¿Qué pasó el 03 de enero de 2026?

La captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores marca el fin del dictador, pero no de la dictadura. Estados Unidos ejecutó una operación de fuerza que abre una posible fase de liberación, incompleta y peligrosa. El desafío ahora es político: defender el mandato del 28 de julio de 2024, visibilizar el liderazgo democrático, volver a la Constitución y evitar una mutación autocrática.

A Juan Pablo y su firme “¡Viva Venezuela libre!”

Este artículo está escrito sobre la marcha. Por eso, comenzaré con una advertencia: son párrafos osados. En ellos incluiré una breve narración de lo ocurrido y precisaré dónde pareciera que estamos. Antes de avanzar, debo aclarar que me aproximo a una tierra de sombras, donde todo es volátil y, en cuestión de segundos, la realidad puede cambiar.

Los hechos

En la madrugada del sábado 03 de enero de 2026 cayeron bombas en distintas zonas del país. El Volcán, Fuerte Tiuna, La Carlota, La Guaira e Higuerote fueron algunos de los puntos afectados. En palabras del presidente Trump, se trató de “una operación militar segura, precisa y jurídicamente fundamentada”.

El despliegue de la administración Trump tuvo resultados concretos. Fue una operación quirúrgica: Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron capturados y trasladados sanos y salvos a Nueva York, donde fueron imputados por crímenes relacionados con el narcotráfico.

Poco después de las once de la mañana, Machado publicó en sus redes sociales un mensaje en el que afirmó que “había llegado la hora de la libertad”. Precisó que debía respetarse el resultado del 28 de julio de 2024 y, finalmente, invitó a los venezolanos dentro y fuera del país a mantenerse listos, movilizados y comprometidos con la reconstrucción nacional.

A las once y cuarenta de la mañana, el presidente Trump habló desde Mar-a-Lago. En la primera parte de su intervención describió la operación y felicitó a quienes la llevaron a cabo. En la sección de preguntas y respuestas se refirió al destino político de nuestro país. Destacaré cuatro asuntos para efectos de esta breve reflexión.

Primero, afirmó que “vamos a administrar el país esencialmente hasta que se pueda llevar a cabo una transición adecuada”. Segundo, al referirse al liderazgo de María Corina Machado, aseguró que “sería muy difícil para ella ser la líder. No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”.

Tercero, sugirió que Delcy Rodríguez habría accedido a cooperar con las autoridades estadounidenses en el proceso de transición posterior a la operación. Afirmó que ella había declarado que “haría lo que fuese necesario” y que, en ese sentido, “realmente no tenía otra opción”. Cuarto, señaló que EE. UU. está preparado para una segunda oleada de acciones militares si fuese necesario.

Después de esta vorágine surgen las preguntas: ¿qué pasó?, ¿dónde estamos? y ¿qué nos correspondería hacer?

¿Qué pasó?

Ocurrió que la sangre llegó al río. El presidente Trump hizo lo que había anunciado durante semanas: empleó la fuerza para sacar a Nicolás Maduro del poder. Por lo que se comentó en la rueda de prensa, fue una operación quirúrgica que se llevó a cabo sin coordinación con la oposición venezolana.

Fue una acción de fuerza de alcance limitado. Logró sacar del poder a Nicolás Maduro y a Cilia Flores, pero aparentemente —hasta el momento— no quebró la línea de mando. Este carácter inacabado de la acción de fuerza marca el ritmo del proceso político que se abre el día de hoy.

Luego están las declaraciones del presidente Trump. Quiero decir algo con firmeza: sus palabras no honraron nuestra lucha ni fueron fieles a la generosidad de nuestro liderazgo. Sin tapujos y con orgullo debo decir que Machado y González Urrutia nos representan; su liderazgo está anclado en la voluntad expresada el 28 de julio de 2024.

La lectura política del presidente Trump parece responder a lo que he llamado coloquialmente como “el criterio de la piñata”: él la rompió y él se lleva los coroticos. En términos llanos y criollos, de eso se trata la nueva Doctrina Monroe de quien dispuso sus recursos para sacar al criminal que estaba en Miraflores.

Sin duda, esta aproximación es incómoda —por decir lo menos—, pero no deja de tener algo de razón. La dolorosa realidad es que quienes le pusieron los ganchos a Nicolás y a Cilia fueron fuerzas especiales de Estados Unidos.

Después del 28 de julio, la dinámica venezolana dejó de ser política y pasó a ser de fuerza. Todo lo que vivimos en la madrugada del 03 de enero de 2026 pudo haberse evitado si los gobiernos involucrados en el proceso electoral hubiesen doblegado al dictador.

Pero ni Lula, ni Petro, ni Biden, ni sus enviados decidieron hacerlo. Por eso, la sangre llegó al río, y sobre ello habrá que reflexionar posteriormente, en el futuro cercano.

¿Dónde estamos?

La teoría clásica del cambio político sostiene que toda transición hacia la democracia tiene tres fases: liberación, inauguración y consolidación. La liberación es la salida del dictador; la inauguración, la realización de elecciones libres; y la consolidación, el traspaso efectivo del poder.

Las fases son secuenciales, pero no teleológicas. Es decir, podemos liberarnos y naufragar en la inauguración, o liberarnos e inaugurar sin llegar a consolidar el sistema. Son procesos no lineales. En palabras del presidente Caldera: “a la democracia se va en zigzag”.

Nos encontramos en el inicio de una posible fase de liberación. La acción de fuerza adelantada por Estados Unidos provocó una ruptura del régimen, pero no logró desmantelar el sistema autocrático. Salimos del dictador, pero no de la dictadura.

Ante esta situación, el presidente Trump señaló el camino institucional que vislumbra y que le permite sostener su “criterio de la piñata”. Por eso desdice del liderazgo de Machado. Recordemos: a menor liderazgo representativo, mayor capacidad de tutelaje político, y viceversa.

Sin embargo, ocurrió un posible imponderable democratizador. Tras ser señalada como sustituta, Delcy Rodríguez respondió con un “no”. Exigió el regreso de Maduro y repitió el guion injerencista que tanto seduce a cierta izquierda retrógrada.

La posición inmovilista del régimen puede extender el conflicto, pero también podría, a la larga, beneficiar el proceso de liberación. El chavismo no es reformable: su naturaleza autoritaria no muta hacia la democracia. Ellos saben que cualquier grieta puede convertirse en un boquete.

Por eso, Delcy apostó por la unidad de la dictadura y por resistir. Su postura recuerda al zar Nicolás II: “decidió no doblarse… y se rompió”. La vicepresidenta no se dobla y, por ello, el riesgo de quiebre es mayor.

Más de doce horas después de la caída de bombas en nuestro país, hemos avanzado, pero seguimos en una tierra de sombras. Maduro y Flores están presos; hubo poca resistencia visible y el chavismo no logró movilizarse. Ellos tuvieron miedo y nosotros también.

¿Qué podemos hacer?

Vivimos horas cruciales. Nuestro principal desafío es dar cauce político-institucional a la voluntad de cambio, y el mayor riesgo es que Delcy Rodríguez reequilibre el poder y asistamos a una mutación autocrática.

Primero, debemos hacer visible la voluntad expresada el 28 de julio de 2024 y reequilibrar el “criterio de la piñata”. Esto exige visibilizar el liderazgo de María Corina Machado y de Edmundo González Urrutia, devolverle carácter democrático y popular al proceso de liberación y regresar al juego político.

Segundo, volver a la Constitución de 1999. Esta vía puede darle estabilidad al proceso, acotar el tutelaje externo y permitir avanzar hacia la inauguración democrática. Constitución y voto deben ser nuestras banderas.

Tercero, hacer memoria. Detrás de cada bomba está la tozudez y el egoísmo de quienes destruyeron el país. El único responsable de cada explosión y cada lágrima es Nicolás Maduro y su dictadura. Estas verdades deben ir acompañadas de demandas claras en materia de derechos humanos y de la liberación inmediata de todos los presos políticos.

Cuarto, fortalecer la unidad democrática. Este es el momento de la gente, pero la voluntad popular deberá canalizarse en estructuras políticas. El proceso que se configura exige unidad perfecta y trascendente.

Corresponde cerrar y lo haré con palabras de esperanza. He dedicado mi vida adulta a la lucha democrática. Todo lo que leo, escribo y estudio tiene como referencia la tierra que me vio nacer. Hoy termino este día profundamente orgullosa de todo lo que hemos logrado.

Recuerdo a Gallegos: “no hay pueblo más bueno que el mío”. A Havel: “la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido”.
Y el Evangelio que escuché hace menos de un mes en la misa de la Inmaculada: “para nuestro Señor no hay imposibles”.

Lo hemos hecho todo. Veremos la libertad, aunque se nos vaya la vida en ello. Dios bendiga a Venezuela.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.