
Jurar por Trump
Confiar en Donald Trump como “salvador” de Venezuela es un error monumental. Su personalismo y arbitrariedad lo vuelven impredecible.
Jurar por Trump debe ser una de las cosas más tontas del mundo. Nadie en sano juicio, desde sus capacidades normales de apreciación de la realidad, puede confiar en la palabra del presidente de los Estados Unidos. Su exacerbado personalismo y sus exhibiciones de arbitrariedad son los motivos que alimentan una razonable desconfianza por lo que hace y por lo que dice que va a hacer. Es cierto que cuenta con multitudes de seguidores enfebrecidos, pero las lecciones de lo que realiza y comunica a diario aconsejan la necesidad de desconfiar de sus juicios sin alejarse ni un milímetro de los espacios de la cordura. Supongo que no se trata de un asunto sobre el que se deba reflexionar mientras pasan los días, ni de meterse a estudiar tratados de ciencia política, debido a que no hay semana sin muestras de su capricho de mandón incontrolado. Un caso perdido, puede decirse sin exagerar.
Por consiguiente, el hecho de que muchos políticos venezolanos, y numerosas capas de la población, esperen de la voluntad del chafarote de Washington la ansiada liberación de la dictadura de Maduro merece un comentario obligado. No solo por los agujeros de las decisiones del poderoso magnate convertido en césar de la humanidad, que saltan a la vista, sino especialmente por lo que significa de ceguera y de bobera entregarse a sus planes en torno a una próxima libertad de Venezuela. Primero, porque se supone que el señor tiene otras prioridades, como Gaza, Ucrania, Rusia, China y la Unión Europea; y después, porque confesar la dependencia del poderoso mandatario no luce como una exhibición de lucidez ni de seguridad en la hora de tomar decisiones conectadas con las penurias de la sociedad. Es sideral la distancia entre el desenlace del desastre venezolano y el interés que pueda tener él en darle finiquito, ¿no les parece?
“Pero ya mandó una flota armada hasta los dientes para anunciar una decisión contundente sobre el entuerto venezolano”, pueden decir los que confían en el vuelo redentor del águila calva. El merodeo no significa invasión, debido a que solo es el anuncio de una presencia destinada a disuadir. No vienen por políticos, sino por malhechores, según propia confesión, aunque en no pocas ocasiones las dos especies se convierten en una sola, o el gobierno se convierte en perseguidor del narco para cuidarse la espalda. Tales detalles son dignos de atención cuando se trata de insistir en la desconfianza que puede y debe producirnos el Comandante Supremo, sin tocar el punto de mayor relevancia: negarse a propiciar una invasión extranjera para solucionar el desastre venezolano. Jamás será una muestra de dignidad la aclamación de la bandera de las barras y las estrellas que llega a hacer lo que no pudimos hacer nosotros como sociedad.
Contra lo expuesto se alza la contundencia de la dictadura enseñoreada después del fraude electoral del 28J, la saña con la cual ha tratado a los ciudadanos que han manifestado su repulsa frente a un régimen cada vez más brutal e ilegítimo. La persecución de los ciudadanos más combativos, la befa de la legalidad y el ataque a la libertad de pensamiento han conducido a una situación de pánico generalizado que impide manifestaciones de protesta dignas de atención. La ciudadanía, descabezada por la persecución o el encierro de sus líderes realmente serios y arrojados, no encuentra una salida para su desesperación y para su frustración. La desesperanza campea por sus fueros, en reemplazo de la alegría redonda que reinó cuando ganamos las elecciones en forma arrolladora para que Edmundo fuera jefe de Estado. En suma, hasta hablamos ahora con tiento, después de mirar con cuidado a los alrededores, por el miedo que nos produce criticar a Maduro y a sus secuaces. Es, supongo, la asfixia que nos lleva a clamar por una salvación imperial.
Contra lo expuesto también se alza la relación que puedan tener las fuerzas realmente serias de la oposición con la política estadounidense. Con MCM en la vanguardia, no las veo poniendo alfombra roja para un desfile de marines en La Guaira. Pero mi palabra no vale nada si ella y ellos no la avalan. No puedo ni siquiera imaginar que estén propiciando la bienvenida de una nueva “planta insolente”, pero necesito que ellos confirmen lo que no imagino. Mientras tanto, seguiré en la fila larga de los incrédulos del día, esto es, de los que no creen ni una sola palabra que salga de la boca de Donald Trump. Más todavía: ni siquiera si se reforma, si se vuelve razonable, lo quiero de redentor.