La madrugada que descabezó a la narcotiranía: captura de Nicolás Maduro

Desde la madrugada del 3 de enero se registraron explosiones, sobrevuelos militares y cortes eléctricos en Caracas y otros estados. El propio régimen confirmó un ataque de Estados Unidos y decretó Estado de Conmoción Nacional.

Venezuela entró en la madrugada de este 3 de enero en una fase completamente nueva. No se trata de rumores, ni de especulación apresurada, ni del “humo” que durante años intentaron vender los propagandistas del régimen. Se trata de hechos verificables, confirmaciones oficiales y movimientos militares coordinados que configuran un escenario sin precedentes en la historia reciente del país.

Desde aproximadamente las 2:00 de la madrugada, comenzaron a registrarse explosiones y sobrevuelos de aeronaves militares —aviones y helicópteros— en Caracas, principalmente en zonas del centro de la capital, así como en La Carlota, Fuerte Tiuna y sus alrededores. De forma paralela, surgieron reportes de movimientos y explosiones en El Hatillo, La Guaira e Higuerote, donde incluso circularon versiones sobre el posible bombardeo de un aeropuerto. También se reportaron eventos similares en distintos sectores de Baruta. A estos hechos se sumaron cortes de electricidad en varias zonas de la ciudad, un indicador clave de que no se trata de incidentes aislados, sino de una operación coordinada y aún en desarrollo.

La dimensión regional e internacional del episodio quedó rápidamente expuesta cuando el presidente de Colombia, Gustavo Petro, confirmó públicamente en la red social X que las explosiones estaban ocurriendo. Minutos después, el propio chavismo terminó de despejar cualquier duda: a través de un comunicado difundido por VTV, reconoció que se trata de un ataque de Estados Unidos contra el régimen de Nicolás Maduro. Según ese comunicado, los ataques se registraron en Caracas y en los estados Miranda, Aragua y La Guaira, y posteriormente el régimen anunció en cadena nacional un Estado de Conmoción Nacional, una figura que no expresa control, sino desorientación y crisis interna.

En paralelo a estos acontecimientos, el dato central fue confirmado por el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a través de Truth Social: Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron capturados y extraídos de Venezuela. Todo indica que la operación fue ejecutada por fuerzas de operaciones especiales, probablemente en una acción conjunta del Delta Force y los Night Stalkers (160th SOAR). En ese mismo sentido, el experto en temas militares Andrei Serbin Pont ha señalado que las imágenes de helicópteros que circularon corresponderían a un MH-47, una versión especial del Chinook utilizada exclusivamente por fuerzas de operaciones especiales estadounidenses.

Estamos ante una operación directa ordenada por Donald Trump contra la narcotiranía chavista, cuyo objetivo principal sería descabezar al Cártel de los Soles y llevar a sus máximos responsables ante la justicia estadounidense. No es un dato menor que esto ocurra un 3 de enero, exactamente la misma fecha en la que fue capturado Manuel Antonio Noriega en Panamá, hace 36 años. Las analogías históricas, en este caso, no son antojadizas.

Conviene dejar algo absolutamente claro: esto no es contra Venezuela ni contra los venezolanos. Es una acción dirigida contra la organización criminal que mantiene secuestrado al país. Contra los mismos actores que secuestran, desaparecen, torturan y asesinan, que se robaron la elección del 28 de julio de 2024, una elección que pudo haber marcado el inicio de una transición pacífica y que ellos, solo ellos, decidieron bloquear. No estamos ante un conflicto entre Estados, sino ante una acción contra una estructura criminal transnacional incrustada en el poder, identificada desde hace años como el Cártel de los Soles.

Otra precisión fundamental: no se ha reportado ninguna baja civil, ni siquiera bajas militares. Ese dato refuerza la tesis de una operación quirúrgica, focalizada y selectiva, orientada a objetivos concretos y no a la población. ¿Y las Fuerzas Armadas venezolanas? En silencio. Nadie ha “defendido la revolución”. Nadie ha salido a enfrentar la operación. Nadie ha respondido en términos reales. Ese silencio es tan elocuente como las explosiones: revela ruptura de la cadena de mando, ausencia de cohesión y falta absoluta de voluntad de sacrificio por un proyecto que ya no convoca ni siquiera a quienes visten uniforme.

El único mensaje que el régimen ha intentado instalar es el miedo. No la calma, no el control, no la autoridad. Miedo a la población. La razón es evidente: saben que la gente en la calle sería sinónimo de su propio fin. No pueden enfrentar a las fuerzas estadounidenses. Y, a estas alturas, tampoco pueden enfrentar a una ciudadanía movilizada. Cuando un régimen autoritario pierde simultáneamente el monopolio de la fuerza, la cohesión interna y la capacidad de disuasión social, entra en una fase terminal.

En las próximas horas sabremos algo clave: si Nicolás Maduro negoció su salida o si, simplemente, fue negociado. Esa respuesta ayudará a entender no solo el desenlace inmediato de esta operación, sino también el grado de colapso interno de la estructura de poder chavista.

No es momento de especular ni de alimentar rumores. La información debe manejarse con prudencia, verificación y rigor. Las próximas horas serán decisivas para comprender el alcance, los objetivos y la duración de lo que está en curso.

Pero una cosa ya es clara: lo que está ocurriendo no es “humo”.
O, al menos, no el humo del que hablaban los propagandistas durante años.

La narcotiranía está descabezada, desorientada y bajo ataque. Por eso, más que nunca, corresponde esperar instrucciones del liderazgo legítimo del país: María Corina Machado y el presidente electo, Edmundo González Urrutia.

Calma y cordura.
Estamos más cerca de la libertad.
Todavía no la hemos alcanzado.
Es una nueva etapa.
Y debe ser la última.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.