
Taiwán: del azúcar a los semiconductores
Taiwán es uno de los casos más contundentes de política industrial exitosa del siglo XX y XXI. Pasó de ser una economía agrícola a convertirse en el corazón de la industria más sofisticada del planeta: los semiconductores.
Taiwán produce más del 60 % de los chips del mundo. Se trata de la industria más sofisticada del planeta, con un crecimiento cercano al 20 % anual y en aceleración constante. Pero no es solo una cuestión de market share. Las foundries taiwanesas son las únicas capaces de producir los chips más avanzados. Este es, probablemente, el caso de éxito más importante de la innovation policy en Taiwán.
En 1962, cuando SEAT ya producía 50.000 vehículos por año en su planta de la Zona Franca, Taiwán era una gran plantación de té y azúcar, con una renta per cápita similar a la de la República Democrática del Congo. Hoy controla el 60 % de la producción mundial de los semiconductores más sofisticados. En esa isla, que China ambiciona, se acumula conocimiento estratégico crítico para el desarrollo industrial del mundo. Si Taiwán hubiera hecho caso a los economistas ortodoxos y explotado su ventaja comparativa natural —en lugar de invertir estratégicamente en tecnologías exponenciales—, hoy seguiría exportando azúcar.
Es un caso que nos enseña la enorme importancia de la a menudo despreciada innovación incremental, y que derriba muchos mitos sobre el venture capital y la supuesta centralidad exclusiva de estar conectados con los grandes centros internacionales de talento. Taiwán cuenta con dos agencias de innovación: el Institute for Information Industry (III), con sede en Taipéi, y el Industrial Technology Research Institute (ITRI), ubicado en Hsinchu, al norte de la isla. La historia de los semiconductores es, en buena medida, la historia del ITRI.
El instituto fue creado por el gobierno taiwanés en 1973 por quien entonces era ministro de Economía —y luego primer ministro—, Sun Yun-suan. La localización puede parecer extraña, pero no es casual: está próximo a las dos mejores universidades de ingeniería del país, Chiao Tung y Tsing Hua. Su misión era actualizar la tecnología industrial de la región, transformarla en innovación y difundirla. En otras palabras, el Estado asumía la responsabilidad de la investigación industrial y la transfería a la industria, permitiendo que las empresas se concentraran en el desarrollo y la producción. Esta división del trabajo funcionó especialmente bien, dado que la industria de la época estaba compuesta mayoritariamente por pequeñas y medianas empresas sin capacidad para asumir por sí mismas los costos de investigación y desarrollo más complejos.
En los alrededores de Stanford, en Silicon Valley, surgieron las primeras concentraciones de conocimiento y producción de chips electrónicos. No fue un fenómeno espontáneo: el Valley es una gran plataforma de investigación aplicada, creada al calor de las inversiones estratégicas en defensa y espacio durante la Guerra Fría. Pero Asia tomó luego el relevo. Supo dominar la tecnología industrial de fabricación de semiconductores.
El modelo de desarrollo asiático, ensayado primero en Japón y posteriormente en Taiwán, Singapur, Corea del Sur y finalmente China, avanza de la industria a la ciencia mediante capas concéntricas que pivotan siempre sobre la industria. Primero, una industria básica —manufactura de textiles y calzado— con atracción de inversión extranjera gracias al bajo costo laboral. Luego, una fase de aprendizaje e incorporación de buenas prácticas de las empresas internacionales (incluida la copia de productos, como ocurrió en Japón durante los años setenta). Posteriormente, desarrollo de producto propio con apoyo institucional a la exportación.
A esto le sigue la investigación aplicada y, finalmente, el control de la ciencia fundamental. Así, la electrónica asiática ha pasado de cadenas de montaje low cost al dominio de la física de semiconductores en pocos años. De la industria básica al control de tecnologías estratégicas, sin solución de continuidad. De la innovación a la investigación, al revés del obsoleto modelo de I+D+i.
El milagro taiwanés se sustenta en una política industrial inteligente. En 1973 se fundó el ITRI y se inició la promoción intensiva de sectores de alta tecnología. En aquel momento, la industria taiwanesa estaba formada por pequeñas y medianas empresas sin músculo para abordar proyectos de I+D. En este contexto, el ITRI desplegó líneas de investigación aplicada junto con las empresas.
TSMC, hoy la principal corporación de semiconductores del mundo, fue una spin-off del ITRI. El físico Wu Maw-Kuen, considerado el padre del milagro tecnológico taiwanés, aconsejó concentrar los esfuerzos en el desarrollo de tecnología industrial de proceso, aprovechando la investigación básica realizada en otros países, como Estados Unidos. Un país es competitivo cuando logra situar a sus empresas en la frontera tecnológica; por eso, el 80 % de la investigación taiwanesa se desarrolla en la industria. A ello se suma el sustrato confuciano, con su énfasis en la excelencia educativa y en atraer al mejor talento a posiciones de servicio público. Hoy, los 40 kilómetros que separan Taipéi de Hsinchu conforman un auténtico gigaclúster de I+D y fabricación avanzada de chips de silicio.
La industria de los semiconductores es un buen ejemplo de cómo se produjo este proceso. Apenas un año después de la fundación del ITRI, Sun se reunió con directivos de la Radio Corporation of America (RCA), entonces líder estadounidense del sector, y juntos imaginaron las políticas de innovación necesarias para crear una industria de semiconductores en Taiwán. Parte del plan consistía en formar un grupo de expertos chino-estadounidenses que trabajaban en la industria en Estados Unidos, encargados de elaborar recomendaciones y supervisar las políticas aplicadas.
Gracias a la influencia de este grupo, en 1976 RCA transfirió al ITRI una tecnología que ya consideraba obsoleta. De hecho, RCA había decidido abandonar el mercado de los semiconductores, y para la empresa la transferencia representaba una oportunidad de obtener royalties a partir de la tecnología de 7 micrones, que pronto sería reemplazada por la de 2 micrones.
El siguiente paso fue enviar un grupo de ingenieros taiwaneses a RCA durante cerca de un año para formarse en la tecnología. Este equipo se convertiría más tarde en el embrión del dominio taiwanés en el sector. Con el tiempo, los ingenieros taiwaneses mejoraron la tecnología hasta obtener resultados superiores a los estadounidenses. Como consecuencia, las empresas norteamericanas comenzaron a comprar semiconductores a Taiwán para complementar su producción. Paralelamente, el gobierno taiwanés avanzaba en la creación de la infraestructura física y empresarial necesaria para consolidar la industria.
En 1978 se creó el Science and Technology Development Program, con dos objetivos principales. Primero, establecer un grupo de asesoramiento en ciencia y tecnología que reportara directamente al presidente de Taiwán. Segundo, desarrollar una infraestructura capaz de responder a las demandas de las industrias avanzadas. Este último proceso fue liderado por el rector de la Universidad de Tsing Hua, la principal institución tecnológica del país, y culminó con la creación del parque tecnológico de Hsinchu, inspirado en el modelo de Stanford.
A diferencia de Silicon Valley, Hsinchu evolucionó en sentido inverso. El parque concentró tres segmentos de la industria electrónica, desde el semiconductor hasta el componente listo para ensamblar ordenadores. Conseguir capital privado para fundar la primera empresa de semiconductores —hasta entonces un grupo interno del ITRI— no fue sencillo. Finalmente, el director del grupo y varios ingenieros presentaron un plan al Ministerio de Industria, que forzó la participación de empresas privadas.
Así nació UMC, hoy la segunda empresa de semiconductores del mundo. Poco después se produjo otra spin-off del ITRI: TSMC, que actualmente controla más del 50 % del mercado mundial. Este proceso ejemplifica las características definitorias de los clústeres de innovación tecnológica.
En primer lugar, su inserción en redes globales, especialmente logísticas y productivas. Taiwán aprovechó la apertura al outsourcing como estrategia competitiva frente a Estados Unidos. Estas conexiones deben ser profundas, no superficiales: sin los chinos-estadounidenses que trabajaban en RCA, probablemente Taiwán no sería hoy una potencia en semiconductores. En los últimos años, estas redes se han institucionalizado mediante iniciativas de diplomacia tecnológica y organizaciones como SciTechDip.
En segundo lugar, destaca una alta capacidad de innovación incremental, indispensable para igualar o superar a los líderes existentes. Sin la mejora constante de la tecnología heredada de RCA, la industria taiwanesa no habría prosperado. Esta innovación permanente es la base de la competitividad global y requiere instituciones que liberen a las pymes del peso de la investigación más compleja. La excelencia de estas organizaciones es vital: si ellas no compiten globalmente, tampoco lo hará la industria. El ITRI asumió esa responsabilidad y empujó al conjunto del sector a estándares internacionales.
Por último, el caso muestra la importancia del liderazgo adaptativo. No existió un master plan rígido, sino un proceso de coevolución entre políticas públicas e industria local, que buscó pragmáticamente un lugar en las cadenas globales de valor, aprovechando conexiones internacionales y capital local antes de que esas capacidades fueran absorbidas por otros hubs consolidados.
Anexos:
Índice de democracia de Taiwán: 8,78/10. Fuente: Freedom House.

Índice de libertad económica de Taiwán: 79,7/80.

Índice de institucionalidad política y económica de Taiwán: 79,01% y 74,69%.
