
Se lee como una película
Frederick Forsyth tiene un sello inconfundible: escribe ficción como si fuera periodismo. Su novela El afgano (2006), inspirada en los atentados del 11 de septiembre, mezcla historia, intriga y suspenso con una precisión que parece cine.
Las notas que por fin han conquistado estas páginas son el resultado de reiterados intentos por centrar las ideas sobre un contenido asaltado a cada rato por el asombro de las casualidades.
Culminando la lectura de El afgano y, contrario a mi costumbre, me tomé una fotografía con el libro en las manos para inmediatamente postearla en mis redes sociales. Al margen, se me ocurrió enviar la misma foto a unos pocos amigos, recomendándoles al pie de la imagen la lectura de la novela. El caso es que, mientras la leía, en varios instantes me sentí como si estuviera viéndola en una película; por eso, cuando le escribí a mis amigos sobre ella, simplemente les remití la foto con la leyenda: “Se lee como una película. Te la recomiendo”.
En el curso de su lectura pensaba, en ocasiones, sobre si aquellos hechos que se contaban en la obra habían efectivamente ocurrido. Y, al propio tiempo, me preguntaba si la novela no habría sido llevada ya al cine, pues no sería nada raro que así hubiera ocurrido en virtud de la pluma que firma el libro.
The Afghan fue publicada en el Reino Unido por Frederick Forsyth en 2006, bajo el sello editorial Random House Mondadori, la misma casa que lo editó en español recién comenzando el invierno de ese mismo año.
El célebre autor británico tiene en su haber varias novelas llevadas al cine: El día del Chacal (1971), Los perros de la guerra (1974), El expediente Odessa (1972). Su estilo asombra por la admirable compenetración entre una narrativa escrita como novelista y, al propio tiempo, desplegada con la rigurosidad de un periodista acucioso. Al final, el lector podría concluir perfectamente que aquello que ha leído o visto en el cine es una historia verídica y no un texto de ficción.
En sus libros no hay espacio para la prosa poética que observamos en otros novelistas de su mismo género, o en aquellos colindantes con la narrativa donde el suspenso, la ansiedad, la intriga, el misterio y la incertidumbre predominan en la trama. Frederick Forsyth destaca por su capacidad de amalgamar realidad con ficción, escudriñando en la vida real sobre acontecimientos históricos para luego desarrollarlos con maestría como una ficción que pareciera suplantar la realidad. No hay campo para la subjetividad narrativa en sus obras —eso percibo al leerlas— y creo que es su sello particular al abordar la creación. Quizás sea eso —se me ocurre pensar sin mucho análisis— lo que allana el camino para que los guiones cinematográficos basados en sus textos hayan alcanzado el éxito que obtuvieron de inmediato al proyectarse en las salas de cine. Podría afirmar que esa es su singular alquimia: puede gustar o no, e incluso desagradar a quienes buscan en el texto de un escritor un vuelo intimista, un placer embelesado con las palabras reproduciendo una realidad.
Entre 1976 y 1977 tuve la ocasión de ver el film El día del Chacal. Era muy joven entonces y me limité a verlo como una buena película. Esta producción se había estrenado en 1973 fuera de Venezuela, pero más o menos para la fecha indicada llegó al cine de mi ciudad; una proyección inusual en una sala acostumbrada a filmes comerciales de consumo masivo, como Rocky o La profecía, casualmente del mismo periodo.
El guion de El día del Chacal es de Kenneth Ross, basado en la novela homónima de Frederick Forsyth, publicada en 1971. La obra, apenas llegada a las manos de los lectores, se convirtió en un best seller, calculándose en unos 75 millones de ejemplares vendidos hasta la fecha. En la pantalla grande fue asimismo un exitazo de taquilla durante varios años. Entonces no se me ocurrió escudriñar sobre los hechos que se presentaban en el film. No fue sino mucho después, cuando leí Los centuriones (1960), de Jean Lartéguy —un escritor y periodista francés que, a mi juicio, guarda gran similitud con el estilo de Forsyth— que decidí investigar sobre el asunto de fondo en El día del Chacal.
La curiosidad me llevó en aquel tiempo a buscar la novela y leerla, posteriormente a indagar y descubrir que los hechos narrados tenían un sustento histórico de clara inspiración para la obra. Como igualmente sucede con Los centuriones.
Así, en realidad, el intento de magnicidio para acabar con la vida del presidente francés Charles de Gaulle —nudo de la trama fílmica y, por derivación, del libro de Forsyth— ocurrió efectivamente el 22 de agosto de 1962. Desde luego, los hechos no se desarrollaron exactamente como en la historia, porque dejaría de ser novela para convertirse en crónica o documento periodístico. Pero ciertamente, el atentado ocurrió, y para más señas, fue una operación que involucró francotiradores con precisión milimétrica, como bien se plasma en la película. La novela relata todo el proceso de planificación y ejecución del atentado haciendo uso de la ficción histórica.
Por cierto, y a propósito del Chacal, no puedo dejar pasar la oportunidad de señalar lo que se cuenta sobre el terrorista venezolano Carlos Ilich Ramírez, quien alcanzó notoriedad internacional entre las décadas de 1970 y 1980 como el hombre más buscado por sus atentados y secuestros a nombre de la causa palestina. Justamente para la fecha en que se estrena el film comentado.
Durante su persecución por varios países, sin tener clara aún la identidad del terrorista, en Londres se produjo el allanamiento de una residencia donde se presumía su ubicación. Al llegar las autoridades no lo encontraron, pero entre las evidencias hallaron un ejemplar del libro de Forsyth El día del Chacal. Desde ese momento, para la prensa mundial y las agencias de seguridad europeas, el sujeto pasaría a conocerse como “el Chacal”, mote con el que aún se le nombra.
Pues bien, retomando el caso de El afgano, debo señalar que, admirado por la abundancia de detalles presentes en su lectura, la manera como se estructura la obra y la diversidad de contextos geográficos en ella, en ciertos momentos me parecía estar sentado en una sala de cine viendo su proyección. Al propio tiempo, me interrogaba sobre si esta novela no habría sido llevada al cine y pensaba también en el fundamento real de la historia, similar a lo ocurrido con El día del Chacal. No puedo asegurar que exista una película basada en el libro; de haberla, sin duda la veré con la expectativa de apreciar su fidelidad al texto de Forsyth.
En El afgano, la secuencia narrativa, el manejo de los tiempos, la voz del autor, los diálogos y el contexto en el que se desarrolla la trama son casi, de hecho, cinematográficos. Este es un mérito innegable del autor británico, al igual que en las novelas de Morris West, autor australiano con gran cantidad de obras llevadas al cine.
El telón de fondo de El afgano es el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 —sin ese hecho histórico no habría podido concebirse la novela—. Sin embargo, la trama gira en torno a la lucha contra la amenaza global del terrorismo islámico en el periodo posterior a los ataques. Es, por tanto, una publicación que tercia de manera excepcional sobre un tema de palpitante actualidad.
La novela inicia con un incidente aparentemente desprevenido que pone al descubierto toda una operación terrorista a gran escala a punto de ejecutarse. Su narrativa se desarrolla bajo el dominio del suspenso y la intriga. Forsyth no busca presentarnos al prototipo de protagonista al estilo de Ian Fleming, ni las disyuntivas morales de los personajes de Morris West, ni una ficción cercana a John Katzenbach, cuyos textos, aunque plenos de suspenso, carecen del nivel de documentación y perspectiva política de Forsyth y de Lartéguy.
A ambos autores los inspira la historia, los conflictos reales, en especial aquellos que conmocionan a colectividades mundiales. Es la vena periodística, el nervio vital que los impulsa, y lo hacen sin ceder un milímetro en favor de la prosa poética o la reflexión personal, a diferencia, por ejemplo, de Michael Ondaatje, quien explora sucesos históricos del mismo orden, pero incorpora su voz emotiva y reflexiva en la narración.
En El afgano me llamó la atención, entre otros aspectos, la mención al asesinato de dos marineros venezolanos en Puerto España, Trinidad, tripulantes de la embarcación Doña María bajo el mando del capitán Pablo Montalbán. Este hecho se inscribe en el contexto del plan terrorista fraguado por extremistas desde el otro lado del mundo. Cuando se lee la obra y se pasea uno por sus detalles, no queda más opción que calificar al escritor como alguien ingenioso, sumamente cuidadoso, al extremo de no dejar cabos sueltos en la historia.
“En un sórdido bar junto al muelle en Puerto España, Trinidad, dos marineros mercantes fueron asaltados y asesinados por una banda del lugar. Las puñaladas se las habían asestado manos expertas.
Cuando llegó la policía, los testigos se vieron súbitamente aquejados de amnesia y solo recordaban que cinco asaltantes habían provocado la pelea y que estos eran isleños. […]
[…] No habían tratado de robar las carteras de los hombres muertos, así que la policía de Puerto España los pudo identificar de inmediato: eran ciudadanos venezolanos y miembros de la tripulación de un barco del mismo país, que seguía en el puerto.
Los detalles del envío de los cuerpos de vuelta a Caracas recayeron sobre la embajada y el consulado venezolanos, mientras el capitán Montalbán se ponía en contacto con su agente local para sustituir a los marineros. El hombre fue dando voces y tuvo suerte. Encontró a dos jóvenes y educados indios de Kerala ansiosos por embarcar, que se habían pagado una travesía alrededor del mundo con su trabajo y que, aunque carecieran de la carta de ciudadanía, tenían billetes de buenos marineros perfectamente válidos.
Embarcaron, se unieron a los otros cuatro marineros que componían la tripulación y el Doña María zarpó tan solo un día después de lo previsto.
El capitán Montalbán sabía vagamente que la mayor parte de la población de la India es hindú, pero no tenía ni la más remota idea de que también hay ciento cincuenta millones de musulmanes”.
El Afgano. (2006). Frederick Forsyth.
Frederick Forsyth falleció a los 86 años el pasado 9 de junio, muy probablemente cuando ya culminaba de leer El Afgano, y como en una conjunción precisa y misteriosa de ribetes cuánticos, me tomaba la fotografía para enviársela a mis conocidos para su lectura. Así que, reitero ahora lo comentado en aquel momento. Lean la novela. Se lee como una película.