Venezuela: del narco-terrorismo al renacer de la República

La gasolina venezolana, que alguna vez fue símbolo de progreso, hoy alimenta la maquinaria del crimen transnacional. Investigaciones confirman que el combustible subsidiado cruza la frontera y se convierte en cocaína y violencia en Colombia. Así nació y se consolidó el Cártel de los Soles: militares y políticos al servicio del narcotráfico.

El día en que la gasolina se volvió cocaína y sangre

No fue de la noche a la mañana, ni en un solo gesto, que Venezuela pasó de ser un Estado con instituciones debilitadas a un territorio secuestrado por un cartel con bandera y escudo. Fue un proceso lento, corrosivo, como el óxido que va carcomiendo los cimientos de una casa hasta que ésta se derrumba. Y en ese proceso, la gasolina, símbolo de riqueza nacional y de modernidad en otros tiempos, se transformó en la moneda más oscura de nuestra tragedia.

El estudio de la doctora Monica Beeder, “Throwing Gasoline on Cocaine Production”, lo expone con la frialdad de las cifras: cuando la gasolina subsidiada de Venezuela cruza la frontera y alimenta los laboratorios clandestinos de cocaína, la violencia se dispara en las regiones cocaleras de Colombia. Las tasas de homicidio se elevan en más de un treinta por ciento. Cada litro de combustible barato, cada camión que pasa bajo la mirada cómplice de un destacamento militar, se traduce en muertes, familias rotas, pueblos devastados. Y esto, repito, no es nuevo, es una dinámica que tiene décadas.

Hoy Colombia está produciendo niveles históricos de cocaína. Se evidencia un alza alarmante en sus niveles de violencia. Esto, según la evidencia empírica, es lo que deviene de una relación simbióticamente perversa con Venezuela. Son las Repúblicas hermanas, hijas de Bolívar, reducidas a un flujo de gasolina que se trueca en cocaína que las convierten en meras piezas del engranaje del crimen transnacional que atenta contra los sistemas democráticos del mundo. Las ganancias devenidas de esa actividad no pocas veces van a parar a campañas de desinformación en redes sociales, financiamiento de campañas electorales, promoción de burócratas, lavado de dinero a través de fondos de inversión, bienes raíces, entretenimiento y pare usted de contar. 

La gasolina que se produce en Venezuela es un componente crítico para la producción de cocaína en Colombia. La logística y cadena de suministros de ese  negocio tiene la frontera como zona neurálgica; y dicha frontera la controlan  militares afectos al régimen. Es ese el interés de Nicolas Maduro  “institucionalizar” a través de zonas bi-nacionales dicha relación. La amenaza es clara: por un lado buscaría algo de legitimidad en el plano internacional y por el otro busca pervertir a las fuerzas militares colombianas y echar para atrás el avance que tuvo el plan Colombia y la política de seguridad democrática en la lucha contra el narco. Por la permisividad del gobierno del presidente Petro ya  hoy Colombia se encuentra en el máximo histórico de producción de coca y cocaína. 

Las voces que lo advirtieron

Mildred Camero, pionera en la lucha antidrogas en Venezuela, lo contó con valentía en “Chavismo, narcotráfico y militares» el libro-entrevista de Hector Landaeta. Lo que empezó como tolerancia al contrabando devino en alianza; lo que alguna vez fue corrupción de pequeños mandos se convirtió en sistema. Y así nació el Cártel de los Soles: un poder paralelo que se infiltra en la política, en las aduanas, en las filas castrenses, hasta confundir el uniforme de la patria con el del crimen organizado.

Esa verdad, tantas veces susurrada y negada, hoy es una evidencia documentada: basta mirar los expedientes judiciales en tribunales de Estados Unidos, donde aparecen nombres como Ismael “El Mayo” Zambada, Joaquín “El Chapo” Guzmán, su hijo Ovidio Guzman, o los oficiales venezolanos Hugo “El Pollo” Carvajal y Clíver Alcalá Cordones. Nombres que hoy cargan con procesos, condenas y confesiones. Nombres que prueban que ni el rango ni la jerarquía blindan contra la justicia. Nombres que seguramente están brindando toda la información necesaria para que los Estados Unidos y sus aliados puedan cumplir con una misión que, por más loable y necesaria que sea, no deja de presentar un panorama de consecuencias  inimaginables para el futuro de nuestro país y de la región.  

El Caribe como escenario

Frente a esta realidad, la respuesta internacional no se ha quedado en comunicados diplomáticos ni en sanciones financieras. Estados Unidos ha desplegado en aguas del Caribe buques, submarinos y aeronaves de vigilancia. Más de cuatro mil soldados forman parte de una operación que ya no se oculta: el narcotráfico que encuentra en el estado venezolano un nodo operativo fundamental está empezando a ser atendido como lo que es; una amenaza global.

Ese despliegue naval no es una coreografía de poder vacía. No es “humo”. Es más bien un espejo. Un recordatorio de que cuando un Estado abdica de sus responsabilidades más elementales, otros llenan el vacío. Es, también, una advertencia a quienes desde dentro siguen creyendo que se puede negociar impunidad con las economías ilícitas: el mundo ya ha tomado nota. No hay vuelta atrás.

Ante eso la reacción de los altos jerarcas militares del régimen venezolano ha sido patética. Desde videos en redes sociales de generales preguntándole a sus subalternos sobre si tienen o no vinculación con el tráfico de drogas, hasta la comunicación de operaciones antinarcóticos como nunca antes habíamos visto en estos 26 años de ignominia chavista.  

Un llamado a la conciencia militar

Me dirijo ahora, con franqueza, a quienes visten el uniforme de la patria. A todos aquellos quienes juraron lealtad a la bandera, no a un hombre. Juraron obediencia a la Constitución, no a un cartel. Juraron defender la soberanía, no traficar con ella.

Ese juramento, que pesa más que cualquier orden de superior, hoy los interpela con crudeza. Cada soldado que se presta a custodiar una ruta de contrabando, cada oficial que permite el paso de un cargamento, cada general que negocia con la sombra, traiciona no solo al país, sino a sí mismo y a su familia. Porque la disciplina y la obediencia son virtudes militares sólo cuando sirven a un propósito justo; de lo contrario, se convierten en cadenas que perpetúan la ignominia.

Sé que la disciplina pesa. Sé que la obediencia se inculca como segunda piel. Se que existe el temor de ser espiados y de las amenazas a sus familiares. Pero también sé que la verdadera grandeza militar no está en acatar órdenes criminales, sino en defender a los inocentes. Y que la lealtad más alta no es la que se rinde a un tirano, sino la que se guarda al pueblo.

La verdadera grandeza castrense no se mide por los ascensos ni por los privilegios. Se mide en el coraje de decir “no” cuando el poder ordena lo indecible. Se mide en la capacidad de ser custodios de una República posible, y no carceleros de una nación secuestrada y sometida al dolor. 

El porvenir de Venezuela, no nos hagamos ilusiones, no se dirimirá únicamente en tribunales extranjeros ni en maniobras navales en el Caribe. Su desenlace verdadero se jugará en la tierra que nos vio nacer, donde tenemos nuestras añoranzas y querencias, el país que padecemos, amamos y extrañamos. No tengo la menor duda que ese desenlace comenzará —como empiezan siempre las gestas decisivas— en la conciencia de aquellos que alguna vez juraron servir a la patria. Allí donde un soldado, en silencio, recobre la memoria de su palabra empeñada, allí donde un oficial decida honrar el peso de su juramento por encima de la complicidad y el miedo, allí mismo podrá, como un brote obstinado en medio del desierto, renacer la República.

Armando Armas es el fundador y CEO de Miranda Global Consulting, una firma de asesoría en riesgo político y asuntos públicos. Diputado de la Asamblea Nacional De Venezuela (2015) en donde fue presidente de la comisión de política exterior. Es abogado por la Universidad Católica Andrés Bello, , Magíster en Estudios Políticos Comparados por la London School of Economics and Political Science  y Magíster en Desarrollo Internacional y Políticas Públicas por la Universidad de Chicago.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.