo estratégico

Nada de lo ocurrido puede entenderse sin esta clave. Lo advertí semanas atrás, por escrito, cuando analicé el nuevo marco doctrinario de Washington: Venezuela dejó de ser vista como un problema latinoamericano para convertirse en una pieza del tablero global.

Nada de esto ocurre en el vacío. Semanas antes advertí que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos reposiciona al Caribe como eje central del poder global y define a Venezuela como un hub criminal hemisférico imposible de ignorar. En esa doctrina (el corolario Trump) no hay compatibilidad posible con un régimen que articula narcotráfico, terrorismo, potencias extrahemisféricas y colapso estatal.

Desde el realismo clásico, Estados Unidos actuó conforme a sus intereses estratégicos: seguridad, energía, control de rutas ilícitas y disuasión regional. La legitimidad política de la acción se ancló en un dato incuestionable: el chavismo no era un gobierno, sino la jefatura de una organización criminal transnacional.

La transición posible: tutelada, incómoda y necesaria

Con Maduro fuera del tablero, la pregunta central no es si hay transición, sino qué tipo de transición. La respuesta, incómoda pero realista, es que estamos ante una transición posible, no deseada. Una transición bajo tutela, diseñada para evitar el vacío inmediato de poder y garantizar control del día después.

Delcy Rodríguez no gobierna: administra bajo coerción. No concentra poder real, no se mueve libremente y enfrenta una amenaza explícita de consecuencias mayores si desobedece. Su función es instrumental. El final del chavismo no será épico ni heroico: será burocrático y humillante. Una entrega progresiva del poder por parte de una cúpula reducida a ejecutora de decisiones ajenas, tras haber quedado expuesta como lo que siempre fue.

En política, las caídas no siempre son grandilocuentes. A veces son simplemente inevitables.

Fragmentación interna y miedo

Este punto suele subestimarse, pero es central: el chavismo, como toda organización criminal jerárquica, se sostiene mientras la cadena de lealtades permanece intacta. Esa cadena se rompió.

El dato clave hacia adentro del régimen es la desconfianza absoluta. Diosdado Cabello, Padrino López, Carmen Meléndez y el resto saben que alguien entregó a Maduro. No saben quiénes más participaron. No saben quién será el próximo. Esa incertidumbre es corrosiva. La cohesión interna, elemento central de cualquier régimen autoritario, está rota.

Desde la teoría de los regímenes, el chavismo entra en una fase de colapso por fragmentación, donde el miedo sustituye a la disciplina y la supervivencia individual reemplaza al proyecto colectivo.

Liderazgo democrático y el problema del tiempo

Aquí es donde el análisis se vuelve más áspero y menos complaciente. No alcanza con tener razón histórica ni legitimidad moral. El poder, incluso el poder democrático, debe construirse y ejercerse.

Edmundo González es el presidente electo. El 28 de julio es el fundamento jurídico y político de todo lo que ocurre hoy. Pero no tiene (todavía) la capacidad material para ejercer el poder. María Corina Machado, en cambio, concentra liderazgo, legitimidad social y proyección histórica. No compiten: cumplen roles distintos.

La preservación de Machado no es casual. El costo del trabajo “sucio” de la transición recae hoy en la estructura derrotada del régimen. La transición limpia debe desembocar en elecciones reales. Allí el resultado es evidente. Y será, además, lo más beneficioso para Estados Unidos (y el mundo). Nadie puede generar mayor confianza que una líder liberal, demócrata, transparente, con un plan claro, un equipo armado y con la legitimidad de un pueblo que la ha ungido como líder no de un proceso político sino de un movimiento social. Ella, la Nobel de la Paz.

El principal enemigo es el tiempo. Cada día sin avances concretos es un riesgo. Por eso las exigencias son claras e inmediatas: liberación total de presos políticos, desbloqueo de medios y redes, retorno del exilio, garantías políticas reales. Sin eso, no hay transición; hay administración del colapso. Y nuestro rol fundamental es presionar para ello. Es retar al chavismo.

Medios, hipocresía y la exclusión de los venezolanos

Este apartado no es accesorio. Es político. Y es necesario decirlo con claridad, aunque incomode a comunicadores y redacciones internacionales.

Buena parte del periodismo internacional ha fallado de forma estrepitosa en su lectura de Venezuela. Hablan de “derecho internacional” ignorando violaciones sistemáticas y continuadas; hablan de “derechos humanos” sin mencionar, ni una sola vez, a los presos políticos; hablan de “injerencia” mientras ocultan deliberadamente la co-gobernanza cubana, rusa, iraní y china, así como la presencia operativa de las FARC, el ELN, Hezbollah y cárteles regionales en amplias zonas del país.

Pero lo más grave no es lo que dicen, sino a quiénes excluyen. Excluyen a los venezolanos. No registran el júbilo silencioso dentro del país ni la catarsis del exilio. No les importó el sufrimiento acumulado durante años de represión, tortura, exilio y muerte; y ahora tampoco les importa la liberación. Sin embargo, aplican una doble vara moral para exhibir indignación selectiva por la caída de un criminal, como si el problema hubiese sido la forma y no la naturaleza del régimen.

No les importa que nuestro mayor deseo sea la libertad. No una concesión, no una jaula más amplia, no un relevo cosmético. Libertad. Y que estemos dispuestos a alcanzarla, sea como sea.

No les importa porque, en realidad, nunca les importó nuestro sufrimiento. Pero ahora sí escriben largos textos indignados porque un tirano narcoterrorista y su esposa (igual de criminal) hayan sido capturados y extraídos del poder.

Desde luego, si a ellos no les importa lo que nosotros pensamos, deseamos y por lo que luchamos, a nosotros no nos importa lo que ellos digan. Mucho menos esa propaganda a favor del chavismo, disfrazada de periodismo, de legalidad y de humanidad.

Legitimidad, poder y libertad

Llegados a este punto, conviene volver a lo esencial y decirlo sin rodeos: Estados Unidos es necesario. Europa también. No pudimos solos y no podremos solos en la transición. Pero el país es nuestro. La legitimidad no la otorgan las potencias: la otorga la sociedad.

Hoy somos un país unido, pero todavía en cautela. Al fragmentado chavismo, por ahora, solo los une el espanto (como diría Jorge Luis Borges), pero a nosotros nos une el deseo de libertad.

No queremos una jaula más grande ni un capo (o capa) distinto. Queremos democracia. Lo decidimos. Y toda transición que no desemboque en eso será apenas una pausa.

Sigamos exigiendo con fuerza la liberación para todos los presos políticos, sin excepción. Y elecciones reales. Y siempre, siempre, tengamos el martillo en la mano, porque este muro lo vamos a terminar de romper.

Seremos libres.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.