
MCM y el riesgo de la parálisis prolongada
La primera mitad del año pasado en Venezuela hubo una efervescencia política como no se le veía en mucho, mucho tiempo. Esa euforia tenía nombre y apellido: María Corina Machado. Por dondequiera que pasara quien en la primaria de 2023 fue consagrada como nueva líder de la oposición, cientos o miles de personas salían a la calle. Muchos sonreían. Otros lloraban, ilusionados por la esperanza de que el gran cambio político que la inmensa mayoría de la población desea finalmente se concrete, mediante la iniciativa opositora que Machado capitaneaba.
Una vuelta alrededor del Sol más tarde, la psiquis colectiva del venezolano se encuentra en una situación muy distinta. El entusiasmo y el optimismo de aquellos días se esfumó. Dio paso a un cóctel de miedo, decepción y tristeza. Esa es la mayor consecuencia de los hechos acaecidos el 28 de julio pasado y sus secuelas, así como de la falta de cumplimiento de la promesa, formulada por Machado y sus aliados, de que se haría valer la voluntad ciudadana mayoritaria manifestada en aquel día. Mientras, la propia Machado no está recorriendo el país y atrayendo multitudes a su paso. Su paradero físico es desconocido y su presencia se ha reducido a la virtualidad. Ella se ha vuelto alguien que cada cierto tiempo aparece en una pantalla de computadora o de teléfono inteligente, dando alguna declaración que busca mantener la fe en su base de apoyo.
¿Qué ha pasado, pues, con el papel de Machado como líder de la oposición? ¿Qué le depara el futuro? Las presentes líneas se proponen echar algo de luces sobre esa cuestión espinosa de manera desapasionada. No busco escarmentar a Machado desde mi relativa comodidad, pues entiendo que su situación es extremadamente difícil y nada envidiable, pues supone un margen de maniobra muy limitado, así como sacrificios que casi nadie está dispuesto a asumir en términos de riesgo para la libertad y la integridad física propias. Pero igualmente me niego a ser parte del coro de comentaristas de la política que dicen que en realidad los planes de la líder opositora marchan bien y que aseguran que solo está preparando alguna acción contundente de la que no el público no puede saber nada hasta que se dé. El mejor esfuerzo, por demás falible, que haga al respecto no apunta en esa dirección. Además, entiendo que en política no basta con tener la virtud moral del lado propio. Se necesita el poder para que lo axiológico se materialice en hechos concretos. Sin más preámbulo, vamos pues.
Lo primero que hay que decir es que la causa dirigida por Machado, con el objetivo de hacer valer el reclamo opositor sobre la elección presidencial, ha estado en esencia estancada desde el 9 de enero, cuando ella hizo su última aparición pública en persona. No ha habido ningún indicio de que la elite gobernante, o una parte sustancial de la misma, se sienta tan presionada como para aceptar que el statu quo es inviable y esté por tanto abierta a negociar una transición democrática con la oposición. Producir tal cosa es lo que Machado ha estado intentando. Los mecanismos para llegar a ese punto pueden ser internos o externos.
Los internos consisten básicamente en movilización ciudadana. De hecho, en los primeros meses luego del 28 de julio, la dirigencia opositora se inclinó por esta vía. Sin embargo, luego de la manifestación del 9 de enero, desistió de ella, a todas luces por temor a que no produzca resultados y más bien solo aumente el número de ciudadanos detenidos. Los mecanismos externos son la presión internacional. Sobre todo, por parte de Estados Unidos, ya que es el país con mayor capacidad para incidir. En eso sí se han afincado Machado y compañía durante lo que va de 2025. En efecto, el fin de la licencia de Chevron por el Departamento del Tesoro implica un regreso a la situación que hubo entre 2019 y 2022, que algunos llaman “política de máxima presión” por parte de la Casa Blanca.
Al son de Trump
Hay al menos cuatro problemas con esta estrategia de Machado, si así se le puede llamar. Comencemos con el más evidente: la oposición ya la intentó, de la mano del llamado “interinato” de Juan Guaidó, y no le funcionó. La elite gobernante, aunque visiblemente molesta por este tipo de políticas, supo adaptarse a las mismas y superarlas. No hubo ningún momento en los más de tres años de iteración previa en el que el statu quo se viera en grave riesgo. No hay razones para asumir que esta vez será diferente.
En segundo lugar, los mecanismos externos en última instancia no dependen de lo que la dirigencia opositora quiera, sino de lo que la Casa Blanca decida. Para colmo, hoy esa residencia neoclásica a orillas del Potomac está ocupada por Donald Trump, un político extremadamente errático, inconstante y caprichoso, que puede cambiar de opinión de forma radical muy rápido sobre un asunto cualquiera, sobre todo si es uno de poca importancia para él, como Venezuela (a diferencia, digamos, de obsesiones suyas como las restricciones migratorias y la reversión de déficits comerciales, sobre los que cabe esperar mayor rigidez de su parte). Con el paso de los meses, se ha vuelto claro que hay dos facciones en la coalición de Trump que favorecen posiciones antagónicas sobre Venezuela y compiten por influencia al respecto en el oído presidencial. Una, cuyo rostro más visible es el enviado especial Richard Grenell, prefiere un entendimiento cordial con Miraflores para tratar con facilidad asuntos migratorios y petroleros. La otra, encabezada por el secretario de Estado Marco Rubio, es la que aboga por la “máxima presión”. Machado le apuesta a la segunda. Y si bien es esta la que por ahora parece llevar la batuta, Trump podría cambiar de parecer.
El tercer problema para Machado va de la mano de esta dependencia de Washington. Y es que pudiera costarle, porque Trump ha radicalizado su rechazo a la presencia de venezolanos en Estados Unidos. Los ha señalado sistemáticamente como uno de los grupos de inmigrantes, y hasta de visitantes, de los que más quiere deshacerse. La lista de medidas en esa dirección es larga: eliminación del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) y del parole humanitario para venezolanos; señalamientos, sin evidencias ni debido proceso, de que cientos de venezolanos pertenecen a la banda criminal Tren de Aragua, seguidos por su encarcelamiento en El Salvador por tiempo indefinido; y la prohibición de viajar a Estados Unidos para venezolanos bajo casi todas las categorías de visa. Naturalmente, tales medidas generan un rechazo inmenso por parte de venezolanos. Machado y sus aliados no las han repudiado con energía, sin duda por temor a perder el respaldo de Trump, y solo las han cuestionado de manera tímida. Es posible que esa actitud haya hecho que algunos venezolanos se sientan desencantados con el liderazgo opositor.
Por último, dado que los mecanismos externos no requieren nada de la base opositora, esta pudiera sentirse en una especie de suspenso impotente. Es decir, que no le queda más remedio que esperar a que el supuesto plan de Machado alcance la meta. La dirigencia no puede responder a la base cuándo será eso, porque ni ella misma ha de saberlo y tal vez en su fuero interno ni siquiera sabe si va a suceder, pese a la seguridad que intenta transmitir ante una cámara. Entretanto, la política de Estados Unidos hacia Venezuela que Machado defiende tiene efectos colaterales en la economía venezolana en general que el ciudadano común siente. De manera que la dirigencia opositora pudiera estar poniendo todos los huevos en una canasta que no dé el resultado prometido y que más bien solo tenga consecuencias impopulares.
Dificultades cuantitativas
Por definición, un líder necesita seguidores. Pasada revista a los problemas del plan de Machado, cabe preguntarse cómo se encuentra su liderazgo en términos de volumen. ¿Con cuántos seguidores cuenta? Es difícil saber porque Venezuela padece una sequía profunda de datos sobre tendencias políticas masivas y los datos que hay suelen ser de fuentes de credibilidad dudosa. Además, la estrategia de Machado, por no implicar convocatorias a las masas (e.g. votar o participar en una manifestación de calle) complica el cálculo. Quedan las encuestas de opinión. Pero las encuestadoras venezolanas dejan mucho que desear. Son poco o nada transparentes con su metodología y a menudo no disimulan su parcialidad hacia una facción política.
En noviembre pasado, la firma estadounidense ClearPath Strategies estimó, a partir de una muestra de 1.200 personas, que 53% de los venezolanos calificaba positivamente a Machado, incluyendo a 74% de los “no chavistas”. Desde entonces, la información al respecto es escasa. Según reseñó Diario Las Américas, en marzo la firma venezolana Meganálisis calculó que 73,9% de los venezolanos respaldaba a la líder opositora. Pero esta encuestadora tiene un largo historial de sesgo evidente hacia el tipo de oposición anti sistema que Machado encarna, así que yo no me fiaría mucho de eso.
Como expresé recientemente en otra de mis ventanas de opinión, el referido déficit de datos obliga al estudioso de la política venezolana a guiarse con frecuencia por instinto e intuición. Eso fue lo que me llevó a pensar, acertadamente, que la oposición pro sistema saldría muy mal parada en las parlamentarias y regionales del 25 de mayo, pese a que, por ejemplo, circularon encuestas augurando un cómodo triunfo de Manuel Rosales en Zulia. Lo que esos instintos me dicen sobre el tema que hoy nos compete es que Machado ha de haber perdido algo del respaldo del que gozó durante su cúspide de popularidad, entre la primaria de 2023 y las elecciones presidenciales de julio o, si fue acertado el sondeo de ClearPath, al menos hasta finales del año pasado. Lo que no puedo señalar es cuán grande es esa pérdida. Pero de que la hubo, estoy seguro de que la hubo.
Ese mismo instinto me dice que Machado sigue siendo la dirigente opositora más popular de Venezuela. Sin duda lo es mucho más que figuras que desde la oposición pro sistema rompieron con ella y trataron de presentarse como alternativa disidente, verbigracia Rosales o Henrique Capriles. Para muestra, el desempeño paupérrimo, el 25 de mayo, de la alianza entre Un Nuevo Tiempo y Capriles y sus simpatizantes eyectados de Primero Justicia. No obstante, me cuesta creer que esa popularidad siga intacta luego de meses y meses sin avances en la causa de Machado. Es más, sería un error creer que la abstención gigantesca en mayo fue un fiel reflejo del respaldo con el que la líder opositora aún cuenta. Si bien la poca concurrencia a los centros de votación dejó en evidencia la debilidad extrema de los llamados de Rosales, Capriles, etc., eso en mi opinión no fue porque Machado haya llamado a no participar. Obedece más bien a un fortísimo arraigo del reclamo opositor sobre el 28 de julio, por el cual la base opositora dejó de ver en el voto una forma de alcanzar el cambio político deseado o de siquiera acercarse a él, mientras el poder no atienda el reclamo. En otras palabras, si Machado hubiera llamado a participar, el resultado habría sido prácticamente el mismo.
¿Y ahora qué?
Si el liderazgo de Machado se ha erosionado por la parálisis de su causa, solo cabe esperar que, entre más tiempo dure esa parálisis, su liderazgo seguirá desgastándose. Solo dos posibilidades pudieran frenar tal cosa. La primera es que aparezcan señales de que su plan sí está surtiendo efecto. Ya he dicho por qué me cuesta creer que eso vaya a pasar. El país entero quedó sorprendido a principios de mayo, con la noticia de que cinco colaboradores de Machado lograron salir de la Embajada de Argentina en Caracas, donde estaban asilados desde el año pasado. A la presente fecha, no se ha aclarado cómo lo hicieron. Machado, sin duda ávida de un gesto así, lo describió como una hazaña emprendida junto a EE.UU. y una muestra de que sí está avanzando, desde las sombras. El incidente seguro le dio parte del fuelle perdido entre sus seguidores. Pero desde entonces no ha habido otras señales similares, así que me atrevería a decir que el efecto de lo que ella bautizó “Operación Guacamaya” ya expiró.
Lo otro que Machado pudiera hacer es admitir que su estrategia actual tiene poca probabilidad de éxito y, por lo tanto, desarrollar una nueva. ¿Y cómo pudiera ser esa estrategia? Pues esa es la pregunta más difícil de responder. Ciertamente, yo no puedo. Pero que yo no sepa qué le puede funcionar a la oposición en un entorno tan difícil no significa que no pueda señalar lo que a mi juicio no ha funcionado ni funcionará. Tampoco es mi deber responder la pregunta del millón, pues no soy dirigente político ni aspiro a serlo. El quid pro quo básico de un líder político y sus seguidores es apoyo a cambio de conducción efectiva hacia donde los seguidores quieren llegar. La responsabilidad de trazar la hoja de ruta siempre la tendrá quien quiere ser considerado líder, y nadie más. Si no lo logra, por virtuoso que sea, no conseguirá seguimiento o perderá el que ya tenía.
Eso me lleva a una última posibilidad. La más decepcionante para todo venezolano interesado en un cambio político, pero que hay que mencionar de todas formas. Si pasan meses o hasta años sin que Machado avance y su liderazgo se reduce a una mínima expresión, no me extrañaría para nada que entonces sí sea forzada a asumir el destierro. Así hizo la elite gobernante con Guaidó: esperó que su base de apoyo colapsara y el propio Guaidó se volviera irrelevante. Hoy el diputado al que una serie de hechos fortuitos lo volvieron titular del “interinato” es una figura ampliamente desdeñada por la base opositora. Muchos lo ven no solo como otro de tantos líderes que no cumplió el objetivo sino, además, como “el que nunca pagó las consecuencias, se fue a vivir la buena vida a Miami y dejó a quienes creyeron en él en un país en muy malas condiciones” (la veracidad o mendacidad de esa impresión no es algo que hoy quiera abordar). Todo esto asumiendo que, como pasó con Guaidó, Machado no sea apresada. Desde luego, no puedo asegurar que así será.
Tal vez Machado nunca se vuelva una figura tan rechazada porque, a diferencia de Guaidó, ella nunca estuvo al frente de un ente que manejó dineros públicos cuyo destino no fue aclarado. Pero de todas formas su nombre pudiera ser la próxima entrada a una lista de líderes opositores que entusiasmaron mucho y ahora son vistos con desdén o indiferencia: Rosales, Capriles, Leopoldo López, Henry Ramos Allup. Por eso, si algo queda del entusiasmo que se generó en torno a la primaria de octubre de 2023, de esas multitudes risueñas y conmovidas que salían de todas partes a darle a la bienvenida a Machado, pienso que lo que esas personas están esperando es que la líder opositora les diga algo nuevo. Algo nuevo en lo que creer. El resto depende de ella.